– ?Estabas seguro?

– Nos mirabas con demasiada ansiedad alli en el asfalto. Esperaba el momento de que te decidieras a elegir este camino. Es una via como otra hacia el paraiso.

– No se nada. Ignoro por que estoy aqui.

– ?Quieres echar un trago? Tambien tengo comida para el perro. Acercate a mi casita. Esta es mi jurisdiccion. ?Te gusta? Cuando uno somete el alma a esta profundidad se encuentra de todo. No te puedes imaginar lo que la gente echa por el lavabo. Las aguas de esta alcantarilla son como rios de aquel oeste donde germinaban pepitas de oro. Acercate, carino.

– Quisiera conocer el punto exacto de esta guarida. ?Donde me hallo en verdad?

– ?No lo sabes?

– No.

– Entonces te dire cual es tu verdadera situacion ahora, hermano. Te hallas a doscientos metros bajo el nivel del asfalto, en la vertical de Park Avenue. Encima de nuestro craneo esta el vestibulo del Waldorf Astoria. Esa cascada que se vierte en la cloaca es la recopilacion de las letrinas de ese afamado hotel y a menudo caen por ella cosas maravillosas: anillos de platino, broches de esmeraldas y preservativos de la mejor calidad.

– Apenas veo nada.

– No importa. Tampoco aqui hay demasiado que ver, aunque lentamente tus ojos se iran haciendo a las tinieblas y en ese momento puede que descubras algunos fantasmas interiores. Ven conmigo y baja la voz, ya que los companeros duermen.

– ?Como te llamas?

– No me acuerdo.

El hombre rata en compania del perro me tomo del brazo y me llevo con suavidad hacia su pequena reserva, situada en un cruce de tuberias que formaba una alta parrilla, la cual servia de asiento a un colchon de muelles atado con cuerdas como una hamaca. Por debajo discurria el ultimo fluido del pozo negro y este exhalaba una especie de humedad oxidada que olia a pina podrida. Por lo demas, en todo el tunel reinaba un clima tropical gracias a los conductos de la calefaccion. Siempre me habia subyugado la terrible figura de estos seres cuando los veia de madrugada hozar en los basureros; algo me daba a entender que la sabiduria estaba de su parte, y puesto que ahora tenia frente a mi a uno de ellos le insinue si le podia hacer algunas preguntas, y el me invito a un trago. Me alargo una botella llena de un brebaje de fuego; guardo silencio y sonrio con ojos de gelatina. Luego, con voz gangosa y lastrada por el alcohol, me dijo que no sabia nada, que el solo entendia de la felicidad. El hombre rata, tumbado en el jergon, dejo caer el brazo para acariciar al perro.

– Dime lo que quieras. Cualquier cosa -le suplique.

– Tu nombre es Cain. ?No es eso?

– Si.

– Y vienes huyendo del desierto. Vienes huyendo detras de un sueno. ?Que edad tienes?

– No lo se. Creo que tengo 40 anos, aunque a veces pienso que he vivido siempre.

– Eso es lo que ha sucedido. Y en un punto del espacio, en un instante exacto del tiempo, aun esta el cuerpo joven que tu has abandonado. Rodeado de placeres, de musica y de muchachas doradas en algun lugar de la tierra vives todavia el mejor momento de tu carne, pero lo has olvidado. En eso consiste la felicidad: en un perfume evaporado, en la sensacion de una belleza que esta en la memoria y uno ya no recuerda.

Cada minuto, el infimo sotano de la ciudad trepidaba al paso de los convoyes del suburbano por encima de nuestras cabezas y un ruido sordo, que crecia hasta cubrir las palabras, cruzaba y se perdia, y engarzados en las tuberias los hombres rata se estremecian. Tal vez este ser de ceniza aludia al paraiso o a la soledad. ?Donde estaria yo ahora, habitando en el grado mas alto de esplendor? Alli donde el olvido fuera absoluto o la memoria no pudiera nunca penetrar. Sin embargo, yo recordaba todos los trances primordiales de mi vida, la vision de la arena calcinada, los crepusculos rojos en el desierto, la crueldad del sol en la nuca confundido con el sentido de la culpa, la sed junto al sonido de las oraciones de mi padre, las escaramuzas con las viboras en la infancia, el sabor a leche de pitera y a carne de lagarto de los polvorientos pechos de Eva, los sacrificios en el altar. Alli no estaba el eden.

– Echa otro trago -murmuro el hombre rata.

– Contigo estoy bien. Parece que voy a alcanzar una cumbre.

