– Aquel cero ciertamente era una puerta secreta.
– Besame, Cain. Quiero que me beses.
– ?De veras?
Era otro paraiso el que ahora se abatia con dulzura sobre mi en el interior de un largo silencio. Helen me cabalgo solo con una pierna llena de lumbre y apoyada con el antebrazo en la almohada habia dominado mi rostro con una mirada sonriente y libidinosa. En seguida comenzo a explorar con mano caliente mi cuerpo, y la acompano con leves chasquidos de labios que sonaban en la madrugada.
– ?Encontraste lo que buscabas?
– Si.
– ?Lograste entrar en el eden?
– Es el episodio mas turbio de mi memoria. Lo recuerdo todo confusamente.
– Acariciame las tetas.
– ?Asi?
– Oh, como me gusta. ?Habia luna?
– ?Que?
– ?Habia luna llena aquella noche en el desierto cuando estabas al pie de la muralla?
– Abrete un poco mas, Helen. Al caer la oscuridad, la luna tal vez habia amasado las dunas con una pasta de leche.
– Me estas haciendo muy feliz. Damelo todo.
– ?Me quieres?
– Entra, por favor.
Al atardecer, el campamento se hallaba levantado junto a la pared del eden y las jaimas, al resplandor de las hogueras, exhibian sus colores vivos y agitaban los vientos, y mientras se sacrificaban algunos corderos lechales, las bailarinas sudanesas danzaban, y en otros corros los camelleros, dragomanes y el resto del sequito, con las corneas brillantes, narraban fabulas de angeles cautivos, de reyes enamorados, de navegaciones azarosas, de tesoros escondidos, de las propiedades del ambar gris, pero nadie hablaba del paraiso deshabitado. Yo estaba junto al principe negro, el cual me honraba con su deferencia y lo mismo a mi hermano Abel. El cordero asado elevaba un perfume de soberania y yo le ponderaba a su alteza el lugar tan sagrado que envolvia aquella muralla.
– No es mas que una vulgar corraliza -me dijo.
– ?Has penetrado en ella alguna vez? -le pregunte.
– Nunca.
– ?Por que?
– Da mala suerte. Corren historias. Todos dicen que ahi dentro no hay nada. Al parecer, en otro tiempo eso fue un simple criadero de monos y la mayoria de ellos eran felices, pero algo extrano ocurrio.
– ?Que significado tienen estos simbolos grabados en el muro?
– Nadie ha sabido nunca interpretarlos. El jeroglifico cuenta un relato que de pronto se interrumpe.
Lentamente, las platicas se volvieron bostezos, el campamento fue quedando dormido y el silencio, al final, se apodero de todo. Habia luna llena. El perfil de las dunas y la comba de la muralla tintineaban una ligera vibracion bajo una luz de leche que proyectaba sombras palidas. Quise armarme con mi punal preferido, aquel que mi padre me regalo cuando llegue al libre albedrio, y hacia la medianoche con gran sigilo sali de la jaima saltando el cuerpo de Abel y de otros camelleros sumidos en un profundo sueno. En ese momento, yo era un adolescente investigador. Mi pasion nocturna consistia en alcanzar la cima de la tapia y luego caer dentro del paraiso. Con ambas zarpas me agarre bien a las grietas de los sillares y pude escalar algun tramo sirviendome tambien de los huecos que la eternidad habia roido en la piedra. Lo intente varias veces, con un esfuerzo mayor, sin resultado. Supe que mi empeno iba a ser imposible. El cilindro que coronaba el paredon era superior al arco de mis brazos. Me hacia perder el equilibrio hasta dejarme de nuevo al pie de la muralla caido de espaldas. Pense entonces si aquellos signos e inscripciones que llenaban el muro no expresarian los deseos, las blasfemias, las plegarias de cuantos un dia trataron como yo de saltar la barrera de la felicidad y no lo lograron. El coyote y la mona permanecian impasibles haciendo guardia al cero grabado en sangre. Estaban paralizados frente a el, como hipnotizados por el fulgor de ese simbolo que brillaba en las tinieblas. Me acerque.
