figura de Adan saltando por los aires como un pelele dentro de un cono de arena luminosa. Y ahora los golpes del convoy en la oscuridad de los railes me martilleaban el craneo, y al ver la chapa del vagon pintada con signos y garabatos volvi a imaginar la tapia circular del paraiso donde otros seres tambien habian grabado sus aspiraciones o habian definido el mundo con breves sentencias nerviosas. Que extrano. En el vagon del suburbano habia una frase identica a aquella que el principe me hizo leer en el muro del eden e incluso pense que se debia a la misma mano. El rabo de la mona es la esencia. Junto a este adagio habia otros. Toda la filosofia moderna estaba escrita con spray en esta caja de chapa que iba atravesando las entranas de Manhattan. Solo pienso en el culo de mi chica. Amen. Al final de la mente hay un cuchillo. El sexo ruge. Ay de la tierra, cimbalo alado. Confundidos estan vuestros sabios porque desecharon la palabra del Senor. Carino, te amo, acercame la escupidera. Yo llevaba la cabeza llena de gloria al comprobar que todos los pasajeros me miraban. Unos directamente a la cara con ojos pasmados, otros con un esguince furtivo por la pata de gallo. Me miraban como se hace con los artistas, no con los asesinos. ?Es usted Cain, ese chico que esta en los carteles? Soy Cain, hijo de Adan el lloron y de Eva la sultana. ?Es usted Cain, el primer espada de la historia? Soy Cain, el que echo un pulso con Jehova con los codos puestos en el ara del sacrificio. Voy a una fiesta a conmemorar un asesinato con los amigos. Durante el trayecto, en el suburbano, sucedio algo que esta mas alla de la ficcion. El convoy en el que yo viajaba se detuvo en una estacion y alli un tren igualmente parado, que iba en sentido contrario, se veia al otro lado del anden. Mire por la ventanilla. En el vagon paralelo habia una muchacha rubia sentada junto a un asiatico extremadamente viejo y dormido. Ella tambien miro por su ventanilla. Al verme sonrio. Ambos cruzamos los ojos con una profundidad de medio minuto. La muchacha reacciono con rapidez. Empano el cristal con el aliento y sobre el vaho escribio del reves para que yo leyera un numero de telefono. Anadio esta palabra. Llamame. Y a continuacion su convoy partio, pero yo llevaba aquella cifra en la memoria y sin perder tiempo la anote en la agenda. Muchacha azul desconocida que paso como una rafaga por los intestinos de Manhattan: 212.2276519.

Cuando sali del metro estaba lloviendo en Nueva York y todos los colores charolados de la ciudad resbalaban en mi corazon totalmente humedo de placer. Alguien, en Park Avenue, me pidio el primer autografo de mi vida. Un ciudadano se acerco bajo un paraguas amarillo y sonriendo me puso su amable dentadura a un palmo de la nariz.

– ?Le importaria firmar aqui? Escriba cualquier cosa. Un recuerdo.

– Perdon. Tal vez esta usted confundido -le dije.

– Se muy bien quien es usted.

– ?De veras?

– Fue muy grande aquello, si, senor. Un exito sin precedentes. Jamas habia visto una cosa de esas. Le felicito.

– ?De que me esta hablando?

– De sobra lo sabe usted. Ande, por favor, escriba algo en este sobre.

El caballero del paraguas amarillo me extendio un sobre mojado en que se corria la tinta. El mismo me cedio el boligrafo y yo me limite a rayar con emocion esta frase:

– A mi querido…

– Michael Black.

– A mi querido Michael Black que tal vez desea ser tambien acuchillado. Firmado: Cain, el afilador.

– Gracias. Enhorabuena.