– Estas en lo mas profundo de la ciudad.

– Comienzo a distinguir con claridad el perfil de las cosas. Veo tu rostro nitidamente. Despues de todo, este es un lugar moderno.

– Aqui tengo algunas viandas. Abre ese zurron. Encontraras cuellos de pollo, residuos de yogures e incluso restos vivos de tartas y crocantis.

Quise compartir los alimentos con aquel hombre rata que yo sentia como hermano y el perro tambien se sumo al festin. Los tres degustabamos aquellos alimentos rescatados de los cubos de la basura, y permaneci callado, pero, en el silencio, un aroma lejano, de repente, me penetro el seso. Era el olor caliente a sesamo, anis, estiercol de camello y brea de barco que me recibio en Biblos al final de la travesia de la Media Luna Fertil con la caravana del principe Elfi. ?Aquel perfume me transportaba a un espacio de felicidad? Yo podia enumerar las sensaciones que tuve entonces. El temblor por el cuerpo de Abel, el placer de la musica, el ejercicio de pulso al grabar los punales. Recordaba el dia en que fui sacado de las caderas de Eva y me arrebato la pasion del viaje ante la sugestion de tierras ignoradas y feraces que el principe me prometia. Y luego estaban aquellas batallas y juegos con Dios, en la adolescencia, cuando acudia desde las esferas al senuelo del espantapajaros que fabrique a su imagen y semejanza. Todo ese mundo fenecido nacia del aroma de sol y anis tostado. En cambio, la guarida del hombre rata hedia a herrumbre humeda y a licor de pozo negro traspasado por la dulzura del detritus. ?En que parte de la memoria perdida anidaba la felicidad? Toda mi vida habia consistido en una huida en busca del placer y, de pronto, en el septimo sotano de la ciudad, frente a un hombre rata que compartia conmigo un cuello de pollo a oscuras, tuve la evidencia de que el era un nuevo mistico que habia elegido la profundidad de la cumbre y que guiado por el perro ya habia llegado a una region donde la memoria de aquel paraiso perdido podia ser recuperada. En ese momento, por la cloaca maxima, casi a nuestra altura, navegaba una formacion de cocodrilos blancos. Iban con la cabeza fuera y sus ojos dormidos parecian huevos de avestruz. Su paso era sumamente lechoso y no dejaba de poseer cierta elegancia. ?Donde se hallaba aquel punto muerto de mi existencia en el cual yo habia sido feliz sin saberlo? Durante nuestro banquete sonaron en la gran alcantarilla de Manhattan algunas descargas poderosas en un canalon que desaguaba cerca de nosotros. Segun el hombre rata, ese era el sumidero privado del Waldorf Asteria y habia que estar atentos puesto que los mas increibles tesoros podian aparecer unidos a los excrementos reales. De hecho, toda la colonia de hombres ratas se habia instalado alli por eso, y cuando las sucesivas trombas de aquella le trina exclusiva retumbaban en el espacio ellos erguian el tronco y fijaban los ojos de gelatina en la cascada, y brevemente la analizaban para ver si caia algun objeto luminoso. La maxima cosecha solia ser de preservativos, pero en dias senalados la turbulencia del sumidero podia arrastrar diversas piedras preciosas que las altas damas arrojaban con displicencia en los retretes de las regias habitaciones o anillos que se habian escurrido por los lavabos. La suprema dignidad del hombre rata consistia en descubrirlos y dejarlos ir a su suerte sin que el corazon se interpusiera, aunque este ejercicio de ascetica solo estaba al alcance de aquellos que ya habian conquistado el ultimo grado de perfeccion. En esta colonia habia exploradores de los intestinos de la ciudad, buscadores de oro a la antigua usanza, anacoretas degustadores de nuevas percepciones del espiritu, piratas de asfalto que habian perdido toda esperanza, delincuentes cuyo rastro de sangre habia desaparecido en la superficie, asesinos de renombre y otros desechos olvidados por el amor. Entre ellos habia algunos que guardaban en bolsas de esparto un autentico tesoro. Rubies, zafiros, esmeraldas, brillantes, opalos, aguamarinas, topacios engastados en delicadas orfebrerias de platino habian sido rescatados de las heces por el residuo de codicia que aun alentaba en ciertos habitantes de la alcantarilla. Mas de un hombre rata hubiera podido montar una joyeria en Madison y, no obstante, permanecia sumergido por el placer de olvidar. Mi interlocutor era uno de ellos. Junto a los cuellos de

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