oficinistas de parpados hinchados; luego haces volar pizzas y hamburguesas por encima de secretarias y ejecutivos; finalmente, de noche, corres a poner el tigre de tu sexo bajo mi vientre. Gracias, muchas gracias, queridos amigos. Yo sudaba en la tarima con el metal brillando en mis manos y los aplausos seguian. Gracias, muchas gracias. En la mesa de Helen, entre el publico, eche un trago y en seguida se acercaron unos chicos de la prensa que trabajan para
Que profundo sabor a miel. Estais viendo a Dios. Y ahora oidme bien, magnifico par de idiotas, ?acaso no os podriais ir al infierno? El diablo os lleve. La paz sea con vosotros.
Camino del hotel, en la calle 23, Helen y yo sorprendimos de nuevo a los hombres rata recien salidos de la alcantarilla. Acompanaron nuestro paso con una mirada de gelatina y despues volvieron a hozar en la basura. Un corro de mendigos se calentaba en el vestibulo del Chelsea y al saltar entre ellos algunos nos saludaron con el sombrero. Luego, en la habitacion, hice el amor con Helen y una vez mas sali victorioso, aunque inexplicablemente esta vez todo transcurrio con una suavidad milagrosa: lentas caricias, largos trayectos por el cuerpo, hondos suspiros, interludios de palabras equivocas, algun crujido de garganta, los dedos rezumados y la cabalgada final en silencio hasta la fundicion de las sienes. En esta ocasion, Helen me felicito.
– Has mejorado con el crimen. Te has hecho mas sensitivo.
– Ha sido el magnesio, encanto.
– ?Te excita tomar vitaminas? ?Te has convertido en un coleccionista de vitaminas por eso? Oh, mi pequeno filete minon.
Soy un adicto a las vitaminas y minerales porque temo que Helen un dia me exprima la medula espinal con las ventosas de su vagina. Por regla general, nuestro amor es una batalla campal, una refriega tormentosa, pero anoche, de forma inesperada, trabaje su carne negra con un suave bordado. ?Sera que la culpa del heroismo te convierte en un romantico? ?Quieres, hermosa mia, que ahora te hable del paraiso? Entonces abre las piernas con la maxima dulzura.
En aquella caravana, querida Helen, se quemaba incienso en las acampadas nocturnas y las jaimas eran rojas y azules. Abel iba a mi cuidado y tal vez estuvimos un ano acarreando especias, piedras preciosas, dorados metales y semillas distintas para la agricultura que ya habia nacido, pero no habiamos visto todavia una ciudad. En ciertos cruces de ruta, en el desierto, salian a nuestro encuentro enviados de algunos pueblos trashumantes y haciamos intercambios con ellos. La Media Luna Fertil arranca del Golfo Persico, sube como un alfanje curvo por el territorio de los grandes rios hasta alcanzar la region de Mitanni, comienza a doblar por el pais de los hititas y encuentra el mar en la legendaria Biblos, la de los perfumados cedros. Yo creia que las ciudades de nombres sonoros solo existian en la imaginacion. El resto no era sino el reino de las dunas, el imperio de los lagartos. He aqui como encontre el paraiso perdido. Todo sucedio de un modo accidental, muy rudimentario. Al final de unas duras jornadas de travesia bajo el sol terrible, la caravana iba bordeando una hoya calcinada, de paredes violentas, donde se levantaban torreones de barro deslumbrado por la sequia. Mas alla se extendia una campa desolada que habia que salvar para acceder a una hipotetica serrania que aun no estaba en el horizonte. No se divisaba una sombra, un punto oscuro, en aquella extension de tierra abrasada. Cruzar semejante llanura envueltos en un fuego de cal constituia un reto para el principe Elfi, pero entonces, milagrosamente, aparecio un coyote que nos sirvio de guia. La arena hervia en nuestros pies. No se adivinaba el mas tenue soplo de vida. Adentrados en el laberinto, de pronto descubri un paredon en la lejania. Fui el primero que lo vio desde lo alto de un camello aunque a mis gritos de entusiasmo no respondio nadie.
– Eh, mirad aquello -dije-. Parece un fuerte. Sin duda debe de haber alguien alli.
