ocurrir en el metro de Nueva York, si bien se trataba de la ficcion de una historia sagrada. Algunos negros en los tuneles vendian papelinas de jaco, rayas de coca, chocolate y esos turrones que hacen estallar el cerebro. Por alli campaban algunos patriarcas o figuras del Antiguo Testamento, figuras biblicas desnudas. El director reclamo silencio. Luego dijo: motor. Finalmente grito: accion. El protagonista era Abel. Entro en campo rodeado de ovejas mecanicas que se pusieron en circulo, dentro del cual comenzo el actor a bailar una danza quebrada de cariz moderno. Iba con una solitaria piel de raposa que le servia de taparrabos. En medio del acto llego un tren a la estacion y al abrirse las puertas automaticas cayo sobre el anden una avalancha de morralla. Hubo que repetir la escena varias veces. Corten. Corten. Siempre habia que comenzar de nuevo, pero, segun los testigos, en esta ocasion todo salia rodado. Abel bailaba, las ovejas le miraban y un convoy con ojos de buho aparecio en la oscuridad del subterraneo. Se detuvo delante de la escena, se abrieron los vagones y de uno de ellos emergio un sujeto con calma estudiada, se acerco al bailarin con un punal grabado, se abatio sobre el y le incrusto el acero dorado en el corazon. El nombre de Cain tambien se descubrio durante la autopsia inscrito en el ventriculo izquierdo. El asesino desaparecio en el mismo tren que lo trajo al rodaje y todo sucedio como en la ficcion de cine, aunque tirado en el anden ahora habia un cadaver real y muchos ciudadanos, incluidos los companeros de reparto, oyeron que antes de expirar la victima habia pronunciado unas palabras misteriosas referidas a su hermano.

– Ha dicho algo acerca de una vasija de Qumran.

– He oido que aludia al Mar Muerto.

– No ha hablado.

– Ha pronunciado el nombre de su hermano.

– ?Cain?

– Asi es.

Cuando llego la policia, el cuerpo de Abel aun palpitaba y en un punto todos los testigos coincidian. El asesino era un sujeto de ojos verdes y rasgos arabes, de un metro ochenta de altura aproximadamente, con perilla de Ali Baba, pelo rizado y con un cero rojo marcado en la frente. Entre todas las versiones esta parecia la mas acreditada.

Los periodicos de habla hispana daban una explicacion mas familiar del caso. Uno de ellos titulaba asi la noticia: Carniceria en el Este del Eden. El escueto telegrama de agencia decia que una prostituta llamada Eva contemplo en la puerta del cabaret donde trabajaba como su hijo Abel era asesinado por su hermano, de profesion saxofonista. Otro diario referia la reyerta a una cuestion de herencia: una bolsa de cuero llena de esmeraldas, rubies y diamantes ensangrentados, que formaban un tesoro biblico, habia desencadenado el crimen.

Yo leia todo esto en la cafeteria donde trabajaba de camarera mi amiga Helen y mientras la culpabilidad me inundaba como un dulce veneno tomaba un vaso de leche con unas tartitas de crema y sirope. Tal vez el pecado olia a margarina caliente. Pense en ir a una tienda a comprar un esparadrapo para cubrirme esta marca que llevo entre las cejas. Pero la negrita Helen se acerco a mi mesa y abrio la boca mas que de costumbre. Venia orgullosa. Me dio con el codo.

– Esta manana algunos clientes han hablado de ti.

– ?Que decian?

– No se. Te admiraban por algo.

– Eres un encanto.

– Llevame esta noche al club. Te amo.

– Esos clientes decian que has matado a alguien.

– ?Eran policias?

– Parecia gente de teatro. Creo que llegaras muy lejos.

– Adoro tu culo, carino.

– Calmate. ?Se te ha subido ya la gloria a la cabeza, pequeno asesino?

– Te recogere a las siete.

