La ida a Egipto.

La leyenda de los magos y el cuento de Alif.

La llave de plata y el columbario de Abdel Bari.

La oferta del baculo.

Otros lances e infortunios.

Ninguna vida es una historia, sino algo muy distinto: cualquier vida son muchas historias. Demasiadas tal vez. Y demasiado heteroclitas en su apariencia, aunque todo, al final, revele una armonia un poco terrible: esa es tu atolondrada aventura. La de tu vida. Con sus incomprensibles fallos de guion.

Pues bien, la historia que me dispongo a contar comienza el pasado 10 de junio a las cinco y cuarto de la tarde. Una llamada telefonica: Sam Benitez.

«?Jacob? Soy Sam Benitez, guey. Te llamo desde Amman, aunque voy camino de El Cairo. ?Tienes un momento?»

Hacia un par de anos que no sabia de el, y les confieso que me sorprendio su llamada, pues daba yo por hecho que nuestros rumbos jamas coincidirian, por andar cada cual atareado en lonjas diferentes, a pesar de haberse interferido con frecuencia tales rumbos en vida de mi padre, que adopto a Sam como discipulo.

Despues de los prolegomenos mareantes que le caracterizan, Sam me informo de que en El Cairo solo iba a estar tres o cuatro dias, «porque sigo camino a Tailandia para meditar con unos monjes drogadictos y para chingarme a veinte o treinta extraterrestres de aquellas», y a los prolegomenos siguieron los preambulos, a los prefacios los proemios y a los introitos los preludios. Y asi durante una media hora.

Samuel Benitez, natural de Tlaquepaque, alla en Jalisco, perdio casi toda la sensatez que tenia cuando se aficiono a los trances de alucinacion que le brindaban los chamanes mas chalados de Mexico, con sus doctrinas visionarias y evanescentes materializadas al final en el peyote; poco mas tarde, perdio casi por entero esa sensatez menguada cuando sucumbio a los mareos esotericos que le proporcionaron los libros del mixtificador Castaneda -que el presumia de leer y releer, absorto en aquellos supramundos retoricos- y la perdio por completo cuando le sobrevino la comezon, hace cosa de cuatro o cinco anos, de construir lo que ha dado en llamar el Prisma Teologico: un cristal tallado en forma de heptagono, a traves del cual -una vez girado con arreglo a combinaciones sometidas a una complicada secuencia matematica aun por determinar y a unos indeterminados factores fotoelectricos- podria verse el rostro poliedrico de Dios. Y en eso sigue.

A Sam Benitez no le merman la ilusion sus fracasos continuos y no sospecha siquiera que tal vez la Divinidad no quiera asomarse jamas a su prisma. En sus experimentos no cuenta la opinion de Dios, porque Sam es de naturaleza aturdida en cuestiones trascendentales, conforme a esa perdida total de sensatez a la que antes me referi, aunque, como contrapartida, tiene un instinto infalible para los asuntos practicos. Sam El Mexicano, Sam El Chingon o Sam El Chamancito, como indistintamente se le conoce en nuestro gremio de profesiones indefinidas; Sam Benitez, en fin, de unos cincuenta y cinco anos de edad y de complexion picnica, cascado por los excesos del cuerpo, del alma y del pensamiento abstracto, lo que no siempre evita que cierre muchos bares que no cierran casi nunca. «La juventud, compadre, es siempre el ultimo dia de tu existencia si el penultimo es bueno», me dijo una vez. (Una de esas frases, ya saben, que simulan profundidades de entendimiento y que por desgracia son tautologia pura. Y en eso -y en muchos otros detalles- se le percibe a Sam la ventolera.)

«Tengo un encargo para ti, guey. Lo mas grande que hayas hecho en tu vida», me dijo desde Amman, y quedamos en vernos dos dias mas tarde en El Cairo, con gastos a su costa.

Hacia anos que nadie nos proponia un trabajo de envergadura, y la llamada de Sam animo mucho a tia Corina, que esta en esa epoca en que una persona necesita sentirse util para situarse mas cerca de la vida que de la muerte, aunque a mi no tanto, pues me habia habituado a nuestra relativa inmovilidad, al trajin discreto de las pequenas operaciones sin grandes riesgos, sin grandes beneficios y sin grandes epopeyas, por ser yo pesimista ante el futuro, quiza por el convencimiento de que, a partir de ciertas edades, todo cuanto esta por venir resulta siempre peligroso.

«?Cuantos dias estaremos fuera?», me preguntaba tia Corina, ilusionada como una nina que hace su primer equipaje, inquieta ante una aventura al fin y al cabo rutinaria, repetida centenares y centenares de veces, aunque sentida por ella como nueva, y yo disimulaba, para no herirle esa ilusion.