– Nada de eso, muchacho -contesto un dragoman.
– ?Por que?
– ?Acaso no lo sabes? ?Te has criado en este desierto y no lo sabes?
– Calmate, querido jovencito -exclamo el principe.
– Estoy calmado, senor.
– Esa tapia que ves alla enfrente no es sino el paraiso abandonado.
– ?Que paraiso?
La mona habia comenzado a ponerse nerviosa y su risa excedia toda medida, hasta tal punto que el estado de mi companera alarmo a parte de la expedicion. Nunca la habia visto tan excitada, aunque la tapia estaba muy lejos todavia y apenas se divisaba en el fondo de los ojos.
– ?Has oido hablar alguna vez del paraiso terrenal?
– Senor, no he oido hablar de otra cosa en toda mi vida. Mis padres nacieron ahi.
– ?Bromeas?
– Esa es la historia que me contaron.
Nadie en la caravana parecia darle importancia a un lugar que habia sido materia de mis suenos desde la ninez. La ruta del comercio pasaba por el linde de aquel paredon, miles de camellos habian dormitado a su sombra en un alto en la travesia y la costumbre ya habia ahorrado la obligacion de hacer comentarios.
En esta ocasion, solo la mona y yo nos hallabamos fuera de si.
– Se trata de un inmenso corralon sin importancia. Todo esta en un punto de ruina -dijo el principe.
– ?Como es posible? He sonado infinitas noches con un perfume de miel que llenaba este espacio.
– Has sonado inutilmente, jovencito. Dentro no hay nada. El secreto solo esta en la pared.
Mientras la caravana se acercaba al fuerte, el primer dragoman del principe me conto que la tapia del paraiso trazaba un circulo hermetico, sin puerta alguna, en medio del desierto y el tiempo que se tardaba en dar la vuelta a ese circulo coincidia con una jornada o trayecto del sol en el firmamento, tanto en invierno como en verano, de modo que su circunferencia se constrenia o se dilataba a instancias de la luz. En el exterior reinaba una inconmensurable extension de arena pura cuyo fulgor heria todas las miradas. Ni el mas duro de los lagartos palpitaba alrededor, pero en la pared circular del eden habia signos grabados, simbolos pintados de rojo, inscripciones esotericas y dibujos que formaban cruces, rombos y triangulos. Entre los jeroglificos, un cero de sangre seca fluctuaba en el ardor de unos sillares. Aquel universo grafico e indescifrable lo habian trazado manos diferentes, sucesivas. Sin duda, algunos seres desconocidos, dioses o mortales, habian dejado alli una huella de su sabiduria. Todos los signos se repetian. En cambio, el gran cero de sangre era unico. ?Que podia significar? El filo de la tapia estaba rematado por un cilindro de granito imposible de abarcar con los brazos, construido para que nadie pudiera trepar hasta arriba, y el siroco habia depositado al pie de aquella piedras roidas por la eternidad un estercolero de objetos raros que al parecer pertenecian a otras culturas.
Un coyote domestico de orejas cercenadas habia aparecido en nuestro camino, en la embocadura de la hoya calcarea, y no era mas que un enviado que nos iba a servir de guia en el laberinto de arena. Misteriosamente, el animal se puso al frente de la expedicion para ejercer su labor de practico. Algunos camelleros conocian la costumbre de esta alimana y el encuentro con ella siempre se celebraba con renovadas muestras de admiracion, pero, en realidad, esta vez la comitiva no hubiera necesitado de sus servicios porque la mona daba tambien senales de conocer aquel contorno como la palma de la mano. Ambos animales echaron a correr a un tiempo cuando las tapias del paraiso comenzaron a reverberar a una distancia imprecisa. En medio de la ondulacion de las dunas, la pared circular proyectaba una sombra violeta que se perdia de vista cortando el magma solar. El corazon me golpeaba las costillas. Finalmente, la caravana arribo al pie de la muralla y acampo igual que en otras ocasiones sin mayor interes, pero el coyote y la mona quedaron paralizados frente al sillar donde brillaba el cero de sangre.
– Abrazame otra vez -exclamo Helen.
