foto exhibida, y atravesamos algunos pasillos por donde discurrian agentes, inspectores, comisarios, delincuentes y gente lesionada por la existencia y todo el mundo tenia una palabra de respeto o un gesto de reverencia tanto para el perro como para mi. ?Tambien en el deposito de cadaveres seriamos con esta suavidad agasajados? ?O en el infierno? ?O en el seno de Abraham? En la comisaria, varios policias me pidieron un autografo y yo trate de complacer a los admiradores con frases de aliento y dedicatorias fraternales. Al jefe de la Brigada Criminal del 2° Distrito, James L. McCloud, amante de la punteria, que tantas balas ha alojado en el corazon de los descarriados. Con afecto, Cain, el afilador. El jefe de la Brigada Criminal del 2° Distrito era un pelirrojo grandullon ametrallado de pecas sonrosadas. Despues de leer despacio el autografo que le raye en su libreta intima, primero miro al perro que estaba sentado entre los dos y en seguida puso sobre mi unos ojos ingenuos que despedian gozo no disimulado y me dijo:

– Gracias. De modo que es usted el famoso Cain.

– Asi es.

– Encantado de conocerlo.

– Lo mismo digo, McCloud.

– Hay aqui algunos amigos que se matarian por estrecharle la mano. ?Me permite avisarles que esta usted aqui?

– Hagalo.

– El nombre de Cain ha sido muy pronunciado estos dias. Casi parece un homenaje. Quisiera preguntarle algo. ?Se siente usted seguro en nuestra ciudad?

Le conteste que si. Realmente no me podia quejar. Desde que se anuncio por radio el asesinato de Abel yo no habia tenido sino pruebas de admiracion. El respeto me habia rodeado. Los coleccionistas de vitaminas me habian observado con emocion, los hombres ratas me habian sonreido y en la tienda de licores del barrio yo era un heroe. Todo el mundo me cedia su puesto en la cola y los desconocidos, ya fueran sacerdotes, abogados, policias o delincuentes, me pedian autografos y se comportaban conmigo como se hace con los grandes artistas.

– Habra observado que Nueva York es una ciudad amable e intima -dijo el jefe de la Brigada Criminal-. Yo tambien admiro el trabajo bien hecho. ?A que se dedica usted ademas?

– Toco el saxofon en un club de jazz.

– ?Le gusta Coleman Hawkins?

– Nadie es tan grande como el.

– Eso mismo creo yo. ?Eh, Joe! Mira quien esta aqui. Es Cain. Avisa a los muchachos.

– Oiga, McCloud, ?me permite una pregunta?

– Hagala.

– Quisiera saber que clase de perro es este.

– ?Se refiere usted a la raza?

– No.

– Es un perro vulgar. Un chucho callejero. Pero le aseguro que esta usted en las mejores manos. Este animal es practicamente una obra maestra -dijo el policia.

