oblicua del otono y en mi cerebro resonaban todavia los panderos de los encantadores de serpientes -oh lejana adolescencia, memoria anfibia de la carne- cuando en ese momento por Park Avenue cruzo un furgon gris que se abria paso con una sirena que simulaba el canto de un buho. El vehiculo freno un centenar de metros delante de mi, donde en la acera habia el cadaver de un ser muy personal aunque sin una sena de identidad humana. Era un hombre rata que habia salido a morir a la luz. Ningun transeunte se detuvo a contemplar la operacion. Del furgon saltaron dos enfermeros con una bata blanca ante la mirada fria de un polizonte y aplicaron unas gomas en el corazon del caido. Por lo visto no oyeron nada y ambos sujetos se hicieron una contrasena de finiquito; a continuacion, sin palabras y con un tedioso movimiento de brazos, balancearon el cadaver y lo arrojaron de un golpe dentro de aquel furgon, que parecia de mudanzas. Andaba ya muy cargado a esa hora del dia. El conductor silbaba.
Las puertas abiertas dejaban ver una escombrera de cuerpos. Habia uno vestido de esmoquin. A otros la muerte les habia sorprendido riendo.
Lleno de fiambres, se alejo el furgon cantando como un buho para recoger nuevas mercancias en otros puntos de Manhattan y yo me quede en la acera con la cabeza todavia penetrada por el olor a estiercol de camello, a sesamo caliente y a brea de barco que rezumaba en el puerto de Biblos. A Abel, por entonces, habia comenzado a colmarle de favores el regente de unos banos cuyo establecimiento tenia fastuosos marmoles y aguas sulfurosas con grandes propiedades para la salud del cuerpo y recreo del alma. Aquel balneario se hallaba amparado por una diosa de la fertilidad, llamada Artinaek, la cual exhibia en un pedestal varios sexos masculinos y femeninos bajo su hinchado vientre de barro, y mi hermano era el encargado de renovar el incienso que de forma perenne ardia a sus pies. Gente muy principal visitaba semejantes termas, y a unos les atraia el extremado lujo que alli habia y a otros los acarreaba la artritis o el nefasto mal de rinon o de prostata. Cada noche se celebraban en aquellos salones algunas fiestas sonadas donde reinaba el vino de Chipre perfumado con resina y dentro de una atmosfera de prodigiosos asados danzaban bailarinas de ebano cuya mirada era de gato. Un reyezuelo extranjero, rechoncho y de apretadas carnes, instalado en aquel lugar por amor de las benevolentes aguas, se rindio a las gracias de mi hermano Abel de tal modo que quiso adquirirlo a cualquier precio para que entrara a su servicio. Trataba de convertirlo en un objeto de arte digno de ser acariciado solo por el. Ancho de vestiduras bordadas con hilos de oro, avanzaba por las galerias lentamente con curvadas pantuflas donde brillaban esmeraldas, y una vez echado en los almohadones de terciopelo que habia en la sala de musica hacia llamar a mi hermano. Este acudia sonriendo y se recostaba a su lado como un dulce perro, y entonces el reyezuelo le miraba con relampagos de pasion en los ojos y le posaba sobre el hombro desnudo sus dedos gordezuelos y anillados cuyas unas eran de nacar.
– ?Cuantos anos tienes, tarrito de miel?
– Doce, senor. Creo que tengo doce anos.
– Un talisman.
– Deja que lo vea. Es muy extrano. ?Que significa? ?Tiene algun poder?
– No lo se. Me lo regalo Cain.
– ?Cain?
– Mi hermano.
– ?Se llama Cain tu hermano? ?Es tan hermoso como tu y tan suave?
– El me regalo el talisman hecho con una quijada de asno cuando viviamos en el desierto. Me lo ofrecio como un simbolo de amor y de muerte. Es un falo.
– Ya lo veo.
– Esta grabado. Lea lo que pone alrededor del hueso.
– Te amo. He aqui mi fortaleza. ?Dice eso la inscripcion?
– Pone exactamente: te amo, he aqui mi fortaleza, huerto cerrado. Cain.
– Es un bello adagio. ?Cual es el oficio de tu hermano?
– Al atardecer toca la flauta en una mancebia. Durante el dia graba punales. Yo doy masaje y bailo. Tambien pongo incienso a los pies de la diosa Artinaek.
