superior de la vivienda, donde ella misma debia cubrirse con una sabana blanca y esperar tendida y quieta, callada y con los ojos cerrados, mientras las mujeres le hacian regalos. Todas ellas, presintiendo la derrota y la vuelta de sacerdotes y beneficiados prestos a vigilar el cumplimiento de los bandos y ordenes que les prohibian el uso de sus trajes y costumbres, se aferraron a sus ritos y accedieron a la casa con el rostro cubierto para destaparselo en la intimidad de la camara nupcial, alli donde los hombres no estaban.

Hernando tuvo problemas para llegar hasta la puerta de la casa; muchos eran los que intentaban entrar con el novio en las estancias del piso inferior, demasiados para su cabida.

—Tengo que ver al rey —dijo a la espalda de un anciano que ya en la calle le impedia el paso.

El hombre se volvio y le atraveso con la mirada de unos ojos ya cansados. Luego bajo la vista al alfanje que colgaba del cinto del muchacho. Nadie iba armado en Mecina.

—Aqui no hay ningun rey —le recrimino. Sin embargo, le abrio el paso e incluso aviso a los que le precedian para que hicieran lo propio—. Recuerdalo —insistio en el momento en que Hernando pasaba por su lado—. Aqui no hay ningun rey.

Como si se hubiera transmitido el mensaje a lo largo de la fila de hombres que esperaba, Hernando pudo llegar desde la calle a la diminuta estancia en la que los hombres se arremolinaban alrededor del novio. Le costo encontrar a Aben Humeya. Antes descubrio a Brahim, que comia dulces mientras charlaba y reia junto a algunos monfies que Hernando conocia de vista, del campamento. Brahim parecia contento, penso en el momento en que sus miradas se cruzaron. Desvio la vista de su padrastro y se topo con la de Aben Humeya, que le reconocio al instante. El monarca vestia con sencillez, como cualquiera de los muchos moriscos de Mecina. Se acerco a el.

—La paz, Ibn Hamid —le saludo el rey—. ?Que noticias me traes?

Hernando le relato el viaje.

—Me alegro —le interrumpio Aben Humeya con un gesto de su mano en cuanto el muchacho le confirmo que, con la ayuda de Dios, al-Hashum debia haber desembarcado ya en Berberia—. Pese a tu edad, eres un leal servidor. Ya lo has demostrado antes. Vuelvo a estarte agradecido y te compensare, pero ahora disfrutemos de la fiesta. Ven, acompaname.

Los hombres ya se dirigian al piso superior, donde les esperaban las mujeres con los rostros cubiertos. La mayoria llevaba algun regalo: comida, monedas de blanca, utiles de cocina, alguna pieza de tela... que entregaban a las dos mujeres que ejercian de maestras de ceremonias, erguidas a ambos lados de la cabecera de la cama. Hernando no llevaba nada. Solo los parientes mas cercanos podian exigir ver a la novia, tapada y quieta bajo la sabana blanca. Aquella prerrogativa le fue concedida tambien al rey, que premio a la novia con una moneda de oro, y las maestras de ceremonias alzaron la sabana delante de Aben Humeya.

—?Comamos! —dijo el rey, una vez hubo hecho los honores.

La fiesta, dada la humildad del hogar de los recien casados, se traslado a las calles y a las demas viviendas. Los obolos a los novios cesaron, y estos se encerraron para dejar transcurrir los preceptivos ocho dias durante los que serian alimentados por sus familias. Aben Humeya y Hernando se dirigieron entonces a la casa de Aben Aboo, donde se preparaba un cordero al son de laudes y atabales. Era una casa rica, con muebles y tapices, perfumada y con sirvientes. Brahim formaba

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