En tromba salieron de los despachos muchos inspectores para saludarme y todos alargaban hacia mi sus peludos y tatuados antebrazos con una sonrisa e incluso con una carcajada de placer. Al oir mi nombre a su espalda, otros guardias que iban por pasillos y dependencias con pistolas y carpetas dieron media vuelta a los zapatos y vinieron a rodearme llenos de celo profesional. Todos me palmeaban el cuerpo y pugnaban entre ellos por palparme mas aun. ?Acaso era yo papa Noel y lo ignoraba? No podia estrechar tantas manos como se me ofrecian ni responder a los suaves pescozones de carino ni agradecer aquellas frases de aliento. Desde las ultimas filas de la pequena multitud que se habia adensado a mi alrededor algunos policias me gritaban: Cain, haz algo por nuestras vidas, acuerdate de nosotros cuando estes en tu reino. Al escuchar este fervor, yo pensaba si no me habria convertido en el santo patron de toda la pasma sin darme cuenta. Otros agentes se decian para si: eh, chicos, ?sabiais que Cain es igualmente un virtuoso del saxofon? Hay que ir a oirle esta noche. Toca en el Club de Jazz, en Soho. El perro solo agitaba el trasero y asumia las caricias, pero daba ya senales de querer partir. Solo habia sido una visita de cumplimiento y asi, de pronto, el animal impuso su voluntad. Echo al aire un par de ladridos y el corro de guardias se dividio en dos y todo el mundo guardo silencio. Siguiendo el rabo del perro abandone la comisaria del distrito bajo los aplausos de los servidores del orden, y una vez en la calle ambos caminamos junto a la hilera de furgones aparcados con la linterna de cobalto apagada y en cuyo interior habia mas polizontes con el casco de faena calado listos para intervenir en cualquier fregado donde quiera que fuese. Ellos abrieron la dentadura amarilla y balancearon sus guarnecidos brazos de karatecas a traves de las enrejadas ventanillas en senal de despedida. Tanta amabilidad por su parte me dejo el corazon agradecido aunque en los ojos del chucho se notaba cierta ironia o desprecio hacia esta gente. En la primera esquina habia una pareja que hacia breakdance y este era un ejercicio de expresion corporal que por lo visto al perro le gustaba mucho. Los peatones se detenian con el maletin en la mano, miraban con la boca abierta los quiebros de aquel par de negritos, luego echaban unas monedas y se largaban. En cambio, mi companero estuvo parado ante los bailarines media hora y parecia absorto. No le distraia la musica de una orquestina de metal que sonaba un poco mas alla. En ella, unos muchachos rubios soplaban trombones y cuernos de caza para amenizar la comida de oficinistas desparramados con sus bocadillos por los jardines de marmol, al pie de un rascacielos. Habia dejado de llover y la cuspide de los edificios la coronaba un sol tenue que dejaba caer una luz matizada de otono en el asfalto. Habia bajado la temperatura y del belfo de cada ciudadano salia una nubecula condensada de vapor. Me hubiera gustado ir a la cafeteria donde trabaja Helen. Ese fue el proposito al salir del hotel. Alli me esperaban algunos amigos para celebrar mi puesta de largo como presunto asesino, pero de forma inesperada el perro me invito a descender a la alcantarilla despues de haber contemplado la danza callejera. Por veinte peldanos de una carbonera abierta en la acera baje con mi protector a un deposito de cajas de cocacola, y a un lado habia una puerta abierta que daba a un espacio en penumbra de paredes de hormigon sucio y de alli partian escaleras verticales de hierro oxidado y rampas sucesivas hacia la profundidad de un corredor que a su vez iba a parar a una cloaca. En el techo del tunel iluminado por lejanas claraboyas se veian enormes tubos de cemento y de acero roidos por la humedad, y cada minuto aquel escenario trepidaba violentamente al paso de un convoy del suburbano que ya discurria sobre mi cabeza. Diversos canalones vertian agua podrida en el cauce principal y los conductos de la calefaccion dejaban escapar humo dulzon por las juntas. El perro me guio por una pasarela metalica hacia una region aun mas hermetica y lentamente mis ojos se iban haciendo a la oscuridad a medida que el sotano de la ciudad se acercaba al infierno. La cloaca maxima fluia por un estrato inferior pero yo vislumbraba desde arriba una extension de sombras casi humanas engarzadas en algunas tuberias. Sus nidos estaban situados en la capa mas profunda de la alcantarilla. Eran hombres rata. Habia varias docenas en esa encrucijada. Dormian sobre jergones con los parpados abiertos y tenian las corneas de gelatina, que reflejaban una luz magnetica. Brillaban sus miradas como luciernagas en la noche y el perro, por un balconcillo corrido que flanqueaba la ultima bajada, se dirigio a la plataforma donde ellos reposaban abrazados a unas botellas llenas ya de telaranas. La cloaca maxima pasaba por alli mismo y sus lentas aguas arrastraban a varios cocodrilos blancos invidentes que iban con media cabeza fuera del detritus. Este vivero de caimanes era celebre arriba, en Nueva York. En distintas tertulias esotericas habia oido hablar de una colonia de reptiles anfibios de seis metros de longitud que crecia en los intestinos de la ciudad. Ahora, la vision se hacia presente. Los enormes cocodrilos blancos e invidentes navegaban con toda majestad por delante del perro y de mi. Aquel litoral estaba poblado de hombres rata y la unica musica en las tinieblas eran las cascadas de los desagues. El perro ladro y el poderoso sonido de su garganta resono en la boveda infima de Manhattan. Parte de la carnada de hombres rata movio la cabeza, pero los caimanes siguieron su curso sin agitar sus petrificados parpados.

Entonces, en medio de la oscuridad alguien me toco con la mano en la espalda y di un salto, y con acelerados latidos en el corazon me volvi. Un ser de rostro color tierra, de ropa color tierra, de pelo color tierra o tal vez cubierto de ceniza y con dos brasas fosforescentes bajo las cejas me sonrio con una inocencia preternatural. A pesar de que todos los hombres rata se parecen a este, lo reconoci al instante. Le habia visto en la calle 23, muy cerca del Hotel Chelsea, mientras hozaba en las bolsas de basura a altas horas de la madrugada. Tambien el sabia quien era yo, y en esta ocasion por primera vez me hablo con una voz gangosa, imperfectamente articulada.

– Estaba seguro, hermano -exclamo.

Вы читаете Balada De Cain
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

1

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату