de un revuelto de prohombres y desechos urbanos, rodeado del carino de todos, me encontraba solo tocando el saxofon, y Abel no bailaba, puesto que tal vez habia muerto. Un perro dormia al pie de la tarima. Con el instrumento yo sacaba una lengua de fuego que iba reptando entre las mesas y visitaba el vientre de la clientela. Soplaba el saxofon para los amigos y mientras tanto pensaba en la felicidad. Sabia que a traves de una sensacion oscura podria alcanzar aquella costa donde mi cuerpo permanecia intacto. Tienes que saber, hermano, que en un punto del espacio, en un instante del tiempo, tu vida permanece detenida o congelada como un fragmento de belleza, y uno puede elegir de toda su existencia ese momento dorado para convertirlo en una aspiracion o en un sueno. El hilo de la musica me conducia hacia el pasado, y desde el Club de Jazz, situado en una esquina del Soho, vivia otra vez con vibraciones exactas aquellos felices dias perdidos. Me concentraba en el cero del testuz y por el me deslizaba y me iba. Bajo la inspiracion de la musica, anoche la memoria era una corriente subterranea que habia llenado un profundo acuifero donde caian bengalas. De repente, aquella cavidad quedaba iluminada durante una fraccion de segundo y en el interior de sucesivos relampagos yo me veia deslumbrado en el desierto, detras de las figuras de Adan y Eva, en compania de una cabra o cabalgando en un camello por el arco de la Media Luna Fertil o amando a Abel en un nido de ametralladoras o cegado por la explosion de una mina que se llevo a mi padre por los aires o echando un pulso con Jehova con los codos en el altar del sacrificio o acuchillando a una pantera negra y esmeralda de un modo levitico o grabando punales en Biblos o retozando en los prostibulos de esta misma ciudad o navegando en el bajel de Shivoe o remontando desde Jaffa el pedregal de judea hasta llegar a Jerico a lomos de un pollino reacio. Se sucedian instantaneas de mi estancia a orillas del Mar Muerto, de las travesias que hice como guia de caravanas por el valle del Jordan, con paradas rituales en Betel, Siquem y Megiddo, y aquel verano en que visite el palacio de Cnosos, en creta, y las sagradas piedras de Menfis. No solo era el tiempo el que transcurria o el espacio el que se extendia en mi memoria. Tambien habia secuelas en los sentidos: residuos de placeres, odios, terrores, deseos, amores y tedios que habian dejado una grieta en mi carne. ?Cuando habia sido mas feliz? Yo habia sido mas feliz en un momento del que no recordaba nada, aunque hubiera marcado mi alma con una huella. La dicha consiste en esa sensacion de no haber vivido. Bajo el imperio de una melodia de carbon y el fragor de los aplausos, yo contemplaba desde fuera la imagen de mi cuerpo por las calles de Manhattan. Andaba abrazado a una bolsa de botellas de whisky y en los bolsillos llevaba zanahorias y frascos con minerales y toda mi aspiracion era convertirme en un buen musico. ?Tenia algo que ver esta ciudad con aquella silueta que mi madre vislumbraba en el fondo de un lago transparente en tiempos de Jehova? ?Esta melodia seria la misma que en las noches del eden Eva escuchaba en soledad y que se debia a maderas y metales desconocidos? Recuerdo la primera vez que oi pronunciar el nombre de Nueva York. Fue en una playa de sal, a orillas del Mar Muerto. Caian bombas. Un soldado me dijo:

– ?Sabes, muchacho? Alla por donde se pone el sol existe un reino que desbordaria tu imaginacion si habitaras en el.

– ?Me hablas de un nuevo paraiso?

– Si.

– He visto ya demasiados paraisos en la tierra -le conteste-. En realidad soy un especialista en ese tipo de jardineria.

– Alli no existen jardines. Todas las flores son de sangre y las rosas se abren bajo tierra y exhalan un perfume negro a traves de las alcantarillas.

– ?Y tambien se cultiva el amor en aquel paraje?

– En Nueva York, el amor se consume en la punta de todos los cigarrillos.

– Has dicho Nueva York.

– Si.

– Es el sonido mas hermoso que he oido en mucho tiempo. ?Que se puede hacer alli?

– Vestirse de pavo real, introducir el alma en un helado de fresa, asesinar a un semejante por disciplina o placer, crear musica, morder las pantorrillas a una princesa, ponerse unas zapatillas y correr por el culo de saco de la historia, tomar vitaminas, contemplar el desfile de mutantes por la Quinta Avenida, inventar cada dia un nuevo deseo de vivir, olvidarse del cielo, investigar en cualquier clase de soledad.

– Podria ser fascinante. ?Debo pagar algo para viajar hasta ese reino?

