Sentado al pie del sicomoro, mordisqueando una brizna de anis, se me ocurrio una idea para preservar en toda su pureza los alimentos de la ofrenda hasta la hora en que Dios, a traves de su alimana preferida, pudiera elegir. Pense en armar un palitroque con unas gavillas de paja y vestirlo con unos pellejos de cabron, calzarlo con pezunas y fabricar asi un espantapajaros a imagen y semejanza de Dios, pero yo no habia visto nunca su rostro sino en la imaginacion de las historias del paraiso que el difunto Adan me habia contado. Un dia hice madera de un granado y en ella, a expensas de mi inspiracion, fui tallando con el punal y grabando con una lasca la expresion del semblante divino fijado al azar en un momento de colera o de maxima furia. Coloque la mascara en el extremo del palo adornado con pieles, fije dos brazos abiertos con gavillas y al ver que el siroco agitaba aquella figura y la dotaba de un simulacro de vida experimente el placer del artista, aunque esta representacion solo tenia un caracter utilitario. Simplemente queria ahorrarme disgustos o conquistar cierta libertad. Para eso habia que ahuyentar a las aves y alimanas que cercenaban las frutas antes de que las viera Dios desde lo alto o delegara en una fiera determinada. El espantapajaros me concederia independencia. Ahora podria dormir, sonar, improvisar melodias debajo del manzano agraz soplando en el filo de una hoja, estudiar las costumbres de las aranas, trabajar en la huerta, analizar los ciclos de las plantas y completar la labor de mis padres dando nombre a las cosas sin que mi presencia fuera necesaria en el altar puesto que iba a ser sustituido por un monigote. No me explico por que este ingenuo ardid molesto de tal forma al dueno absoluto de las esferas. Yo habia creado ese espantajo de buena fe, pero ignoraba sus propiedades.

Echado a la sombra del sicomoro estaba yo una manana dormitando con los ojos abiertos bajo el ala del sombrero y la ardua luz del desierto me cegaba. El tedio me habia sumido en la imaginacion. Miraba las nubes que pasaban lentas por aquel cielo brunido del Genesis y trababa combates entre ellas. Tambien recordaba viejas historias del eden mientras vigilaba el ara sagrada sobre la cual habia depositado varios serones con frutas. Cerca de la parada, el espantapajaros agitaba las vestiduras al viento. En ese momento entro en accion su virtud. Me encontraba yo muy metido buscando nuevos pensamientos en el cogote cuando sono de pronto en el firmamento un tremendo zambombazo seguido de una estampida de animales, y entonces vi un remolino de arena luminosa que se posaba en la descamada colina junto a las gradas del altar. Dios en persona acababa de aterrizar rodeado de gorilas que eran arcangeles. La espiral de polvo se hizo solida, se transformo en un gigante, el cual fustigandose las botas de antilope con una vara comenzo a dar vueltas a la roca negra del sacrificio como un coronel que revisa el rancho o como un asentador de frutas que inspecciona el genero o como un capataz que examina la calidad de la cosecha. La mona estaba a mi lado en ese instante de la revelacion. Al ver a Dios comenzo a dar gritos de alegria y despues de rascarse las axilas se arranco con suma velocidad hacia el. Eran viejos conocidos y yo escuche las carcajadas de ambos cuando se encontraron. De un salto se encaramo la mona en brazos de Dios, le mostro las enormes encias rojas, y el la presento a los arcangeles de la guardia, a los gorilas del sequito. Cogido de panico vi cuanto sucedia y quede paralizado al pie del arbol. Con ojos de codicia y dedos avidos, el amo de las esferas se puso a escarbar el corazon de las lechugas en busca de su punto de nieve; parecia relamerse ante los higos que rezumaban miel por las grietas y el fuego de las sandias abiertas le forzaba a tragar saliva de puro placer. No habia motivo de queja. Las primeras cosechas que daba la tierra despues del pecado original se hallaban en perfecto estado de revista, pero Dios vio el espantapajaros que habia servido de senuelo. Quedo perplejo. Se rasco la nuca dudando. Y de modo inesperado solto una maldicion tan sonora que lleno el valle con cuatro ecos. Las serpientes metieron la cabeza debajo de las piedras y en sus nidos los alacranes levantaron la cola al oir el vozarron de Dios que me llamaba a su presencia. Me arrastre con el vientre en tierra hasta su calcanar y el puso la bota de antilope en mi nuca y me forzo el rostro contra los abrojos. En esta postura ambos tuvimos la siguiente conversacion:

– Te llamas Cain, hijo de Adan el degustador de manzanas, ?no es eso?