Acariciandole el pecho y los brazos desnudos, aquel reyezuelo envenenaba el oido de Abel con palabras hermosas, con perfumes y promesas de viajes hacia regiones aun mas placenteras, con visiones de ricos palacios que estaban lejos. Nunca he tenido el cerebro tan caliente. El sol de Biblos me daba de lleno en el craneo y por dentro me hervian esperanzas de placer, suenos de gloria. Cada noche escuchaba historias de navegantes en el prostibulo y Abel, a su vez, me desafiaba con los relatos que oia en las termas contados en boca de reyes extranjeros. Ambos nos excitabamos la imaginacion, y mientras yo tania la flauta y el danzaba los clientes nos echaban rosas, pero nuestro corazon ya se encontraba al otro lado del mar. Yo ardia de amor por aquel cuerpo.
– Un rey me quiere llevar a su pais -decia Abel.
– Ire contigo.
– Ha jurado que alli podre triunfar.
– ?Como se llama?
– El rey se llama Shivoe y el pais esta a diez dias de navegacion.
– Oh, quien me diera, hermano mio, que tu fueses aun como aquel nino que mamaba en los pechos de mi madre para poder besarte.
– Cain.
Esa misma noche, el monarca gordito y enamorado vino al prostibulo a contemplar la danza de Abel. Llego rodeado de una cohorte de gorilas y la sibila le dio aposento en primera fila, entre rameras y eunucos, dentro de la espesa humedad del alcohol y de la humareda de hierbas que quemaba la duena. Habia una multitud de marineros, tratantes, camelleros del desierto y ricos comerciantes de la ciudad. Lo recuerdo bien. Yo tocaba la flauta y Abel bailaba, y al reyezuelo Shivoe se le descolgaba la mandibula de felicidad. En un instante incierto, uno de aquellos gorilas de la escolta real cruzo su mirada con la mia y senti que la rabadilla se me estremecia. Sabia que el rostro de ese ser primitivo, cubierto de pelo, de terribles zarpas que le llegaban casi hasta la tibia, se habia encontrado conmigo en alguna parte. Todos los grandes simios se parecen, pero aquel gorila descomunal tenia en los ojos la inocencia de un arcangel. No se exactamente que paso. Un borracho, abrazado a una prostituta en el rellano de la escalera, enarbolaba una frasca de vino y comenzo a gritar:
– ?Hijos de perra, un dia vereis el cielo abierto! ?Se apartaran las nubes y yo bajare con gran majestad sobre vuestras cabezas de chorlito!
– ?Quien es ese ambicioso? -pregunto alguien.
– ?Soy hijo de sabios, hijo de reyes antiguos! ?Dios ha derramado en mi corazon el espiritu del vertigo! ?Temblad, idiotas!
No era mas que un simple marinero ebrio, tal vez impotente en el lecho, que de repente abandono la elocuencia de los profetas y lanzo el cantaro de vino contra el bellisimo cuerpo danzante de Abel, el cual se desplomo fulminado, sin sentido. Al instante, siete gorilas entraron en accion y todo el garito quedo patas arriba en un momento. El tumulto fue rapido, de una intensidad de golpes fuera de lo comun, pero solo hubo un muerto. El marinero celeste aparecio tumbado boca abajo al final de la batalla y en la espalda llevaba clavado un punal con mi marca de fabrica. El propietario de aquel acero formidable era el enigmatico gorila que habia pasado toda la noche escrutandome con ojos de arcangel. Ahora pertenecia a la guardia de aquel monarca gordito que tenia trazas de magnate maritimo, si bien el silencioso orangutan me hacia recordar el desierto. ?Donde lo habia sorprendido yo antes? ?A que otro importante senor habia servido? Vi que ese arcangel arrancaba el punal de la carne del cadaver y limpiaba la sangre en las propias cachas hasta dejar la hoja brillando. Luego mando el reyezuelo recoger del suelo con sumo cuidado el cuerpo herido de Abel, que gemia debilmente, y el propio arcangel de la navaja fue el encargado de llevarlo a cuestas hasta el aposento real de las termas, donde lo sanaron con unguentos. Tambien yo acompane al sequito por las oscuras callejuelas de Biblos y andaba muy cerca del gorila camillero cuando oi pronunciar su nombre. Se llamaba Gabriel. Aunque otros se referian a el como Varuk. Ninguna de estas palabras me recordaba nada. El monarca gordito, de amplias vestiduras bordadas, iba acongojado acariciando los miembros de mi hermano y vigilaba la brecha que ya no le sangraba en la frente. La sombras de la escolta se reflejaban contra las paredes bajo la luna menguante y durante el trayecto por los empedrados vericuetos de la ciudad hubo un momento en que el rey y su gorila
