– Pasaran los siglos y aquella mujer sera recordada por su afan de gloria. Por su desafio a los dioses.
Quise hacer participe a mi hermano de estas nuevas y pedi audiencia para entrevistarme con el en palacio y despues de algunos dias de espera me recibio recostado en almohadones bordados al fondo del gineceo, en una estancia privada cuya celosia daba a la plaza principal de Jerico. Antes de llegar a su presencia tuve que atravesar varias salas y en cada puerta habia una pareja de guardias que se inclinaban a mi paso y luego me franqueaban la entrada. En el trayecto desde el pabellon encontre a Varuk. Estaba absorto mirando la plaza por una ventana sin apartar los ojos de aquel ser extraordinario que pendia en el aire dentro de una jaula a merced de los gritos del pueblo. No pude hablar con el, pero en su semblante vi el panico dibujado. Yo seguia el laberinto que el introductor me descifraba y, de pronto, se abrio la ultima puerta y alli estaba el adorable narciso Abel, de carne recamada, con dos aguamarinas en la mirada. Me acogio con cierta ternura no exenta de un punto de cortesia. Me beso en la frente y yo le dije que Eva habia muerto. Pero el no recordaba quien era Eva, ni tampoco habia oido hablar de aquel principe negro. Entonces le suplique que mirara por la celosia. Asi lo hizo. Se levanto con estudiados ademanes de felino y se acerco a aquella trama de luz que se vertia en el suelo del recinto desde la plaza.
– Entiendo que van a subastar a un esclavo.
– Si.
– Parece increiblemente fuerte.
– Hay quien asegura que es el propio Jehova.
– ?Jehova? ?Quien es Jehova? -pregunto mi hermano.
– El dios de nuestra infancia -le dije.
– No lo creo. Yo solo veo un gigante. Como ese se crian muchos en el desierto. Voy a pedir que pujen por el. Me gustaria caparlo y tenerlo a mi servicio.
Le puse la mano en la cintura y no la rechazo. Le insinue temblando si deseaba iniciar de nuevo aquel juego de las joyas, y Abel, sonriendo de mala gana, me llevo a un lecho de flores y me obligo a ungir su cuerpo con un balsamo y luego hizo que quemara incienso a sus pies. Con cierta displicencia puso la bolsa de cuero que contenia el tesoro de la familia junto a su sexo, bajo el peplo de lino, y recostado con pereza de puma me ofrecio su carne como un camino secreto. Mientras jugaba al amor con Abel, fuera, en la plaza, comenzo la subasta del supremo esclavo y los gritos de los licitadores llegaban hasta nosotros y se unian a nuestras risas y gemidos. Habia una fiesta de musica en la calle y los buhoneros predicaban las mercancias y se oian yunques de herrero, voces de saltimbanquis y cantares de mendigos y juglares. Era una tarde de verano y en Jerico todos los perfumes del oasis acudian a la llamada de los sentidos. Yo estaba a punto de descubrir el tesoro en el vientre de Abel y en ese momento se oyo un ruido como de varios truenos superpuestos y primero pasaron en vuelo rasante tres escuadrillas de aviones y en seguida comenzaron a caer bombas sobre la ciudad y sus habitantes, sobre el ganado y los arboles. Por todas partes saltaban conos de fuego, heces
– ?De donde eres?
– De Nueva York -contesto.
– Es uno de los nombres mas bellos que he oido.
– Nueva York es un reino que desbordaria tu imaginacion si habitaras en el.
– ?Me hablas de otro paraiso?
– Si.
– He visto ya demasiados paraisos en la tierra. Me llamo Cain. Solo busco un poco de amor.
– En Nueva York, el amor se consume en la punta de todos los cigarrillos.
La escuadrilla de aviones volvio a pasar envuelta en un trueno, pero ahora el estruendo de las bombas sobre Jerico era la misma granizada de aplausos que hacia trepidar el recinto del Club de Jazz cuando la propia Yvie Anderson, acompanada por mi saxofon, por el piano de Oscar Peterson, la bateria de Alvin Stoller, la guitarra de Herb Ellis y el contrabajo de Ray Brown cerro aquella famosa sesion repitiendo una cancion que me enveneno la memoria. El local se venia abajo y el sonido era semejante al de los cazabombarderos, y no hacia sino machacarme el cerebro, pero ahora caia la primera nieve blanda de madrugada sobre Nueva York y los amigos ibamos por la calle a celebrar la muerte de Abel, extirpado ya de mi alma, y mi consagracion como artista. El grupo de la victoria lo formaba una dotacion de policias, un ciego con las corneas de almeja, una madama empastada de rimel, un viejo con tunica romana y sopera de metal en la cabeza, un joven palido con peluca del siglo XVIII, Blancanieves de carne espiritada y mi novia Helen, la reina de las hamburguesas al minuto. Pasquines con mi imagen adornaban las paredes de Manhattan y el perro protector guiaba aquella expedicion nocturna bajo la nevada en direccion a la pista de despegue. Todo el mundo queria volar esa noche. Los anuncios de la ciudad se licuaban y por la calzada pasaban limusinas en cuyo interior iban depositados carniceros italianos, tenores y tambien se veian pavos reales con la cola desplegada, hadas madrinas envueltas en gasas a la salida de los espectaculos. ?Donde estaba la pista de despegue? Se oian sirenas de ambulancias y los coches patrulla cruzaban las esquinas con linternas de cobalto y cantos de buho y en todas las emisoras de la policia se repetia el mismo mensaje. Abel ha muerto, Abel ha muerto, Abel ha muerto. Cain se ha salvado. El boletin de noticias transmitia el bombardeo de Jerico. Narraba los pormenores de una matanza espectacular. Al parecer, alli habia muerto el propio Jehova, un rey gordito y feliz, un principe negro y muchos mercaderes. Abel habia perecido bajo los escombros de un palacio de marmol y madera de cedro, y para celebrarlo esa noche, despues de mi triunfo con el saxofon, estaba dispuesto a hacer el amor con Helen hasta que la pasion que por ella sentia se convirtiera en extracto de medula a las seis de la manana. Al pasar por Washington Square a nuestro grupo se unieron tres hombres rata. Y luego, por todas las alcantarillas, salieron muchos mas. ?Seria cierto que estaba a punto de llegar un emisario para arrebatamos en un carro de fuego? De pronto, en la misma plaza, vi que el perro se paro frente a una cabina telefonica y entonces recorde que tenia una llamada pendiente. Dije a los amigos que esperaran. A la luz de un farol, bajo la nieve de Nueva York, en la madrugada, lei en la agenda aquella nota que escribi en una estacion del suburbano: muchacha azul que paso como una rafaga por los intestinos de Manhattan. 212.2276519. Entre en la cabina y marque ese numero de telefono. Alguien descolgo el aparato y en seguida oi una voz femenina muy dulce que sin dejarme despegar los labios me dijo:
– Hola, Cain.
– ?Eres aquella chica que vislumbre a traves del vaho de una ventanilla?
