objetos que pudieran venderse a buen precio en las subastas de la casa londinense Putman, con la que trabajo durante casi medio siglo, sobre todo cuando se trataba de colocar falsificaciones y mercancia dudosa, pues las piezas importantes procuraba venderlas sin intermediario, ya fuese a museos publicos o a coleccionistas privados de los cinco continentes.
Mi madre, por su parte, murio cuando yo tenia cuatro anos, de modo que poco puedo contarles de ella: un espectro que me viste, me desviste, me bana y me da de comer mientras imita el ruido de un avion con la garganta, todo ello en un escenario de algodones flotantes, que es donde el pasado representa su funcion fantasmagorica, como si dijesemos.
?Que a que me dedico? No resulta facil de explicar. Hay profesiones imprecisas, profesiones que no son nada en concreto pero que pueden ser muchas cosas en concreto. A lo largo de esta narracion iran haciendose ustedes una idea de la indole de mi forma de ganarme la vida, si asi puede llamarse a la actividad pintoresca en que cada cual va malgastando su vida: munecos laboriosos que tallan un diamante o que construyen autopistas que parecen no tener fin, automatas afanosos que trabajan para comprar un diamante o que conducen por autopistas neblinosas, antes de que amanezca, para construir otro tramo de autopista por el que puedan conducir de amanecida otros automatas que vayan a su taller a tallar un diamante o que viajen a la capital para comprar un diamante que tenga el poder de comprar un corazon, mientras la conciencia, al fondo, dia tras dia, obsesiva y estatica, exegeta de si misma, forma una nube negra, y cae una lluvia negra, y te viene la gana de medio morirte, pues casi nada es casi nada, pero sigues ahi, convencido de que huyes a toda mecha de la Nada.
(Disculpen, por favor, la digresion: mi pensamiento es de talante traslaticio. Una linea recta tiene tendencia a convertirla en una voluta. Un triangulo lo transforma, en cuanto puede, en rocalla. Un silogismo lo vuelve cornucopia. Un punto y aparte puede ser para mi pensamiento un abismo. Unos puntos suspensivos tienden a ser una infinitud.) (Y a veces me duele mucho la cabeza.) (Pero no volvera a ocurrir.) (O eso espero.)
Ha llegado el momento de hablar de tia Corina, lo que significa que ha llegado el momento de hablar de muchisimas cosas.
En el ano 50 del siglo pasado, mi padre viajo a Rumania, comisionado por un obispo irlandes catolico envenenado de bibliofilia, para ponderar la compra de un manuscrito iluminado que el vendedor atribuia a la mano santa de Dyonisus Exiguus, de quien hasta entonces no se conocia manuscrito alguno. Al final, aquel manuscrito insolito resulto ser una falsificacion bastante grotesca ejecutada por el hijo habilidoso de unos chamarileros de Bucarest que tramaban huir del pais para instalarse en Napoles y abrir alli una sala de fiestas al estilo norteamericano, pues todos los miembros de aquella familia eran musicos de formacion clasica y de propension vanguardista, pero el caso es que mi padre no hizo aquel viaje en balde, ya que, aparte de algunos lienzos de merito y de algunas joyas de damas que habian pasado del champan a la lejia gracias a las artes magicas del Frente Democratico Popular, se trajo algo de valor incalculable: Corina, una muchacha de quince anos que habria de aliviar la viudez de mi progenitor con sus habilidades para llevar la casa, pues no solo sabia desenvolverse con tino de hechicera entre los peroles, sino que incluso sacaba tiempo para bordarle panuelos con una L florida o con una V de laderas barrocas, segun el dia.
Nunca he sabido como se las arreglo mi padre para traerse a Corina de Rumania como si en vez de una nina fuese una muneca, ya que no tuvo que padecer grandes epopeyas burocraticas ni alli ni aqui, y mucho me temo que no todo lo relacionado con aquella especie de adopcion se cino al cauce de las leyes. «Yo aun sonaba con brujas desdentadas y no recuerdo bien como se resolvio todo aquello», se limita a decir tia Corina cuando intento escarbar en aquel lance brumoso.
Los padres de tia Corina eran unos campesinos meditabundos, anorantes del fugaz rey Miguel, que vivian con sus cinco hijos en una granja cercana a Bacau, al pie de los Carpatos Orientales, procurando asimilar con una rebeldia silenciosa y con una pesadumbre evidente los principios fundamentales del credo agricola del socialismo. Aquellos campesinos vieron el cielo abierto cuando llamo a su puerta, pidiendo por senas un poco de agua, un curioso caballero que, a lomos de un borriquillo del color de la ceniza, iba tocado con un sombrero en el que cimbreaba una pluma de faisan tornasolada y que fumaba en cachimba de espuma de mar, azuzando su cabalgadura con el tacon de sus botas de cana alta de cordoban de lustre ambarino, pues jamas le tuvo miedo mi padre al exotismo indumentario, lo que le valio no pocas burlas, que es la maldicion que padece todo dandy.
