de metales. El Dios de mi padre era inmenso y sanguineo, lleno de caprichos de bebe furioso, comido por los celos, terrible en los momentos de colera, pastueno y dulce en ocasiones. Venillas incandescentes le cruzaban los carrillos, la nariz y la sotabarba, iluminandole la faz, y tambien le salian pelos de oro por las orejas y las fosas nasales. Parecia que el mismo se habia dejado dentro del cuerpo una luz encendida. Al hablar de este Dios, mi padre siempre temblaba. Movia la cabeza. Bajaba la voz. Entonces la melancolia se lo llevaba muy lejos y miraba las nubes que viajaban en direccion al sur. Y me decia:

– No sabes, hijo mio, como eran aquellas mananas en el eden. Gritaba un enjambre de simios en el resplandor de los arboles, los papagayos emitian melodias de cana, habia rumores de fuentes o de abejas, las aves hacian el amor en la espalda de los leopardos y los frutos, dorados como lamparas votivas, pendian en el aire perfumado, incluidas unas manzanas verde doncella que llevaban inoculado el principio de la ciencia. De repente, en el firmamento, sobre la vertical del paraiso, se escuchaba una tremenda detonacion que hacia enmudecer a todos los animales. Era Dios que acababa de atravesar la barrera del sonido enfilado hacia la tierra. En la colina de esmeralda donde crecia el unico manzano del jardin, aquella espiral de luz se convertia en una figura solida. La imagen del patron surgia del remolino. Dios aparecia vestido de astronauta o de vaquero del oeste o de estanciero criollo o de bailarin de claque o de senorito latifundista o de patriarca cabrero o de cazador de mariposas o de jardinero jubilado o de papa Noel. Segun que viento le zumbaba el craneo venia silbando por el sendero de costumbre o te sorprendia por detras, mientras Eva y yo compartiamos nuestra carne en un juego a la sombra de ciertos prunos que dejaban retales de sol en la pradera. Rodeado de gorilas con espada que eran arcangeles, Dios tambien podia llegar arrebatado por la neurosis. Ese dia podias enloquecer. Te besaba o te azotaba. De sus fauces brotaban preceptos sin parar y luego te cubria de presentes. ?Ves estos dientes de oro, Cain? Son siete. Me los regalo Dios en varios cumpleanos. Con sus propias manos el mismo me los engarzo.

En medio del desierto poblado de coyotes y alacranes, lejos del paraiso, Adan narraba estos hechos insolitos sentado a la puerta de una casamata o nido de ametralladoras con una mona en brazos y echado a sus pies yo le escuchaba. A la mona le regalaba nueces y a mi me daba consejos de esclavo. Con ella reia sus siete dientes de oro y conmigo compartia la esquizofrenia de Dios. Si bien aquella tarde el valle se habia puesto dulce y todo invitaba a tener sensaciones morbidas, mi padre me decia: caera sobre ti la desgracia y no sabras de donde nace; ofrece al Senor victimas de expiacion y no pretendas ser feliz; en el solar de tu casa creceran espinas y ortigas, tu fortaleza se cubrira de cardos y cuando te sientas mal tu desdicha no habra hecho mas que empezar; espera de Dios siempre el castigo para que su bondad caiga sobre ti como un balsamo. Mi padre me decia estas cosas elevando una mano conminadora en el aire y con la otra le rascaba la tripa a la mona, la cual reia entre las amenazas y los proverbios. Aquella mona un dia habia visto la cara de Dios. Carecia de responsabilidad. Habia sido criada de mis padres en los tiempos felices del eden y con ellos partio al exilio sin traumas y ahora aun estaba alegre y vacia, se agarraba a las ramas del sicomoro con el rabo y no tenia pasado ni futuro. Cuantas veces desee ser como ella. Que esfuerzos hice por imitarla. Mi padre temia a Dios. Yo temia a mi padre. En medio de aquel terror que caia en cascada, la mona no hacia sino mostrar al cielo sus enormes encias rojas. Con que intensidad seguia entonces sus ensenanzas. Tambien yo cogia las nueces con los dedos de los pies y los llevaba a la boca, me rascaba las axilas, bajaba por el tronco de las palmeras velozmente de coronilla a tierra y al reir me quedaba con la dentadura abierta y el pensamiento cerrado o fundido. El celo le duraba seis dias a la mona babuina y lo proclamaba hinchando los genitales debajo de la cola, paseando la flor gigantesca del sexo por el oasis envuelta en un perfume embriagador. La primera frustracion de mi vida fue comprobar que yo jamas tendria rabo y a eso se debio la primera paliza que recibi. Tal vez me puse muy pesado sin dejar de berrear durante una hora seguida en la lejana ninez.

