descubrirse. Al-Hashum, grande y curtido, fuerte, permanecio con la cabeza gacha, sollozando en silencio. El no pudo. Fue incapaz de cerrar los ojos. Clavaba las unas sobre el sagrado alfanje de Hamid, con mayor fuerza a medida que el llanto de la nina disminuia hasta llegar a convertirse en un gimoteo casi inaudible.

Los sollozos de la chiquilla se confundieron en Hernando con los recuerdos de Fatima, que le perseguian desde que abandono el campamento de Aben Humeya. ?Cobarde!, se reprochaba una y otra vez. Ella le habia dicho que no tenia a nadie y Hernando le contesto que podia contar con el. Seguro que tanto Fatima como su madre se habrian enterado de la mision encomendada por el rey, Brahim se lo habria dicho, pero aun asi... ?Y si los cristianos tambien se hubiesen atrevido a ascender por aquellas cumbres inhospitas y ahora mismo estuvieran violando a Fatima?

Solto el alfanje cuando al-Hashum, con el rostro oculto por la bocamanga de la marlota con que secaba las lagrimas, le indico con un gesto que debian proseguir la marcha. A Hernando le dolian los dedos.

Al-Hashum parecia conocer Adra. Frente a los arenales y campos esteriles que se extendian hacia el mar esperaron hasta bien entrada la noche. El monfi era un hombre reservado, como Hernando habia podido comprobar a lo largo del camino, pero no se comporto de forma arisca o malcarada y dejaba entrever un caracter mas bien bondadoso, algo que extrano al muchacho en un bandolero de las sierras. Esa noche, los dos sentados en lo alto de un cerro, mientras observaban como las aguas del mar cambiaban de color a medida que el sol se ocultaba, hablo mas de lo que lo habia hecho en las jornadas precedentes.

— Adra esta en poder de los cristianos. —El monfi trato de susurrar, pero su vozarron natural se lo impedia—. Aqui fue donde a principios del levantamiento traicionaron al Daud y a otras gentes del Albaicin de Granada que pretendian pasar a Berberia en busca de ayuda. Buscaron una fusta, igual que tenemos que hacer nosotros, y la consiguieron; pero el morisco que intermedio, ?Dios lo condene al infierno!, perforo la barca y tapo los agujeros con cera. La fusta empezo a hacer agua a poca distancia de la costa; los cristianos solo tuvieron que esperar al Daud y sus gentes en la playa para detenerles.

—?Conoces... conoces a alguien de confianza? —inquirio Hernando.

—Creo que si. —Las aguas del mar empezaban a oscurecerse—. Veo que ya andas con mas soltura —solto entonces al-Hashum—: los unguentos te han curado la entrepierna.

Incluso en la penumbra, Hernando escondio el rostro, pero el monfi insistio; partiendo de las evidentes relaciones que tenian que haber originado aquel escozor en particular, al-Hashum termino hablandole de su esposa y de sus hijos. Los habia dejado en Juviles, aunque, como todos, ignoraba si la noche de la matanza se hallaban dentro o fuera de la iglesia.

—Muertos o esclavizados —murmuro, ahora si con un hilo de voz—. ?Cual es peor destino?

Charlaron mientras caia la noche, y Hernando le hablo de Fatima y de su madre.

Se escondieron en la casa de un matrimonio anciano que no se habia visto capaz de escapar a las sierras cuando estallo la revuelta en Adra, y que cuidaban de una huerta y algunos arboles frutales, fuera de la ciudad. Zahir, que asi se llamaba el hombre, los insto a introducir la mula en el interior de la vivienda.

—No tenemos animales —alego—. Una mula en nuestras tierras levantaria sospechas.

La esposa de Zahir mantenia impoluto el interior de la

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