de mis actos. ?Por que un ser tan debil como yo tenia fuerza para excitarle tanto? ?Podia una hormiga perpleja sacar a Dios de sus casillas? Estas preguntas me atormentaban. A partir de ellas comence a imaginar que la bondad de Abel no era creativa. Solo la maldad seria capaz de equipararme al creador del mundo. En una epoca de mi adolescencia, estas visitas del amo se hicieron muy habituales. Cuando llegaba contento me cedia incluso su munequera de piel de elefante y me desafiaba. Se quitaba la chaqueta de terciopelo y otras prendas y soltaba bravatas hasta quedar desnudo. A continuacion, los dos hincabamos el codo en el ara del sacrificio, nos trincabamos bien la zarpa y comenzabamos a tirar con el antebrazo en sentido contrario. La mona se ponia siempre de parte de la divinidad y los gorilas de la escolta tambien, aunque no todos. Habia un arcangel reticente, que nunca aplaudia al Senor. Los demas daban saltos a nuestro alrededor, acompanaban con risitas histericas el resoplido de ambos e inevitablemente la apuesta terminaba con la victoria de Dios, el cual la remataba con una carcajada infantil de las suyas mientras era felicitado por todos, menos uno. La mona se le encaramaba al hombro para celebrarlo. Pero nuestras peleas eran risuenas. Nada tenian que ver con la sinceridad de un combate entre animales ni con la batalla que en mi ninez celebre con la pantera negra. Nosotros echabamos pulsos en el altar, disputabamos carreras de velocidad en la explanada y practicabamos boxeo frente al nido de ametralladoras sin ningun tipo de malicia, aunque Dios no disimulaba nunca la prisa en vencerme. Su pundonor de campeon carecia de limites. Era un pugil obstinado. Aprovechaba el primer hueco para tumbarme de un directo a la mandibula, y aturdido en el polvo yo oia los aplausos de la mona y los vitores de los gorilas arcangeles; veia a Dios que, con el pecho de gallo sobre mi y una garganta llena de risa triunfal, me decia:

– Levantate, rey de la creacion.

– No puedo mas.

– Aprende a batirte como un hombre.

– Me rindo.

– Vamos. Otra vez. En guardia.

– ?Que pesado eres, majestad! -murmuraba yo con la lengua llena de arena.

– La vida aun te va a golpear mas duro. ?Lo sabias?

– Eres grande.

– Asi me gusta. Arriba.

Yo me ponia en pie de nuevo, me apalancaba bien y comenzaba a golpear el torso desnudo del creador o trataba de conectarle un gancho en el higado inutilmente. El amagaba con estilo, se fajaba de forma correosa o danzaba con un magnifico juego de piernas y cuando le venia en gana me volvia a tumbar de un mazazo. Aquellas justas levantaban una polvareda en el desierto. Dios terminaba alegre y sudado. Luego metia la nuca bajo el cano del manantial que regaba la pequena huerta y una vez duchado se vestia los arreos de terciopelo con la melena goteando todavia y se acercaba al altar del sacrificio donde le esperaban las ofrendas que yo le habia preparado. Dios elegia lo mejor. Picoteaba de aqui y de alla. Se zampaba algunos higos, devoraba una calabaza entera y se comia una lechuga o dos rumiando las hojas una a una con la mirada bovina puesta en un punto inconcreto del horizonte. Si estaba de buen talante se repantigaba contra la pared de la casamata, cogia la mona en brazos y hablaba sin parar. Al parecer tenia grandes proyectos sobre este mundo para el dia de manana. Se aburria en la inmensa soledad de las galaxias hechas de piedra pomez y queria montar un circo. Habia elegido este planeta y la cosa ya comenzaba a marchar. Yo mismo iba a tener un papel estelar en este fregado. Dios se diluia en palabras amorosas y en promesas de felicidad si se sentia bien comido, pero bastaba que los gorriones le hubieran precedido en el banquete cercenando algunas brevas para que el creador montara en colera. Entonces su gula era similar a su ira y lanzaba maldiciones muy agudas, repartia amenazas contra la esencia de las cosas y nadie se veia seguro a su lado. Yo he oido blasfemar a Dios por unas miserables cebollas en mal estado. ?Acaso esto no es privilegio? ?Cuanta gente podria decir eso mismo en Nueva York? Resonaba en mi conciencia el terrible alarido del patron y luego se multiplicaba por barrancos y quebradas hasta perderse en la extension de las dunas ayudado por el silencio virginal que alli reinaba. No lo he olvidado todavia.

