en el que yo intervenia de saxo tenor y pequeno rey interpretaba Tangerine de igual forma que lo tocan los artistas consagrados. Entre la niebla de los cigarrillos y el vaho de los brebajes, en la penumbra, yo distinguia en medio del publico aquellas siluetas familiares: Helen, la del pubis escarchado, el joven del leviton y peluca del siglo XVIII, el ciego del fagot, la madama de las flores, el viejo de la tunica romana con el casco de metal en la cabeza. Policias, prestes, representantes de distintas sectas religiosas y el perro conductor que me guio en el laberinto de Nueva York como aquel coyote que me habia llevado al centro neuralgico del paraiso, en el desierto, todos estaban alli, y yo tocaba el saxofon para ellos, pero mi corazon, en ese momento, tenia una bravura de juventud y volaba por un lejano horizonte. Se encontraba bajo una jaima, al atardecer, junto a las murallas de Jaffa, y hacia sonar la flauta para el cuerpo de Abel y regocijo de un rey, su pequena corte ambulante, el sequito de servidores, un grupo de gente principal del lugar que le habia recibido en el puerto, y la melodia se expandia por un paraje de palmeras, higueras, cipreses, olivos, vinedos y sicomoros que se reflejaban al borde de un farallon del Mediterraneo en tiempos del Genesis.

Sonaron a la vez los aplausos en Nueva York y en la jaima de Jaffa. Al amparo de los vitores de entusiasmo erotico, yo veia a Helen excitada como hacia palmas por mi y tambien vislumbraba en una imagen superpuesta al gordito y feliz soberano de Jerico, el rey Shivoe, aclamar enamorado el final de la danza de Abel, y me licuaba de celos, y las tormentas que mi alma soportaba eran furiosas, pero de una envenenada sutileza. Habia en las bandejas esqueletos de lechales, teteras humeantes todavia y dulces de leche y miel. El sudoroso cuerpo de Abel, habiendo acabado de bailar, fue a tenderse de nuevo a los pies de su senor, el cual en accion de gracias lo acaricio largamente e invito a compartir esta lujuria a otros comensales de la cabecera del banquete. Todos lo amaban, le sonreian, lo ensalzaban y posaban sobre el las temblorosas manos del deseo. Sin duda, Abel no se acordaba de mi. Parecia embriagado de placer y desde el corro de gorilas donde yo volvi a sentarme lo contemplaba desleido de amor, rodeado de pasteles, almohadones y miradas de fuego.

Cuando la recepcion hubo terminado, el cortejo del rey Shivoe regreso al bajel al son de las trompetas que le rendian pleitesia en el muelle principal y alli pernocto mientras los esclavos preparaban pertrechos, intendencia y bagajes para partir al dia siguiente de madrugada en direccion al palacio de Jerico, junto al Mar Muerto. Aquella noche la pase insomne y habia luna, que ofrecia una emulsion de sombras lechosas a los aparejos del barco. Sentado en cubierta, contemplaba el temblor del agua en el puerto, donde se hundian las luces de las anforetas, y un ligero vientecillo del sur me traia perfumes de magnolio, jazmines y madreselvas que se unian con el de estiercol de pollino o de camello arraigados en el espacio. En la explanada del puerto, al socaire de grandes troncos de cedro almacenados y otras mercancias que se iban a estibar, dormian mendigos, buhoneros, saltimbanquis, narradores de cuentos y tragasables. Parecian victimas de un ejercito vencido despues de un glorioso dia de sol y ahora, mientras Abel gozaba de los renovados favores del gordito Shivoe en el aposento real cuyas maderas brillaban como espejos, yo no hacia sino pensar en mi propia desesperacion dentro de la belleza singular de aquellas tinieblas. Tal vez el monarca enamorado quemaria incienso en honor de mi hermano antes de que este le ofreciera la carne. Pensaba en estas cosas a oscuras y entonces el arcangel Varuk se acerco a consolarme. Ante la plantacion de mastiles, gavias y puentes de otras naves, que crujian segun las balanceaba una suave marea, se podian escuchar canciones entonadas por algunos marineros en las cercanas cantinas. Sus voces tenian una nostalgia que erizaba la piel y contaban historias indescifrables de amores perdidos, de amigos muertos en la mar, de palacios erigidos en islas flotantes que iban a la deriva por el Egeo, donde los dioses bebian hasta caer ebrios a los pies de las ninfas. Yo tenia la mona en brazos y a mi lado se sento Varuk, y ambos, a contrapunto con el coro de los marineros, rumiabamos suspiros o blasfemias recordando aquella epoca en que uno estaba en el cielo y otro sobre la arena del desierto. ?Habiamos sido felices entonces? El arcangel Varuk, tambien llamado Gabriel, hacia vuelos rasantes como un caza cuando daba escolta a Jehova, y todo el firmamento estaba a merced de sus alas. Le pregunte si habia conocido a sus viejos companeros condenados al fuego eterno.

– ?A Luzbel, Belcebu y Satanas?

– A aquellos colegas tuyos que se rebelaron.

– Los conocia muy bien. Eramos de la misma promocion. Habiamos hecho maniobras de vuelo juntos muchas veces hasta aquel dia.