– Cain, hijo. ?Te duele algo? ?Que te pasa esta manana? -me decia mi madre.

– Nada.

– ?Tienes hambre?

– No.

– ?Tienes sed?

– No.

– Toma esta pulsera de agata.

– No quiero.

– ?Has perdido el punal?

– No.

– Entonces, ?por que lloras, Cain, hijo mio? Las ubres de la cabra estan llenas y su color es violeta.

– Ella.

– ?Quien es ella?

– La mona.

– ?Que sucede con la mona? ?Te ha mordido?

– Tiene rabo. Yo tambien quiero tener rabo.

– ?Para que?

– Para jugar.

– ?Cielo santo! ?Has oido esto?

– Lo he oido -exclamo mi padre.

Sin mediar aviso, de repente, Adan la emprendio a patadas conmigo fuera de si. Aquel odio que le brotaba de las entranas me era desconocido, resultaba demasiado misterioso, y ciertas palabras inconexas y voluptuosas que pronuncio al comparar los golpes todavia no las he olvidado.

– El rabo es un privilegio de Dios. ?Te enteras? Pide perdon.

– ?Suelta al nino! -gritaba mi madre.

– ?Callate! ?Acaso no recuerdas lo que paso?

Maldita sea. Fuiste tu la que tambien queria ser inmortal como la mona.

– Dejame en paz.

– La mona es pura. No la mezcles en tus cosas.

– ?Suelta al nino!

– Ella es lo unico que me une al paraiso.

– ?No le pegues mas!

– ?Que pida perdon!

– ?A quien? -suplique yo llorando.

– A Dios.

Era imposible que un rabo de mona despertara tantas pasiones y lo que comenzo siendo un capricho acabo por convertirse en el nudo de mi inteligencia. El rabo de la mona o el pacto de Dios. Sin pretenderlo habia encontrado la clave de aquel enigma del paraiso que ocultaba la dicha de mis antepasados. ?Que era el paraiso realmente? ?Que habia sucedido alli? En los ojos de la mona habia quedado un jeroglifico. Ella constituia el ultimo punto de conexion o encrucijada de caminos: uno conducia a la locura de la lucidez, otro se perdia en la oscuridad de los sentidos.

Era una tarde maravillosa y el desierto se hallaba en el grado mas sutil de la dulzura. Desde la ladera se veia la perdida extension de arena color malva con reflejos de purpura y mi padre ya se habia calmado. Ahora estaba rezando a Jehova mientras pelaba una raiz benevola sentado a la puerta del nido de ametralladoras, cuando en aquel firmamento brunido del Genesis se oyo un trueno largo, interminable, que interrumpio la oracion y la pequena labor de Adan. Por el espacio pasaron muy altos tres pajaros de acero que el sol del crepusculo encendia de un costado. Dejando una estela de humo, las tres sombras luminosas cruzaron el azul seco y se perdieron a una velocidad inconcebible. Mis padres habian presenciado esa vision otras veces. Les pregunte:

– ?Donde van esos pajaros?

– Pasan siempre hacia el oeste.

– ?Que hay alli?

– No lo se -contesto mi madre-. Pero todas las caravanas de hombres azules y elefantes blancos que he visto cruzar por el horizonte tambien van en esa direccion.

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