pollo, pieles de platano y restos de tartas podridas conservaba un botin secreto de inusitado valor.

El parecia un pionero, algo asi como el fundador de aquella carnada donde en cierto modo habia jerarquias, y sin duda este hombre rata mandaba. O, en realidad, gobernaba el sueno perenne de sus camaradas. Mientras devorabamos los manjares del subterraneo vi que se acercaba una nueva formacion de cocodrilos por la cloaca maxima:

– Ya estan otra vez aqui- dije. -Dejalos en paz. Van dando vueltas al laberinto.

– Puede que sea el desfile mas estetico que he presenciado nunca. ?Como han llegado a nuestro nivel?

– Por la ley de la gravedad -contesto el hombre rata.

«Algunas damas de alcurnia traen pequenos recuerdos tropicales de sus vacaciones en Miami. Alli adquieren caimanes infantiles que amorosamente acunan en brazos y sacan a pasear al Central Park en cochecillos de bebe y luego dejan flotar en las baneras de sus mansiones o apartamentos de Manhattan, pero estos animales van creciendo y llega un dia en que las damas de alcurnia quedan horrorizadas ante su tamano, si no se han aburrido con anterioridad, y entonces los meten en la taza del retrete y tiran de la cadena. Desde lo alto de los rascacielos, los caimanes se van despenando por sucesivas tuberias y en su caida atraviesan despachos, oficinas, galerias de arte, casas de citas, comercios, salas de fiesta, almacenes, estaciones de suburbano, hasta caer en plancha sobre la ultima charca de la alcantarilla. Unos se despanzurran y otros se salvan. Favorecidos por el clima tropical que se desprende de los conductos de la calefaccion, algunos cocodrilos comienzan a medrar. La oscuridad les vuelve ciegos y blancos debido a la carencia de luz. Entre ellos se reproducen, cada dia son mas numerosos y no hacen sino dar vueltas al circuito de la cloaca de forma perenne, en silencio, divididos en manadas.

– Lo mismo sucede con nosotros -dijo el interlocutor en el fondo del pozo ciego-. Algunos hemos alcanzado este interior por propia voluntad y otros han sido arrojados a el como los caimanes. Nuestras colonias subterraneas se reproducen continuamente.

– ?Existen tambien mujeres rata?

– Si.

– Me gustaria conocer alguna.

– No serias capaz de distinguirla. Ni por la figura ni por la voz. Yo soy una de ellas. Tal vez.

– ?Es cierto eso?

– Si.

– ?Hay ninos rata?

– Tambien.

– En este caso, en el septimo sotano habra algun tipo de mando.

– No.

– Alguna clase de organizacion.

– La organizacion es el propio sueno. En cada colonia hay un encargado de vigilar que el sueno de los demas sea respetado. En esta encrucijada de la alcantarilla, yo gobierno el letargo de mis camaradas.

El hombre rata le formulo una pregunta sin sentido al perro, algo que yo no entendi, y luego lo acaricio especialmente. El perro aullo como un coyote y siguiendo un largo camino por la linea de la cloaca me llevo por un atajo del subterraneo hasta dejarme en la vertical de la calle 23 con la Octava Avenida. Alli habia una salida casi directa aunque todavia tuve que trepar por diversas escaleras de hierro oxidado, recorrer rampas, pasarelas y galerias, pero la luz, que ya venia directamente del exterior, me iluminaba cada vez con mas potencia el craneo que me chorreaba de humedad. El perro me saco a la superficie muy cerca del Hotel Chelsea y al llegar al vestibulo el se acomodo junto a la chimenea encendida, observo los cuadros de las paredes, el aguila de bronce de pico ladeado y alas de mariposa, las cabezas de mono con la boca abierta que servian de tiradores a una mesa, las patas de medusa de una escultura que habia bajo el espejo, la figura cubista de una mujer en un oleo. El perro miro todo eso y bostezo, y al instante se durmio. El conserje me dijo que el casillero lo tenia atiborrado de mensajes urgentes y que el telefono no habia cesado de sonar para mi. Helen habia llamado varias veces, pero en general el conserje no habia escuchado sino voces histericas de desconocidos solo interesados en darme parabienes y en ofrecerme negocios. En la habitacion encontre una cesta de flores que tenia prendida en un tallo de lirio una tarjeta con esta dedicatoria escrita a mano: Cain, deseo que un dia introduzcas en mi vientre el punal de un amor ardiendo. Estaba un poco aturdido y por la ventana caia el crepusculo un poco livido de otono. ?Que habia hecho yo durante algunas horas fugaces? Apenas recordaba nada. Eran imagenes difusas de aquella manana en que zarpe de Biblos a bordo de un trirreme arbolado con velas color azafran que pendian de palos y masteleros de madera de cedro. Llevaba aquella nave el vientre lleno de esclavos y la efigie del propio rey Shivoe, en el fil de roda, en la proa. Tumbado en la cama, tambien yo navegaba ahora esperando la hora de ir al Club, y por la frente pasaban rafagas o fragmentos de visiones. Una muchacha rubia que habia empanado con su aliento el cristal de una ventanilla del suburbano y habia dejado alli una cifra enigmatica. Un sacerdote irlandes, rechoncho y rubicundo, con gafas de oro, que nos habia metido al Dios unico y verdadero en la tripa, tanto al perro como a mi. ?Seria cierto que me habian regalado una perla negra en Tiffany's del tamano de un huevo de golondrina? Aquellos peludos y tatuados antebrazos de los polizontes que me querian abrazar en la comisaria se cruzaban con la sensacion de los hombres ratas cuyas corneas eran de gelatina fosforescente. Echado en la cama, comence a leer los telegramas que habia recibido en mi ausencia.