– Entra, Cain, entra en mi cuerpo -exclamo Helen abierta con la garganta quemada por el amor-. Si supieras cuanto he deseado que llegara este momento.
– Te amo, mi negrita.
– Asi. Mas.
– Te amo.
Comence a cabalgar a mi chica y los cartilagos de ambos crujian, los latidos de ambos se fundian y producian chasquidos de carne, y llego el instante en que mi cerebelo escupio la tapa, que fue a dar contra la luna del armario, y alli mil cristales hechos pedazos reprodujeron mil imagenes de mi deseo. Una de aquellas imagenes era esta. En la oscuridad, yo acariciaba el circulo magico inscrito en la tapia del paraiso, aquel cero de sangre, como se acaricia el sexo de una novia o la clave secreta de una caja fuerte. De repente, el sillar se movio. Lo empuje suavemente y cedio dejando un vacio en forma de circunferencia por donde yo podia deslizar el cuerpo. Seguido por el coyote y por la mona entre asi en el eden armado con el punal y era la medianoche justa y la luna llena iluminaba volumenes inconcretos, siluetas que tal vez eran cerebrales y algunos dibujos de sombras. Se oia una profunda vibracion de silencio. Al penetrar en el paraiso tuve la leve sensacion de que la naturaleza me sustituia. Ella lo hacia todo en mi lugar, pero la naturaleza no era sino la forma. Nada tenia que ver con el pensamiento ni con la sustancia de la cosas apenas visibles a la luz de la luna. Solo me brillaba el punal en la mano. El resto consistia en infinitas ondulaciones de arena lechosa por donde yo era conducido segun el itinerario que la mona y el coyote trazaban en aquella exploracion. Iban unos pasos delante de mi. El coyote tenia las orejas cercenadas, el hocico agudo y los ojos de fuego. En cambio, la mona, que estaba en el tercer dia de celo, exhibia su sexo amplio y floreciente. Habia en su belfo acuoso una amalgama de encias. Jugando a sacar faciles efectos simbolicos acerca de aquellos dos animales que me guiaban en el paraiso, yo sabia que el coyote era la inteligencia y la mona representaba el instinto, aunque sin duda esto no queria decir nada. Yo solo buscaba algo que justificara el placer de tantos recuerdos, el prestigio de todos los sentidos. Detras del coyote y de la mona comence a caminar bajo la luna llena por el interior de aquella corraliza. Arriba, en el cielo, solo se veia la Casiopea tenuemente y, abajo, en la tierra, mis pies se hundian en las dunas de modo progresivo. No habia nada. Sin embargo, el balsamo mas suave me estaba inundando ya. No habia nada, pero no esperaba nada. ?Donde hallaria aquella ciudad sumergida en un lago resplandeciente? ?Por que no se escuchaba ninguna musica ni olian las flores visionarias? Mientras los pies se me hundian cada vez mas en la arena yo recordaba viejas historias del pasado e inesperadamente un perfume de sandia se apodero de mi nariz. Y tambien de pimiento asado.
– ?No hables asi! -exclamo Helen, relajada, fumando un cigarrillo despues del amor-. El paraiso no puede oler nunca a sandia ni a pimiento. No seas bastardo. Recuerda que eres el rey del saxofon.
– Querida Helen, te juro que el eden olia a eso aquella vez. No era una noche de verano en la infancia. No habia luciernagas en el jardin ni los idolos estaban derribados entre hierbas de anis.
– ?Quieres que te ayude a recordar?
– ?Como?
– Pon tu mano sobre mi sexo.
– ?Otra vez?
– Si.
– Ayer mate a mi hermano. ?O fue tal vez anteayer? Llevo un par de dias muy intensos. No me obligues a amarte mas.
– Sube, Cain. Yo te llevare al centro del paraiso.
– ?Dios mio!