– Solo hay que rellenar un breve formulario con tus aspiraciones. Cuanto mas inasequibles sean estas con mayor rapidez te daran el visado.

– Me llamo Cain.

– No bromees, muchacho -exclamo el soldado-. ?Eres Cain, el autentico?

– Asi es. ?Te parece extraordinario?

– Siempre es agradable tropezarse con un famoso. Si es verdad que eres Cain, entonces, amigo, Nueva York es tu sitio. En esa ciudad se venera muchos a los heroes.

– Soy flautista. ?Que clase de musica suena alli?

La musica que sonaba en Nueva York era la mia y salia de mi alma en el Club de Jazz, y mientras tocaba el saxofon me imaginaba caminando por las calles bajo la cascada de los neones, en medio de una corriente de hormigas inmortales. Los taxistas sacaban el brazo por la ventanilla y senalaban mi figura a sus clientes, la gente volvia la cara al cruzarse conmigo en la acera, los tipos mas humildes me abrazaban y me llamaban hermano. Recuerdo el dia en que llegue a este lugar. En el avion, la azafata me habia dado a masticar un chicle poco antes de tomar tierra en el aeropuerto Kennedy y dentro del rugido de los motores yo percibia el lejano aullido de aquel chacal que en las tinieblas de la noche, durante la infancia, con su garganta me auguro el futuro: alas te voy a dar, Cain, y con ellas el mar infinito y otros continentes podras sobrevolar sin fatiga. Al son de la flauta llevaras mi mensaje por todo el mundo. Muchachas de trenza dorada te cubriran de rosas en los banquetes y, aunque mueras, seras inmortal. El avion aterrizo y yo invadi el asfalto con una bolsa de cuero al hombro una tarde que llovia. Los colores licuados de las vallas me chorreaban por la frente y llevado a ciegas fui a caer en un hotel aciago en la esquina de la 42 con la Octava Avenida, junto a la estacion de autobuses. El primer otono neoyorkino vivi gracias a la dentadura de oro que arranque de la boca de mi padre difunto en el desierto. La malvendi a un negro jamaicano por 500 dolares y este la corrio por algunas tiendas de orfebres judios hasta que encontro a un joyero libanes que supo apreciar el trabajo e incluso descubrio que la montura era misteriosa y pago por las siete piezas dos mil pavos. A partir de ahi le perdi la pista a la protesis de Adan, pero el negro Louis me obsequio con un reloj y desde entonces se convirtio en mi muy amado amigo. Hoy, la dentadura se conserva en una urna del museo antropologico o se ha esfumado en infinitas transacciones y el negro Louis esta sepultado en el cementerio de Harlem a causa de una reyerta por vender falso alpiste para los canarios. De el herede un saxofon de quinta mano, un magnifico instrumento donde soplo gente muy distinguida que en su mayoria cayo derribada por la vida antes de triunfar en algo que no fuera el alcohol, aunque hubo un propietario de aquel saxo que llego a tocar con Benny Goodman. ?Por que acuden ahora estos despojos a mi memoria? Recien llegado al paraiso de Nueva York, yo no tenia mas que alargar el brazo en aquella esquina caliente y cualquier humedo placer se hallaba a mi disposicion. Al final del brazo siempre habia una cosecha de vulvas, falos, hierbas, suenos, navajas, y yo me movia con elegancia en medio de un maravilloso e inagotable estercolero. Las primeras alabanzas que recibi de aquella muchacha fueron debidas a mi forma de caminar. Yo andaba como una pantera ya que bajo mis pies se ondulaban tres mil anos de arena dorada. No resulta extrano que con esta clase de movimientos felinos me abriera camino facilmente en el nuevo eden. Una empresa de limpiezas me contrato en seguida para fregar retretes y urinarios publicos. Toda la filosofia que se la aprendi leyendo los pensamientos grabados con excrementos en las tapas de los lavabos y en las paredes de las letrinas. Entre el caudal de tanta sabiduria aun conservo en la mente un aforismo sagrado que estaba escrito a la altura de los ojos en el water de la Corte de Justicia.

Tu propio yo es tu Cain que asesina a Abel.

Si no has visto al diablo, mira a tu propio yo.

Solo el yo arde en el infierno.

La contrata de mi empresa incluia la labor de desinfectar los lavabos de todas las sedes de los tribunales de Manhattan. Despues de cada sentencia, los jueces solian evacuar el vientre. Fiscales y abogados hacian sus tratos echando naipes en las cabezas de los reos y luego bajaban a los retretes donde, por encima de las tazas, dialogaban amigablemente e incluso llegaban a ciertas conclusiones. Una vez al mes, yo era

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