Y es que, una vez esquivado el fraude de los chamarileros melomanos, mi padre decidio recorrer el pais como un aventurero decimononico, al albur del camino, sin guia ni rumbo, animado en parte por una primavera que habia entrado muy templada, en parte por curiosidad turistica y en parte principal por su anhelo de busqueda de objetos valiosos que pudieran venderse por encima de su valor o bien de objetos sin valor que pudieran venderse como si fueran valiosos, ya que el ancho mundo fue siempre para el una especie de supermercado de cachivaches y, por aquel entonces, Rumania era Jauja en ese aspecto, por esa facultad que tienen las revoluciones de mover las cosas de sitio.
Aquellos monarquicos rurales, en fin, no se como ni como no, porque el idioma de senas tiene sus limitaciones, suplicaron al turista que se llevase consigo a la mayor de sus hijas -a la que adivinaban dotes excepcionales no solo para los asuntos practicos, sino tambien para descender a las simas de la meditacion, pues andaba siempre cavilosa-, para que de ese modo pudiese crecer en un mundo menos incierto y hosco que el que se le brindaba en los Carpatos, donde estaba condenada a palidecer y a marchitarse como una desdichada a la que hubiese mordido el conde Dracula en una noche sedienta.
Y asi fue.
Aparte de sus labores domesticas, tia Corina se inclino pronto por la lectura, pues tardo en aprender nuestro idioma lo que tarda en resolverse un crucigrama, y sisaba horas al sueno para implicarse en los enredos geometricos de las ficciones, para adentrarse en las cavernas hermeticas de los filosofos y para quedarse con la boca abierta ante las hazanas sobrehumanas de los heroes homericos.
Ni que decir tiene que mi padre no podia dejar de admirarse ante aquella muchacha que no solo le solucionaba los tramites del dia a dia, incluido el de ejercer de madre conmigo, sino que ademas podia tener pesadillas en las que un ciclope hundia de un manotazo la galera de unos comerciantes fenicios que iban a vender a Robinson Crusoe la mascara de oro de Agamenon, despues de haber hecho una visita de cortesia a la Dama de las Camelias, pongamos por caso, porque ya saben ustedes las trenzas que pueden formarse en los suenos y la gente tan inesperada que se cuela por alli, al ser el subconsciente muy hospitalario con cualquiera.
Percatado de aquellas inclinaciones y aptitudes, mi padre fue liberando a la joven Corina de algunos menesteres domesticos para iniciarla, con metodo y disciplina, en los arcanos multiples del saber, y el mismo le impartia lecciones, le imponia deberes y le administraba calificaciones mensuales. Corina jamas piso un centro de ensenanza, incidente que no creo que se debiera a que su situacion legal en Espana no era todo lo legal que suelen ser las situaciones legales -ya que mi padre siempre fue el ilusionista de la documentacion apocrifa, y nuestro pais no se distinguia entonces por sus remilgos burocraticos relativos a la infancia-, sino mas bien a ese nomadismo al que mi progenitor estuvo abocado a causa de su profesion arborescente, digamos, pues no solo era esa profesion de naturaleza versatil, sino tambien ramificada: lo mismo estaba una manana en Calatayud, negociando con un parroco cerril la compra de un lote de plateria dieciochesca, que estaba a la tarde siguiente en El Cairo asesorando a los expertos del Museo Nacional en las labores de catalogacion de unos hallazgos arqueologicos, antes de partir en un vuelo nocturno para quien sabe donde, a trajinar quien sabe que. Y, entre ausencia y ausencia, alguien tenia que hacerse cargo de mi, y de la casa, y de las llamadas, y del pequeno universo desamparado, en definitiva, que toda persona deja tras de si cuando sale por la puerta con una maleta, y alli estaba tia Corina, nina proteica y vivaz, dandome de comer, planchando camisas, espantando el polvo, barriendo suelos y sumergida, en cuanto tenia un momento de calma, en la lectura de la biografia de los filosofos cinicos, por ejemplo, o de alguna de esas novelas sentimentales en que las heroinas acostumbran expresarse con el envaramiento de un texto notarial, pues era la joven Corina una lectora voraz y desordenada: un papel virgen en el que iba imprimiendose, por la tecnica del palimpsesto y por la via del asombro, el testimonio plural de los sabios y embaucadores de medio mundo.
Como complemento, estudiaba cinco idiomas a la vez, con el unico apoyo de unos libros y discos que le proporcionaba mi padre, y de ese modo iba desentranando los juguetes musicales del frances, del ingles, del italiano, del ruso y del griego, a los que con el tiempo anadio los del aleman y los del arabe clasico, asi como los del viejo anglosajon y los del rigido latin, para disfrutar con ellos de lecturas desusadas.
«En aquella epoca aprendi tantas cosas, que muchas de ellas no tarde en olvidarlas, pero aprendi algo inolvidable: que todo cuanto se aprende no se olvida jamas, aunque lo olvides», segun las paradojas que tanto le gustan.
