– Sera el paraiso.
– No.
– ?Donde esta el paraiso?
– Cain, hijo mio, el paraiso esta alla.
Mis padres se pusieron de pie y cada uno al mismo tiempo senalo en sentido contrario un punto en la lejania. Realmente no lo sabian o tal vez ya lo habian olvidado. El laberinto del desierto era demasiado hermetico y nosotros huiamos a medida que los manantiales se iban agotando. Un dia tuvimos que dejar aquella ladera. Mis padres escogieron un camino al azar, obedeciendo siempre la ruta de aquellos pajaros de acero en el cielo y las huellas de los chacales en la tierra. En el fondo de los ojos se veia una cordillera mineral traspasada de luz, pero un mar de dunas casi infinito nos separaba de ella. Tal vez alli surgiria una fuente, un poco de pasto y otro sueno. Habiendo acopiado la ultima agua en unas calabazas secas y cargados con provisiones de higos prensados, de nuevo la tribu emprendio la marcha. Este era mi destino: seguir los pasos de una mona, de un rebano de cabras y de una pareja de mortales desvariados por los senos de arena con la lengua pegada al paladar. ?Hallariamos alguna vez aquellas caravanas de hombres azules que transportaban oro finisimo de Hevilat? Eva me habia hablado mucho de ellos. Eran seres de ebano con turbantes plateados y largas tunicas de seda que cabalgaban elefantes envueltos en perfumes calientes. Durante varias jornadas, las huellas de distintas alimanas nos sirvieron de orientacion y solo vimos alguna calavera de animal cuyos huesos pelados refulgian y tambien pieles de serpiente. No se percibia el mas leve indice de vida en aquel silencio transparente, pero una manana, en medio del arenal, nos sorprendio a lo largo de una torrentera la vision de unas alambradas que se extendian mantenidas por piquetas hasta perderse en una vaguada. Engarzados en ellas habia harapos militares podridos y no muy lejos quedaban restos de un vehiculo chamuscado por un incendio. La mona se encaramo en aquel monton de chatarra y comenzo a explorar su interior. Para Adan todo era incomprensible. Y como siempre que no entendia algo tambien ahora se puso a rezar a Jehova. Los hierros ardian al sol y mi padre, que sudaba a chorros, con la cabeza baja, sentado en una rueda de caucho murmuro una cantinela parecida a esta: el Senor es mi guia y mi salud, ?a quien temere? / El Senor es el baluarte de mi vida, ?de quien temblare? / Cuando me asaltan los malignos para devorar mi carne, / mis adversarios y enemigos resbalan y se derrumban. / Aunque acampen contra mi ejercitos, no temera mi corazon. / Aunque se levante guerra contra mi, yo confiare en el Senor.
Al otro lado de las alambradas tambien se veia un monstruo semejante al caparazon de una tortuga gigante con unas cintas dentadas en los flancos y un tubo enhiesto en el aire. Las cabras estaban detenidas y balaban mientras mi madre habia ido a explorar un paso. Lo encontro en el cauce de un barranco y desde alli nos llamo. Bordeando el parapeto de espinos, mi padre arreo el ganado y yo iba con la mona detras a cierta distancia hacia el lugar donde Eva nos esperaba con Abel en brazos. No supe entonces lo que Adan habia pisado, pero de pronto se oyo un estallido increible que formo un cono de arena luminosa y dentro de ese cono vi tres cabras despanzurradas y tambien a mi padre que habia saltado por los aires como un pelele. Todo acontecio con la crueldad mas fugaz. Mi padre cayo el primero e inesperadamente comprobe que la explosion le habia reventado no solo el cuerpo sino tambien una secreta bolsa llena de joyas que llevaba escondida bajo el taparrabos, junto al sexo. Eran esmeraldas mezcladas con sangre, algunos rubies que se confundian con ella y varios diamantes. Adan quedo inmovil con la boca abierta. Le brillaban siete dientes de oro y a su alrededor habia tres cabras muertas tambien. Sobre la matanza se fue luego abatiendo el polvo de la explosion mientras mi madre corria y daba alaridos con Abel en brazos por el filo de la duna. Siendo muy nino, yo habia visto la agonia de una zorra en el interior de un zarzal florido. Aquel estertor seguido de una ultima mirada interrogante, que tanto me conmovio entonces, era el mismo que habia investido el cadaver de mi padre rodeado de tres cabras destrozadas. Sin derramar una lagrima, Eva contemplo aquellos despojos en silencio durante un tiempo
– Ayudame a recoger las alhajas.