A ultima hora, tia Corina no pudo acompanarme, ya ven ustedes, porque la diabetes le tiene muy mermado el espiritu nomada que ha alentado siempre en ella y que sigue enervandola, por ser de natural trotamundano. La noche antes de la salida se noto indispuesta -sin duda por aquel nerviosismo de viajera novata que se adueno de su espiritu por via del todo inexplicable, pues lleva recorridas las siete partidas del mundo- y el medico, con bastante severidad, le prescribio reposo. Como no hace falta decir, protesto con las fuerzas que tenia, pero acabo asumiendo su derrota. («?Que le habre hecho yo al dios de esa gente para que me trate con la punta de la babucha?») Lo senti en el alma por su fragilidad y lo senti tambien por mi, ya que el viaje me resultaria mas largo y tedioso sin ella, que siempre acierta a entretenerme con alguna exegesis imprevista, con una broma erudita, con quien sabe que apreciacion reveladora. (Yo, por mi parte, dicho sea de paso, padezco de hipoglucemia, de modo que somos algo asi como el yin y el yang de la glucosa, ya que ambas afecciones son completamente opuestas, pero hay momentos en que se convierten en un mismo padecimiento: uno de los grandes riesgos del hiperglucemico consiste en convertirse de repente en hipoglucemico, lo cual ilustra hasta que punto puede parecerse una enfermedad a una religion asiatica.)

Por no se que razon indefinible, pues tal vez no haya razon alguna para tal cosa, me gusta mucho El Cairo. Cada cual cultiva, en fin, sus perversiones, y no merece la pena analizarlas, porque el analisis de cualquier tipo de perversion es algo asi como meter la mano en el fuego y preguntarse por que quema.

En el aeropuerto de El Cairo me esperaba Abdalah.

Este Abdalah estuvo durante muchos anos al servicio de mi padre, cuando mi padre viajaba con frecuencia a Egipto, sobre todo en la epoca en que aun era aquello un inmenso mercado fuera de toda ley, excepcion hecha de la de la oferta y la demanda, que es una ley inmutable. (Guardias nocturnos de museos que te conducian al almacen de las piezas pendientes de catalogacion, vigilantes de excavaciones que, a cambio de unos billetes, franqueaban el paso a extranjeros aprovisionados con bolsas de herramientas; arqueologos clandestinos, profanadores de tumbas, restauradores oficiales que, en vez de restaurar, falsificaban las piezas y vendian las autenticas a traves de la red del apodado Jofu Pe-Guti, faraoncillo del hampa…)

No se si el coche de Abdalah es mas viejo que Abdalah. Sea como sea, tanto Abdalah como su coche podrian ser exhibidos en cualquier museo, al lado de la estatuaria faraonica, sin que nadie lo considerase un anacronismo escandaloso.

A pesar de su mucha edad, Abdalah es griton y camorrista, quiza -quien sabe- porque es partidario de la armonia cosmica, de modo que el caos global de nuestro mundo, y el de El Cairo en concreto, le enrabia y desconsuela, pues no se me ocurre ningun otro motivo que justifique tanta irritacion indefinida, y digo yo que por eso anda siempre de mal humor, maldiciendo a sus congeneres y pidiendole al dios que los creo que los fulmine.

Entre en el coche de Abdalah, con sus asientos forrados de piel de carnero, y, nada mas soltar mis maletas en el hotel, sali a toda prisa para el Cafe Riche, donde me habia citado con Sam.

El trafico estaba espeso, como alli suele estarlo a muchas horas, y nunca dejara de admirarme la aficion que los conductores cairotas le tienen al claxon, que mas parece para ellos una protesis que un ingenio, una especie de garganta alternativa, pues no paran de hacerlo sonar, razon por la que la ciudad entera se da el aire de una sala de ensayo tomada por cientos de miles de trompetistas dementes: una grandiosa sinfonia urbana y deconstruida que resume el espiritu bullicioso y desordenado de aquel rincon del mundo.

Cuando llegue al Cafe Riche, no estaba alli Sam. Me sente, pedi un agua muy fria, porque el calor asesinaba, y, al rato, se me acerco un camarero, me pregunto si yo era quien soy y me dijo que tenia una llamada telefonica.

«?Jacob? Escucha, compadre, no te muevas de ahi. Dentro de media hora a mas tardar podre darte un gran abrazo de empatia.» De modo que alli estuve durante mas de una hora, ansioso por saber en que podia consistir aquel tipo de abrazo.

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