Cain, te adoro.

He presenciado tu paso por la ciudad y he visto que una estrella te brillaba en la frente.

Cain, tu no eres el guardian de tu hermano.

Genio del furor, en tus manos he depositado mi ira.

Corto y lleno de tedio es el tiempo de nuestra vida, llenalo tu de olvido, de amor y de venganza.

Habia un punado de cartas perfumadas con esencia femenina, unas me daban aliento y en otras se decia que esa noche se esperaba un gran acontecimiento en el Club de Jazz. En un papel que era de color rosa y venia con un aroma de violeta, alguien me habia mandado este pasaje del Genesis escrito con evidente letra de mujer: La voz de la sangre de tu hermano esta clamando a mi desde la tierra. Maldito seras tu ahora sobre este mundo, el cual ha abierto su boca y ha recibido de tu mano la sangre. Errante y fugitivo viviras sobre la tierra, pero cualquiera que danare a Cain recibira un dano siete veces mayor. Se esperaba un gran exito esa noche en el Club de Jazz y me puse a templar el saxofon con los ojos cerrados.

Lo recuerdo muy bien y no puede decirse que uno estuviera genial. Sucedio que el publico se me habia entregado de antemano y, ademas, el sonido del metal era tan calido, tan dulce. En efecto, anoche tuve un gran exito en el Club de Jazz. Estaban todos. Varias patrullas de la policia ocupaban las mesas al fondo del local en compania de sus novias o esposas, rubias oxigenadas. Helen y los compinches de la cafeteria habian logrado sentarse en la escalera que conduce al altillo y alli se arracimaban fanaticos colgados de las barandillas y el recinto, que habia tomado una tonalidad de quisquilla, una densidad de terciopelo, ya se habia empapado con el vaho de toda clase de licores. Tenia que ser una sesion especial. Salte al tabladillo e ice los brazos, con la dentadura abierta, bajo una granizada de aplausos y silbidos de beneplacito. A mi lado, Oscar Peterson se hacia al piano y tecleaba algunos compases, Herb Ellis afinaba la guitarra, Ray Brown abrazaba ya el contrabajo y Alvin Stoller se apalancaba la bateria en la cruz de los muslos. ?Quien era yo? Podia elegir entre Sonny Rollins y Coleman Hawkins. Tambien habia llegado una representacion de escombros humanos que se exhibe en la calle 42 con Times Square: negros puteados, navajeros y distribuidores de mandanga al por menor, proxenetas de cuatro sexos y no se si habia en las bancadas algunos jefes de sectas o pastores de distintas iglesias y tambien estaba el perro tumbado al pie de la tarima. El resto era gente anonima y frenetica que habia sido atraida por el reclamo de los pasquines, una avalancha que no amaba la musica sino los hechos insolitos y desesperados, por ejemplo, ver a Cain redimido por el saxofon. En medio de aquella expectacion, solo el perro mantenia la calma y se paseaba por el salon rebosante con los parpados caidos hasta que opto por enroscarse sobre la moqueta roja y simular que dormia. Realmente, el perro parecia dormir y por mi parte yo me habia preparado otra vez para sonar. Comence a tocar Tangerine, y en el laberinto de la

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