Volvi al hotel y en el suelo de la habitacion la radio cantaba, entre botellas vacias y papeles amarillos, una melodia de Sinatra. Deje enchufada la television sin sonido y me meti en la cama a navegar la manana en un duermevela en el que fluian anuncios de flanes, viejas canciones romanticas y sirenas de policia o ambulancia. ?Oh, mi querido Abel! ?Te acuerdas de aquel dia en que nuestros rostros se reflejaron juntos en el estanque? Debo confesar que yo estaba enamorado de mi hermano, aunque la primera experiencia sexual la tuve con la mona o tal vez con Eva. A las dos el celo les duraba seis dias, el mismo tiempo que Dios invirtio en la creacion del mundo. La mona paseaba el periodo por el oasis con el trasero gloriosamente inflamado, y entonces me obligaba a imaginar juegos impudicos con ella bajo las palmeras y en ocasiones incluso uniamos las risas y las carnes; pero recuerdo tambien ciertas noches turbias con mi madre, cuando los latidos de su vientre eran identicos a los que daba la tierra y yo me amparaba en el calor de sus muslos para sonar mientras ella, con manos dulces, recorria todo mi cuerpo y se detenia en los recodos calientes hasta hacerme gemir palabras que ocultaban deseos inconfesables. Sin embargo, nunca obtuve de mis entranas un temblor tan delicado como aquella tarde en que Abel se ha liaba a mi lado a orillas de la fuente. El tenia diez anos, tal vez, y el sol declinaba por la parte de las dunas vistiendolas de naranja. Los ojos azules de mi hermano y su piel de caoba habian comenzado a perturbarme. Estabamos debajo de un granado, al borde del estanque, y nuestros rostros quedaban inmersos e inmoviles en el fondo del agua. Se produjo un instante de perfeccion. El aire virginal, el silencio petrificado y la luz, matizada con un tono de malva dorada, nos envolvieron en un pequeno extasis por un momento. Excitado y paralizado, me encontraba contemplando en el seno del aljibe nuestros cuerpos y el corazon me daba golpes furiosos. Entonces Abel arrojo un piedra y nuestra imagen sumergida se puso a trazar circulos, a entrelazarse confusamente, a ejecutar un ejercicio de amor en el alveolo de la cienaga. Al pie del granado quise abrazarlo para que todo fuera reflejo o imitacion del agua pero mi hermano salio corriendo y riendo por el talud que circundaba el oasis y, camino de las dunas, se perdio aquella tarde. Yo sabia como encontrarlo. Fui por un atajo y bordee el filo de una trocha hacia el lugar preferido por Abel: una gruta llena de adelfas que en tiempos remotos sin duda habia sido un manantial. Pero alli no estaba. Segui por el cauce del mismo barranco y me adentre varias leguas en el desierto hasta perderme en su busca, y cuando el sol habia caido ya a ras de la arena y la oscuridad iba a llegar, sin la esperanza de hallarlo, oi a mi espalda que Abel me llamaba desde muy lejos y yo veia su silueta perfilada en el crepusculo. Agitaba los brazos en lo alto de un cerro de cal, subido a una especie de torre vigia que dominaba una inmensa llanura muerta. Corri jadeante hacia el con una mezcla de placer y de angustia y al acercarme descubri que me recibia blandiendo en el aire una quijada de asno. En aquella fortificacion habia huesos de todas clases, unos macutos verdes casi podridos que contenian peines de balas, y la luz tambien entraba lateralmente por unas aspilleras oblicuas que ahora filtraban laminas de claridad hasta dejar todo el recinto en una suspension de color de pan inflamado. Esta fortaleza era el reino desconocido de mi hermano. Lo habia descubierto durante sus correrias de pastor y lo habia mantenido en secreto.

– Hay muchos seres que han pasado por aqui -dijo al verme tan impresionado.

– ?Estos huesos son humanos?

– Algunos -contesto.

– ?De que sera esta calavera?

– Es de jabali.

– ?Y esa?

– De gineta.

– Me gusta esa que has colgado en la pared. Parece que esta riendo.

– Es de hombre. O de mono. Le faltan siete dientes.

– ?Donde la encontraste?

– En la otra parte del monte.

Yo no sabia que Abel, a una edad tan tierna, era ya un gran especialista en esqueletos. Coleccionaba solo ejemplares unicos de cualquier indole. Los recogia en sus rutas de pastoreo, los llevaba al torreon transformado en museo y alli los clasificaba segun formas y tamanos. Tambien almacenaba objetos raros que le excitaran la imaginacion. De cara al sol poniente, sentados en las gradas de aquella fortaleza de hormigon, Abel me mostraba algunos proyectiles oxidados, correajes carcomidos, cartucheras corrompidas

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