– ?Por que ha muerto? -pregunte.
– Nunca ha tenido suerte este hombre. El temor de Dios lo ha reventado. Abrele bien la boca.
– ?Para que?
– Quiero arrancarle los dientes de oro. Siempre sufriendo. Siempre rezando. Tenia que suceder. Dios ya nos habia anunciado la muerte. Coge ese topacio, Cain.
– ?Como tenia tantas joyas?
– Las habia sacado del paraiso en secreto. Tira fuerte de la dentadura.
– ?Asi?
– Ya esta. Dios le regalo a tu padre estas fundas de oro en ciertos cumpleanos cuando viviamos en el eden. Guardalas. Algun dias te pueden servir.
En una bolsa de cuero reunio Eva el tesoro ensangrentado de la familia cuya existencia yo ignoraba. Esmeraldas, rubies, brillantes y piedras de agata en forma de brazaletes. Realmente mi padre estaba muerto y una vez despojado de alhajas no hubo necesidad de darle sepultura. Unas rachas de siroco lentamente comenzaron a levantar lenguas de arena y estas se adensaron en tomo al derrotado cuerpo de Adan y del volumen de las tres cabras hasta que sus figuras quedaron sumergidas en el desierto. Para no olvidar el punto de la tumba mi madre trazo inutilmente sobre ella un circulo enigmatico con el dedo, pero en seguida el viento lo borro formando un seno tan ondulado como la sustancia de la memoria. Le pregunte a mi madre:
– ?Que significa ese circulo que has trazado?
– Asi era el paraiso.
– ?Tiene algo que ver con el cero que llevo en la frente?
– Eres un adolescente todavia, Cain. Ciertas cosas solo existen para no ser nunca pronunciadas.
Cuando llegue a aquella cordillera de luz era ya un adolescente quemado por el sol. Alli habia un manantial y las palmeras, sicomoros, higueras, rosas de Jerico, nopales y granados rodeaban un estanque cerca de una fortificacion abandonada que nos servia de cobijo. Fue una epoca feliz de mi vida. La ausencia mortal de mi padre me habia hecho libre y el silencio definitivo de sus plegarias me ayudo a pensar por mi mismo. En aquel estanque comence a mirarme el rostro reflejado y bajo un manzano agraz descubri el placer solitario del cuerpo y tambien elabore las primeras melodias soplando en el filo de una hoja y luego grabe mascaras con una lasca de silex en las pencas de palmera real. Igualmente, me inicie en la observacion de las semillas y crie una pequena huerta. Antes de convertirme en un artista o en forjador de punales fui un adolescente labrador que ofrecia frutas y hortalizas a Dios con toda regularidad, siguiendo las practicas de mi padre que no habia olvidado. Eva no creia en nada. Solo confiaba en algunas raices y jugos beneficos, temia a las serpientes y aborrecia a Dios. Tenia las caderas muy anchas, que parecian de arena, y me ensenaba a sobrevivir diluido en la sensacion de las estaciones. No obstante, una vez a la semana yo escogia los mejores productos de la huerta: pepinos, nabos, calabacines, pimientos, sandias o lechugas, segun la temporada, y murmurando luego entre dientes las alabanzas de rigor llevaba la cesta cargada hasta la roca negra o ara de basalto erigida con mis propias manos en lo alto de una descarnada colina, y alli componia un magnifico bodegon de primicias para saciar la gula hipotetica de Dios. Me gustaba realizar este trabajo al amanecer con el sol tierno todavia y la escarcha ya rosada. Dejaba los dones sobre el altar a modo de senuelo pero Dios nunca bajaba a la tierra. Su presencia era sustituida por las alimanas herbivoras y toda suerte de aves. Probablemente, Dios devoraba las ofrendas multiplicado en mil gorriones o estorninos, disfrazado de jabali o revelado en alguna cabra de mi rebano, pero nunca se hacia evidente. Entre todos los animales que se acercaban al ara yo tenia que intuir quien era El o que visceras habia elegido para devorar el sacrificio. Ese misterio religioso termino por convertirse en un juego de apuestas en el que Eva intervenia sacrilegamente.
– Creo que Dios esta vez ha sido un grajo.
– ?Aquel que se hizo con el calabacin?
– Ese.
– ?No te has fijado en la cara que ponia la hiena?
– No existen hienas vegetarianas.
– Junto a la sandia habia una.
– Entonces seria el -exclamo mi madre.
