Estaba radiante. Su rabo era una fiesta, se colgaba con el desde la cofa y se balanceaba sobre el Mediterraneo.

– Estos animales son asi. De pronto ven el futuro, no les gusta, y se niegan a vivir.

– ?Que debo hacer para que sea feliz?

– Nada. Morira antes de llegar a Jerusalen.

– ?Jerusalen?

– ?Acaso no has oido hablar nunca de ese lugar?

– No.

– Es una ciudad sagrada. La veras de lejos al pasar.

A partir de ese momento, la mona, que habia crecido conmigo desde la infancia, estaba sentenciada a muerte en un plazo de tres dias y yo me dedique a rodearla de mimos. Esa noche durmio a mi lado bajo las mismas pieles de cabra y yo la acaricie hasta el amanecer y ella permanecia quieta y las hogueras que alumbraban el campamento le encendian las corneas y la dentadura y esto me hacia recordar las historias que nos contaba mi madre en los oasis del desierto cuando la mona formaba parte de mi alma. Ahora ella se plegaba contra mi vientre y levantaba hacia mi los ojos con expresion de lastima. Cada vez, sus movimientos eran menores y la concentracion intima de su semblante daba a entender que ya se habia despedido del mundo. Durante dos jornadas de camino tuve que llevarla en brazos sin otro cuidado que el amor y las lagrimas puesto que ella se habia negado a comer. Fueron aquellos dias de ruta por las estribaciones de los montes de Judea extremadamente duros. Este desierto lo formaba un infinito pedregal y alli el sol parecia brotar desde abajo y todas las colas de los alacranes estaban erectas, rebosantes de veneno que la fulgurante luz traspasaba. Doce camellos enjaezados de modo regio, cincuenta pollinos en fila y un tropel de esclavos ascendian por collados de desolacion donde no se avistaba un pajaro, una nube o una hierba. Los estertores que daba la mona en mi pecho crecian en numero e intensidad. Yo le hablaba en silencio con el corazon compungido. No te mueras, bonita, no te mueras. ?Recuerdas cuando de nino jugabamos a la sombra de los sicomoros y tu subias gritando a las palmeras y al atardecer la tierra olia a humo y el sol era dulce como nuestra carne y tu me ensenabas a no pensar en nada? No te mueras, bonita. Un dia volveremos a aquella region y seremos felices de nuevo. Jehova bajara de los cielos vestido de bailarin de claque o adornado con arreos de domador y tu treparas hasta su hombro y juntos echaremos pulsos y despues celebraremos un festin vegetal en el oasis. Vi que se moria y entonces quise acompanar sus ultimos instantes en este mundo con una melodia que no fuera demasiado triste y que nos recordara a ambos un pasado de gloria. Iba cabalgando en el pollino y llevaba a la mona apoyada en mi regazo. Saque la flauta del zurron y mientras ella estaba expirando y me miraba de la forma mas lastimera comence a tocar la flauta con un son antiguo que me llevaba a la adolescencia, a aquel mar de dunas en el que ambos nos habiamos criado. Hacia sonar una musica muy dulce y hubo un momento en que la mona puso en mi los ojos totalmente desvalidos y, de repente, dejo de temblar. Quedo yerta con las pupilas paralizadas. Recuerdo que la caravana atravesaba a esa hora el valle de Hebron y al coronar el monte mas alto se fue mi companera y entonces la ciudad de Jerusalen aparecio de repente sobre una colina y sus murallas bordeaban una hoya ofuscada que llaman de Josafat. No trate de avisar a nadie, ni siquiera a mi hermano. Cubri a la mona con un tejido bordado y muerta avanzo conmigo hasta el torrente Cedron. La hoya de Josafat estaba aun sin estrenar. No habia una sola tumba, pero al pasar la comitiva por alli me apee con la mayor discrecion y deje que la caravana siguiera. En una ladera orientada hacia la puerta dorada de Jerusalen excave una pequena sepultura y con todo el amor y en una ceremonia solitaria deposite el cuerpo de la mona, que tal vez era la parte inocente de mi alma, en esa cavidad descarnada, repleta de luz. Puse el hocico de mi companera de fatigas en direccion a la salida del sol y luego eche tierra caliente sobre su memoria. Ella quedo para siempre sepultada en el valle de Josafat, fue la primera en ocupar ese lugar de privilegio donde los mortales hoy esperan la resurreccion de la carne. Creo que la mona tambien resucitara un dia bajo el sonido de las trompetas de plata y si alli se celebra el juicio final ella no solo quedara absuelta sino que volvera a encaramarse en el hombro del supremo juez Jehova y desde esa atalaya, al verme entre la multitud, vendra a mi encuentro saltando por las cabezas de los reos con gritos de alegria.

