grajos chillando. El segundo asalto duro mas o tal vez el nudo que forme con el animal fue mas intenso. Veia pasar la rafaga de sus colmillos iluminando mi carne, sentia ya el brazo desgarrado y multiples heridas habian comenzado a confundir nuestra sangre. El miedo me impulsaba al ardor. Ambos me tenian sumido en un espacio neumatico que unificaba en mi cerebro todos los sonidos: vitores de mis padres, aplausos de la mona, balidos de varias cabras, rugidos del enemigo, chasquidos de alas y gritos de las aves tinosas que orlaban aquella lucha. Probablemente a la pantera negra de ojos de esmeralda le perdio la propia gloria. Era tal la seguridad que tenia en vencerme que al final solo reparaba en su fiereza. En la tercera acometida, ella misma se precipito contra el punal con el que yo la mantenia a raya. Parecia buscar la muerte para salvarme. De hecho, no hice otra cosa que afirmar el pulso en el aire cuando el felino volo por encima de la ofrenda del altar hacia mi y al percibir que el arma penetraba en su cuerpo suavemente entre dos costillas experimente una sensacion religiosa. El punal llevaba en la hoja mis iniciales grabadas. Estas letras tambien quedaron inscritas en las visceras del animal sagrado. Despues del combate, mi madre me ungio con un beso. Durante mucho tiempo luci la piel de la pantera como una vestidura levitica, me adornaba con ella para ayudar a mi padre en los ritos que le exigia Dios. Ahora estoy tratando de construir aquel tiempo sobre las caderas de mi madre, que eran de arena. Mi infancia tambien esta amasada con la pasta solar del desierto, como un conjunto de lejanas, perdidas siluetas.

En la madrugada del otro dia, al terminar el trabajo en el Club de Jazz, entre en una tienda macrobiotica situada en una esquina de Soho a comprar frascos de minerales, manzanas y pan acimo. Habia alli varios coleccionistas nocturnos de vitaminas y zanahorias. Note que todos me miraban con inquietud y lo mismo hacian la chica de la caja y el guardajurado. Quiero decir que miraban con una mezcla de sorpresa y precaucion esta marca roja que adorna mi frente. No sucedia como otras veces. Ahora ellos parecian tener miedo, no solo curiosidad. Una sensacion semejante tuve en la licoreria luego, mientras me abastecia de algunas botellas. Tambien los devotos del alcohol me examinaban con ojos furtivos entre las barricadas de licores. ?Que habia sucedido con mi imagen? ?Que extrana vibracion estaba emitiendo el cero de mi testuz aquella noche? No lo supe hasta que cogi el taxi en la acera de Washington Square. Abrazado al estuche del saxofon, a la bolsa llena de comestibles, de botellas de whisky y tarrinas de magnesio, iba rodando por la Quinta Avenida en direccion a la calle 23 cuando la radio repitio el boletin de noticias. Se oian muchas sirenas de policia en la ciudad a oscuras y dentro del coche hice un comentario banal acerca de esta tabarra.

– ?Como? ?No lo sabe? -exclamo el taxista.

– No se nada, primo. ?Que ha pasado ahora?

– Acaban de matar a un famoso que se llama Abel.

– ?Abel, el bailarin?

– Algo asi.

– ?Donde ha sido?

– Nadie lo dice. Parece como si lo hubieran matado en infinitos lugares a la vez.

– Eso sucede a menudo. Un hombre siempre muere en distintos sitios al mismo tiempo.

– Y tambien da la sensacion que el crimen ha ocurrido hace miles de anos, aunque lo han descubierto esta tarde. La radio lo esta dando de nuevo. La policia busca a alguien que lleve una senal en la frente y se llame Cain. ?No es mucha coincidencia?

– Puede tratarse de un serial.

– Nada de eso. A Abel lo acaba de matar su hermano. Es real. Oiga esto. Son noticias de las cuatro de la madrugada.

La radio del taxi no hacia sino repetir el mensaje de busca y captura en medio de una ciudad a oscuras convulsionada por las patrullas de los polizontes. Aquella noche se oian demasiadas sirenas en Manhattan. Me apee del coche en la esquina de la calle 23 y al devolverme el cambio de cinco dolares el taxista reparo en la marca que llevo en la frente, pero no dijo nada. Solo abrio los ojos desmesuradamente y partio a gran velocidad. Como siempre, Nueva York olia a tarta podrida, a higado de pollo en almibar. Cargado con el saxofon y las viandas anduve un buen trecho por la acera solitaria hasta llegar al hotel y en el camino encontre a una pareja de hombres rata que escarbaba unas bolsas de basura. Eran unos seres de color gris, sin pestanas, empapados de herrumbre humeda. Otras veces, a esa misma hora de la madrugada, los habia sorprendido saliendo del pozo negro de la ciudad por una boca de alcantarilla e incluso uno de ellos en cierta ocasion me sonrio con extrema inocencia. Esa noche, los hombres rata siguieron hozando en la fetida dulzura del vertedero cuando pase por su lado y no fijaron en mi sus ojos blancos de gelatina. Las bocinas de la policia sonaban lejos, ritmicamente, como los latidos de la conciencia, y me excitaban el sentido de la culpa, y aunque para infundirme valor yo caminaba dando golpes duros con las botas en la soledad de la calzada, sentia el peso de una mirada terrible en la cerviz y no hacia sino recordar la voz cavernosa que repetia el boletin de noticias: ?donde esta tu hermano? ?donde esta tu hermano? Abel ha sido asesinado. Se busca a un sujeto de ojos verdes y rasgos arabes, de un metro ochenta aproximadamente. Usa perilla de Ali Baba, tiene el pelo rizado, lleva un cero marcado entre las cejas y atiende por Cain.