– ?Que sucedio? Mi madre me contaba una historia acerca de este asunto.

– Les perdio la hermosura. Eran guapos. Demasiado guapos. Amigo mio, tienes que saber que la belleza es un veneno. Mata a quien la posee y paraliza a quien la contempla.

– Entonces yo debo de estar envenenado.

– Aquellos angeles fueron cegados por el propio resplandor. En cambio, yo fui condenado por no reir algunos chistes. Pero dejemos esto. Se lo que esperas de mi. Esta es la respuesta: Abel morira a causa de su hermosura y tu solo viviras si logras olvidarlo. No pienses en la belleza. Todo cuanto puedas decir de ella es falso.

Estas cosas murmuraba el gorila con garganta que olia a aguardiente y mientras tanto me mostraba los costurones de las alas cercenadas y la capadura de los genitales. Olvidar la belleza para sobrevivir era la consigna, ya que el amor por ella solo es el amor por uno mismo y este sentimiento, que no tiene fin, mata siempre sin remedio. Satanas, Luzbel y Belcebu eran unos pobres narcisos. Adan y Eva se reflejaron en una piel de manzana hasta la destruccion. El cuerpo de Abel se habia convertido en mi espejo. Es la propia imagen vertida sobre un ser amado la que te aniquila. Hablando de estas cosas nos sorprendio el alba, y un vientecillo calido, que arrastraba los ultimos perfumes de los magnolios, hacia tintinear las jarcias de los barcos amarrados, y la debil claridad de la amanecida ilumino una extension de cincuenta pollinos y doce camellos alineados en la explanada del puerto. El ajetreo del viaje comenzo apenas el sol hubo derramado una lamina escarlata sobre la mar. Los criados ensillaron el camello principal y lo adornaron con gualdrapas bordadas con el escudo del rey. A su lado, Abel cabalgo otro animal semejante en elasticidad aunque sin ornamentos especiales exceptuando su gracia natural. Palaciegos, dragomanes, favoritas envueltas en sedas dentro de las parihuelas, escoltas e intendentes formaban el cuerpo del sequito. Muchos servidores del monarca, entre los que yo me encontraba, ocuparon los pollinos y la reata de esclavos con enseres en la cabeza cerraba la marcha a pie. Despues de haber sido despedido con honores y musica junto a las murallas de Jaffa por los gerifaltes de la ciudad, la caravana se puso en movimiento y en seguida tomo el camino que marcaba una hilera de cipreses, y por la ruta del este, la comitiva, que levantaba una espesa polvareda, gano las primeras estribaciones de un valle alto y generoso en sombras. El mar quedo pronto perdido a nuestra espalda y las gaviotas fueron sustituidas por los cuervos y auras tinosas. El sol se impuso con dureza creciente a medida que cogia la vertical de los craneos, pero la tierra era suave, con ondulaciones que iban tomando altitud hacia un cordon de montanas minerales que cerraba el horizonte. Aquella era la region de Judea, un desierto lleno de fanaticos, viboras, piedras estalladas por la luz y alacranes, donde reinaba un solo dios verdadero. Sobre nosotros estaba el cielo, duro como un diamante, y tal vez era ya mediodia cuando sucedio la vision. Desde oriente llego una escuadrilla de aviones de bombardeo que cruzaron la barrera del sonido muy cerca de la caravana, lo cual produjo un zambombazo estremecedor fuera de toda ley que espanto al ejercito de pollinos y camellos y sembro el panico entre las personas. Note un estertor extrano en la mona cuando vino a refugiarse en mis brazos. Los aviones supersonicos volvieron a hacer varias pasadas a ras de la comitiva y luego desaparecieron por el oeste. La mona ya no logro reponerse de esta provocacion y yo creo que enfermo de tristeza. Venia con el corazon herido. De hecho, ya no abrio nunca la boca ni mostro las encias cuando yo le hablaba del paraiso perdido, de Jehova, de Adan y Eva, sus amos primitivos, o de cualquier lance del pasado que pudiera despertarle la nostalgia. Reagrupada la caravana bajo la presidencia del gordito Shivoe, hicimos camino y durante la ruta aparecieron parapetos de alambradas, nidos de ametralladoras, esqueletos de hombre con harapos verdes pegados a las carnes podridas, cantimploras, fusiles y macutos que contenian biblias y cepillos de dientes. Pero el rey Shivoe, acostumbrado a esta clase de hallazgos, hacia caso omiso y ni siquiera volvia el rostro. Avanzaba impasible y solo detenia la marcha en los puntos que los intendentes traian senalados en un mapa de papiro. Una reunion de higueras con manantial fue el primer alto de la jornada y alli acampo la expedicion al atardecer para pasar la noche. Una vez instalado al amor del pollino, hice llamar a un sanador del rey valiendome del favor de Varuk. Este se acerco y yo le mostre a la mona, que daba senales de sufrimiento. El sanador le palpo el vientre, le escruto el interior de los parpados y viendo que doblaba el cuello de una determinada forma exclamo:

– Morira de melancolia.

– ?Maldita sea! ?Por que? -grite yo-. Ayer saltaba entre los palos del bajel.

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