Ahora esta amaneciendo. Una luz sucia ha comenzado a vibrar en el cristal de la ventana y los sonidos de la ciudad que despierta se van haciendo solidos lentamente. Oigo el ruido de la ducha en la habitacion de al lado, la descarga de un retrete, las gargaras o la tos violenta del vecino y en el pasillo del hotel cierra la puerta alguien que se va. El rumor del trafico en el asfalto crece dentro de mi y en este momento acabo de tumbar la botella de whisky despues de una noche en blanco e incluso puede que este un poco borracho. Bajo el peso del alcohol abandono la adolescencia y miro el calendario de la agenda. Octubre 18 de 1985. Cierro los ojos y en la cavidad luminosa de los parpados descubro una gruta acuatica donde navego como una carpa sorteando a ciegas una red de algas viscosas. Las paredes de esa bolsa son de carne y en ellas hay escritos signos magneticos o fosforescentes, que parecen fortuitos. Cambian de forma segun fluctua el liquido que me sustenta, pero entre esos caracteres brilla intensamente un cero rojo. Dentro de ese utero que es dulce en extremo percibo vibraciones musicales cuando con una aleta o escama rozo las cuerdas de un arpa submarina. El cero sirve de puerta. Para salir a la intemperie meto la nuez moscada del cerebro y me deslizo con suavidad por el interior de ese circulo o cero rojo que llevo en la frente y en seguida me sorprende la luz del sol. De pronto me encuentro otra vez sentado en el polvo del desierto o en una butaca raida como rey saxofonista de Manhattan. Habia niebla esta manana y en medio de un concierto de sirenas de la policia baje a la calle a comprar los periodicos. Llevaba los ojos como fresas al final del insomnio. En el vestibulo del Hotel Chelsea, el conserje me saludo con la cordialidad de costumbre aunque esta vez acompano la leve reverencia con un guino de complicidad.

– Enhorabuena. Va usted a ser famoso -me dijo.

– Gracias.

– Sabia que tenia usted talento. Se veia venir.

– Gracias. ?De que se trata?

– Lea los periodicos. Le felicito.

Mi rostro no estaba todavia en las paredes de la ciudad ni tampoco adornaba los papeles pero toda la prensa del dia daba la noticia del crimen en primera pagina: Abel ha sido asesinado. Perece un bailarin de cuatro punaladas en el rodaje de una pelicula. Venganza fratricida en el Este del Eden. El cadaver incorrupto de Abel ha sido hallado en el litoral del Mar Muerto. Abel muere en el bombardeo de Jerico. El asesino Cain esta en Nueva York.

Cada periodico daba una informacion distinta. El Washington Post decia que en una cueva de Qumran, cerca de las ruinas de un poblado esenio, en la orilla occidental del Mar Muerto, acababa de ser descubierto el fiambre mas celebre de la historia. Pertenecia a alguien que habia sido navajeado mortalmente hace miles de anos. Sometido a la prueba del carbono 14 habia dado un resultado positivo: los hechos sucedieron en tiempos del Genesis. En un laboratorio de Jerusalen se le habia practicado la autopsia a la insigne momia y los investigadores hebreos quedaron desconcertados al descubrir la evidencia del asesino en el intestino sacro del muerto. El punal que habia acabado con la vida de aquel hombre llevaba grabada en la hoja una inicial, un signo o una palabra en arameo antiguo que respondia al nombre de Cain. Este vocablo habia quedado inscrito de forma milenaria en las visceras del cadaver como una prueba pericial. El asesino estaba en Nueva York y se sabia que era saxofonista.

En cambio, The Village Voice fechada el suceso en Paris y todo habia ocurrido en el ambiente nocturno de los jardines del Trocadero como un ajuste de cuentas entre homosexuales. Un bellisimo chapero llamado Abel habia sido ultimado con una quijada de asno, si bien fuentes no confirmadas atribuian el crimen a un asunto de drogas o a una reyerta de fanaticos musulmanes que habian efectuado venganza en un neofito escapado de El Cairo con una formula de pocimas secretas con el ambar gris. Inevitablemente el asesino se llamaba Cain.

Para el New York Times, la victima era un bailarin que fue ejecutado durante el rodaje de una pelicula. En la estacion del suburbano de la calle 42, Abel aun palpitaba cuando llegaron los guardias. Segun testimonio de los ciudadanos que presenciaron el hecho, la escena parecia un montaje o decorado de un film de tipo esteticista. Una multitud de pasajeros reales aunque de baja calana ocupaba los pasillos y parte del anden donde se habia montado el equipo de iluminacion. Focos y cineastas, tecnicos y artistas melenudos con aparatos y maquilladoras hacian los preparativos para una accion que debia

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