Despues de haber enterrado a la mona me incorpore al sequito del rey Shivoe y Jerusalen quedo atras. Aquella ciudad parecia dormida en un humo de oro e incluso no daba senales de estar habitada, aunque sobre la arista sur de la muralla se elevaba un poderoso templo o palacio que segun todas las noticias habia sido o iba a ser morada de una nueva divinidad servida por un personaje de leyenda al que ya llamaban Salomon. El desierto de Judea continuaba, pero ahora sus colinas pardas comenzaban a caer hacia una profunda depresion del paisaje y el aire tenia una densidad casi solida que aprisionaba las sienes. Faltaba solo una jornada de pezuna para rendir viaje y la linea del horizonte se veia cada vez mas baja, cortada a pico por un muro negro de montanas alla al fondo, ibamos descendiendo por lo que sin duda habia sido antiguamente un mar, ahora agotado por la sequia, y una mano abrasadora nos habia precedido, llevandose cualquier huella fertil. No obstante, en una loma de plomo en medio del solanar, una familia de beduinos que incluia hijos y cabras estaba sentada a la sombra de su tienda montada con pellejos. Al paso de la comitiva, aquellos seres cubiertos con sayas y turbantes negros se levantaron y doblaron la espalda ante el rey Shivoe, del cual eran tributarios o subditos. Mas adelante, algunas chatarras de carros de combate punteaban las colinas y alrededor de aquellos esqueletos de hierro revoloteaban los grajos. Eran residuos de una guerra reciente. Por una calzada vecina a nuestra senda pasaban a veces carruajes y camiones con soldados que lucian uniformes verdes con floreados cascos y fusiles cruzados en el pecho. No guardo de este camino otra sensacion que no sea la soledad, el dolor por la muerte de una parte de mi alma y la mordedura venenosa de los celos. Abel cabalgaba parejo al rey y era honrado por servidores que atendian sus minimos caprichos. Pero, en medio de tanta desolacion, de pronto se presento una vision de gloria que me forzo a olvidar la fatiga. Cuando mi pollino hubo doblado la colina inferior de la tierra aparecio enfrente el oasis mas extenso y feraz que jamas hubiera podido sonar. Era Jerico. Unos picos de roca segados lo protegian por un flanco y delante de las murallas las palmeras se extendian hasta perderse de vista y en medio de ellas se multiplicaba toda clase de fuentes, frutales, acequias, huertos amenos, arboles de sombra y perfumes que cada una de las flores expandia. En la raya del vergel, de modo abrupto, comenzaba el desierto y en el brillaba una charca densa e inmovil de color estano. La rodeaban playas de sal y los nativos del lugar llamaban a esa cienaga putrefacta Mar Muerto o Agua Interior. Por fin me encontraba ante ese pozo oscuro de mis suenos que tantos augurios acerca de mi vida habia creado.

El palacio de Shivoe estaba dentro de un recinto doblemente amurallado y se componia de sillares y maderas de cedro procedentes de Biblos. Desde sus almenas se dominaba gran parte del valle del Jordan: el pais de los amoabitas al este, las resecas laderas de Qumran por el sur y las rutas hacia Siquem y Megiddo al norte, siguiendo el cauce del rio. Aquel inmenso jardin pertenecia a Shivoe, que no lo sometio por las armas sino gracias a su habilidad de diplomatico y a un juego de alianzas. Colmenas, factorias de queso, telares, curtidores, batidores de cobre, fraguas y pasos de ganado, ademas del producto de la agricultura, florecian en aquel oasis situado en un punto estrategico de paso entre la civilizacion de Egipto y las ciudades de Mesopotamia. Alli reinaban los punales que yo habia acreditado con mi marca y eso siempre era un consuelo. Ya que no podia penetrar en el corazon de Abel al menos otros asesinos introducian mi nombre en las entranas de los enemigos. En Jerico, mi hermano Abel vivia en las habitaciones intimas de palacio, mientras yo habitaba con el cuerpo de guardia en un pabellon adosado a la muralla que controlaba la puerta. Ya en la primera noche que dormi en ese lugar, sobre un jergon de paja, tuve pesadillas de amor y a la vez trabe combates entre fieras e imagine ciudades sumergidas. Sobre las aguas del Mar Muerto, implicandose en las emanaciones de asfalto, volaban murcielagos blancos del tamano de un conejo y tambien otros animales todavia sin nombre, alados reptiles con cabeza de mujer y garras de leon, basiliscos de mirada letal, dragones de alas puntiagudas que proyectaban una sombra en tierra, lentas e inmensas fieras de rabo articulado y el cuello tan largo que se perdia en el aire, gigantescas cabras con colas de pez, tortugas con picos de alcotan, cachalotes peludos y otros monstruos. Estos animales se elevaban relinchando en el espacio y se enzarzaban en un duelo mortal y yo, desde una ladera, contemplaba sus encarnizados combates. Con toda la majestad en las alas, unas serpientes de extraordinaria grandeza ascendian hasta quedar suspendidas en la copa del valle y de pronto comenzaban a atacarse mutuamente por parejas y emitian gritos compaginados con las heridas que se inferian y veia como se daban zarpazos y dentelladas mortales en el cielo brunido del Genesis. Una bandada de buitres acuaticos esperaba abajo y cuando un combatiente caia derribado quedaba a disposicion de estos degustadores y entonces se producia un gran banquete de visceras. En suenos tambien adivinaba en el fondo del Mar Muerto dos ciudades

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