– Si, senor.

– ?Que significa ese monigote?

– Nada, senor.

– No soy un estupido. Conozco tu alma y se que esta abrasada por los deseos mas infectos de felicidad. Has nacido con la cabeza muy gorda, muchacho. ?Que significa ese monigote? Responde.

– No puedo hablar.

– ?Ha sido cosa de tu madre? ?Donde esta la maldita encantadora de serpientes?

– No puedo hablar, Dios mio.

– ?Por que?

– Me esta usted aplastando la nariz.

– Sospecho que ese espantajo soy yo mismo. ?Estoy en lo cierto? Contesta. Te crees un artista.

– Solo queria complacerte.

– ?Te burlas de mi?

– Si me quitara la inmensa bota de la cerviz trataria humildemente de explicarle este caso.

– Levantate.

– Gracias. Dios es muy amable.

– Habla ahora.

– Vera usted. Con el truco del espantapajaros solo he intentado que su omnipotencia no entrara en competicion con los gorriones. No se si me entiende.

– No.

Mientras le explicaba el invento, Dios se rascaba el pescuezo. En efecto, no entendia nada. Yo le repetia una y otra vez que si colocaba el muneco junto al ara los pajaros y alimanas lo tomarian por una figura real de la divinidad y huirian de la mascara.

– Esa confusion no me gusta -exclamo Dios.

– Es un juego de simulacros.

– No me gustan las ficciones.

– Tiene sus ventajas, senor -le dije.

– ?Ventajas para mi?

– Para los dos. Yo no perdere mas el tiempo en vigilar los alimentos y usted podra levantarse a la hora en que le venga en gana con la seguridad de que va a encontrar la ofrenda incolume.

– Piensas demasiado, jovencito.

– Entonces, ?que hago?

– Quema ese monigote -grito el Senor.

– Es una obra de arte.

– Quemalo en seguida. Que yo lo vea.

– Dios mio.

– Que lo quemes he dicho. Has nacido con la cabeza muy gorda, Cain. Piensas demasiado. Aprende de tu hermano, que se limita a vivir con placidez y no investiga. El me regala los mejores cabritillos. ?Donde esta ahora ese infante de ojos serenos?

El pastorcito Abel, que tenia siete anos dulces, bajaba por el terraplen detras de un hatillo de cabras. Se acerco al gigante extraterrestre, el cual muy complacido y con las comisuras llenas de babilla lo acaricio como un bujarron. Dios presumia de haber creado el mundo y no obstante sentia celos de un muneco de paja. No hacia sino recordarme que era el autor de mi alma y a pesar de eso temia mis pensamientos mas precarios. Aquel dia tuve que quemar la mascara para que hubiera paz entre los dos. Realice un fuego y la arroje a el. Dentro de las llamas vi resplandecer el fiero semblante de Dios, que era real en la ficcion grabada por mi con una lasca de silex y tallada con el punal. Los rasgos del patron comenzaron a crepitar y el mismo, los gorilas de la guardia, el pastorcito Abel, la mona y yo asistimos alrededor de la hoguera a la gran brasa que formo la madera de granado, y mientras Dios se golpeaba las sienes compulsivamente como un bebe furioso yo senti una emocion de belleza que entonces no acerte a descifrar. Las cosas solo se poseian a traves de su imagen. Para crear a Dios no se necesitaba mas que reproducirlo. Al mismo tiempo tuve una sensacion de poder casi infinito, ya que el amo del universo se dejaba arrastrar por la ira a causa

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