Ahora la ciudad se encontraba en estado de alerta. Tal vez manana mi rostro poblaria todas las paredes, las estaciones del suburbano, los periodicos, la television, los puestos de control y yo me convertiria en el perro sarnoso mas celebre de Nueva York. Seguramente, alguien en este momento me esperaba ya en el hotel para echarme el guante y yo aun no sabia si me querian vivo o muerto. Cualquier ciudadano celoso que me acribillara por la espalda seria condecorado en publico. Mi futuro se hallaba a merced de cualquier marca de rifle. Pero esa madrugada en el Hotel Chelsea no me esperaba nadie. En el vestibulo habia unos mendigos refugiados del frio que dormian el alcohol en las viejas butacas junto a la chimenea. Ninguno de ellos habia oido la radio. En mi habitacion, la cama llevaba tres dias deshecha entre botellas derrumbadas.

Abel era aquel nino que descubri en el interior de la casamata una manana en que me pico un alacran. El recinto fortificado estaba en penumbra y desde las aspilleras que se abrian en los lienzos de hormigon unas lanzas de sol iluminaban el monton de paja donde Eva recostada en un antebrazo daba de mamar a su segundo varon mientras mascaba una raiz virtuosa. El agitaba las dulces patitas llenas de pliegues de carne sonrosada y ya se comportaba con seriedad. Abel era un infantillo de ojos azules, lo que se dice un lechal de mofletes encendidos, que crecio suavemente al son de la flauta en el desierto sin crear problemas a la familia. Entre nosotros dos nunca hubo un percance aparte del amor, hasta el dia en que nos separamos a orillas del Mar Muerto. Pero esta noche no quiero pensar en ese bellisimo idiota. Chorreando whisky por las orejas me gustaria evocar ahora la figura de Adan.

Mi padre era un hombre guapo y triste, un pesimista con buena planta que se comportaba como un colono expropiado al que han echado a patadas de la finca y estaba encerrado siempre en un solido silencio que rompia a veces para rezar a Dios y gemir exclamaciones de nostalgia que aludian a un determinado jardin. No solo las desgracias dejan huellas en el rostro. Tambien la dicha que uno haya vivido en el pasado se posa en un punto de la mirada. En el semblante de mi padre habia restos de una antigua felicidad, aunque yo lo conoci entregado ya a la depresion dandome consejos de esclavo. La mona habia sido una de sus criadas en el paraiso, la unica que le siguio en el destierro, y cuando jugaba con ella a mi padre se le ponia resplandeciente la cara.

Pero mi padre no era Tarzan sino un hombre perdido en el laberinto del desierto que exhibia ante mi una idea derrotada de la vida. Respecto de Dios tenia una opinion distinta a la de mi madre. Dios no era el sol, los animales nunca asumian poderes sagrados y el corazon de los mortales tampoco formaba parte de la naturaleza. Mas bien al contrario. Los sentimientos habia que ocultarlos puesto que podian llevarte a la perdicion, las bestias debian su violencia al pecado y Dios estaba disenado como un gigante: era un patron fornido y de mal caracter, aunque a veces tambien se ponia melindroso. Esto contaba mi padre gimiendo de nostalgia. En tiempos del paraiso, Dios solia presentarse de improviso en medio de aquella floresta apartando ramas y venia acicalado con pinta de levantador de pesas o domador de leones. Mis padres sonaban recostados en el cesped, contemplaban la raya de los cisnes en el estanque y un tigre les servia de almohada, y de pronto llegaba Dios rodeado de monos arcangeles por un camino entre setos de boj arreandose alegremente con una vara las botas de antilope. Dios poseia un gran vestuario. A veces lucia un solideo de moare en la coronilla, pantalon de seda blanca cenido a la cadera, zapatos de charol, chaqueta de terciopelo azul con una estrella de plata en la solapa, todo espolvoreado de lentejuelas como Bob Hope a la hora de abrir un musical. En cambio, otros dias descendia del cielo equipado de vaquero duro con cinchos, hebillas y espolones cuyo fulgor nacia de una ignorada aleacion

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