estrecho con el oro del que disponeis y la ayuda de los moriscos de la zona. ?Esta todo preparado? —pregunto al monfi.
—La mula ya esta cargada —contesto al-Hashum.
—Que el Profeta os acompane y os guie, pues —les deseo el rey.
Hernando siguio al monfi. ?Partian hacia Adra, en la costa, lejos de alli! ?Que pensaria Fatima? Parecia triste... pero el rey se lo ordenaba, si, eso era. ?Ahora mismo!, habia ordenado. Siquiera tenia tiempo de despedirse. ?Y su madre? Rodearon la tienda. Al lado opuesto de donde se encontraba el guardia, les esperaba una de las mulas de la mano de Brahim. Su padrastro le miro de arriba abajo, entornando los parpados ante los moratones.
—?Y los regalos del rey? —vocifero el arriero.
Hernando titubeo, como siempre que se hallaba delante de Brahim.
—No los necesito para el viaje —contesto al tiempo que simulaba comprobar los arreos de la mula—. Voy a despedirme de mi madre.
—Debemos partir ya —intervino al-Hashum.
Brahim escondio una sonrisa.
—Tienes una mision que cumplir —dijo con firmeza—. No es momento para llantos de madres. Yo se lo contare todo.
A su pesar, Hernando asintio. Los dos hombres montaron y Brahim los vio partir. Por una vez se alegraba de la confianza que el rey depositaba en su hijastro. El arriero sonrio abiertamente al recordar la voluptuosidad del cuerpo de Fatima.
14
La tierra esta llana?»
En condiciones normales, el viaje les hubiera supuesto entre tres y cuatro jornadas, pero Hernando y su companero tuvieron que avanzar por senderos intransitables y campo a traves, escondiendose y evitando las muchas partidas de soldados cristianos que recorrian la tierra saqueando los lugares, robando, matando y violando a las mujeres, y despues ponerlas en cautiverio. Acostumbraban a ser grupos de veinte hombres, sin capitan y sin alferez que portase bandera alguna; hombres codiciosos y violentos que escudados en el nombre del Dios cristiano tomaban venganza sobre los moriscos con el unico fin de enriquecerse.
La lentitud del paso beneficio a Hernando, que no cejo hasta encontrar las hierbas necesarias con las que procurarse un remedio para su entrepierna.
A la altura de Turon, agazapados tras unos espesos matorrales, mientras esperaban con la mula trabada en un cerro a que un hatajo de canallas pusiera fin a su rapina, presenciaron como uno de los soldados cristianos se separaba del grupo y arrastraba del cabello a una nina de no mas de diez anos que no cesaba de aullar y patear. Se dirigia hacia donde estaban escondidos. Los dos al tiempo llevaron la mano a sus armas. Justo delante de ellos, al otro lado de los matorrales, el hombre abofeteo a la chiquilla hasta postrarla a sus pies; luego empezo a desatarse los calzones sonriendo con sus dientes negros. Hernando desenvaino el alfanje a la espera de que el soldado expusiese la nuca al lanzarse sobre la criatura, pero noto la presion de la mano de al-Hashum sobre su antebrazo. Se volvio hacia el y lo vio negar con la cabeza. Las lagrimas surcaban el rostro del monfi. Hernando obedecio y envaino lentamente, mirando como desaparecia el filo de la hoja en la vaina. Tampoco pudieron escapar de alli por no