El caballero se fue con el paraguas unos pasos delante de mi y una vez que hubo leido la dedicatoria volvio el rostro con sorpresa, abrio los ojos como platos, guardo el papel en el bolsillo y muy pronto doblo la primera esquina a grandes zancadas. Llovia sobre Nueva York como llueve sobre el alma y todos los colores se diluian en la imagen de mi rostro en los pasquines. Yo caminaba por Manhattan con zapatillas de baloncesto bajo el agua oblicua y, sin embargo, Biblos existia realmente en mi corazon. Aquella ciudad de la adolescencia florecia gracias al comercio de cedros de los montes del Libano, que las naves, ahora atracadas delante de mis ojos deslumbrados, llevaban con velas hinchadas hasta Jaffa, Chipre, Creta y Egipto. Estos nombres y otros mas sonaban en boca de todos los mercaderes en el esplendor de aquel puerto lleno de sol. Los dioses del Mediterraneo debian sus templos a esta perfumada madera. Los barcos volvian a Biblos cargados de leyendas y bienes. Traian papiros de Menfis, ceramicas y tanagras de Heraklion, anforas rebosantes de vino de Rodas o de aceite del Atica, sedas de Esmirna y noticias de que en Jerusalen un tal Salomon estaba construyendo un palacio de oro macizo. A cambio de un brazalete y tres pollinos enjaezados, Abel y yo fuimos cedidos por el principe a un armador cuya especialidad consistia en exportar armas grabadas. El principe Elfi se hizo otra vez al desierto con la caravana en busca de especias y esclavos, y mi arte en la musica fue poco apreciado por mi nuevo senor, no asi mi habilidad en labrar filigranas en el bronce. De esta forma entre a su servicio, aunque de noche, en Biblos, comence a brillar de estrella. En una mancebia me ejercitaba tocando la flauta para amenizar el trabajo de las prostitutas mientras mi hermano Abel danzaba. Aquella casa estaba regentada por una gorda sibila cubierta de velos de todos los colores que nublaba la mente de los clientes con sahumerios realizados con hierbas visionarias. Alli conoci a toda clase de navegantes que me hablaban de paises lejanos. Muchos de ellos deliraban en los jergones abrazados a una ramera y entonces sus historias doblaban la imaginacion. ?Seria cierto que un minotauro mugia en el laberinto de Creta y que el sonido de su garganta llegaba hasta Argos? En el palacio de Cnosos, las doncellas, coronadas de guirnaldas, abrazaban a los adolescentes en los festines y les forzaban a beber la miel de sus senos. En Egipto habia un rio que pasaba por el pie de gigantescas tumbas de seres de otro mundo. Eran enormes capullos de piedra en cuyo interior se escondian tesoros increibles. Pero el relato que me fascino mas fue el que contaba aquel traficante de opio acerca del Mar Muerto. En el desierto de Judea habia una cienaga podrida y sus playas eran de sal. La charca emanaba un vapor de asfalto que en el aire torrido formaba fantasmagorias: dragones de alas puntiagudas, viscosos cetaceos aereos. En el fondo de ese mar hediondo se veian dos ciudades sepultadas, y a veces, de aquel alveolo surgia una musica deliciosa que sonaba en la oscuridad. Las aguas eran fosforescentes, de modo que las tinieblas de alrededor tambien estaban iluminadas. Cuando los marineros, con voz de fuego, describian estos hechos, yo me prometia por dentro que algun dia iria a visitar esos lugares donde sucedian cosas tan extraordinarias, si bien la ciudad de Biblos no tenia nada que desear, segun decian los mismos viajeros: a un tiempo saciaba los ojos y colmaba cualquier ambicion. Habia industrias de papel, que se fabricaba con juncos de papiro a remojo, luego cortados en finas laminas, que se entrelazaban, prensaban y ponian a secar. Al final formaban una tupida trama por donde los lapices de carbon se deslizaban escribiendo el pensamiento de los hombres. A esta industria del papel debia el nombre la ciudad, nombre que propagaron los primeros navegantes griegos. En la explanada del puerto se extendian hileras de maestros en cuclillas que ensenaban el alfabeto y el arte de la escritura. Regalaban sentencias de sabiduria estampadas con tinta de color y redactaban las noticias que traian las naves mientras en torno a ellos bullian saltimbanquis, encantadores de serpientes, buhoneros y pasaban reatas de esclavos con cadenas que ocupaban los remos de las embarcaciones antes de zarpar. La mona, Abel y yo nos moviamos bien por las calles de Biblos y mi oficio era muy apreciado por el armador que nos mantenia. Mi trabajo con los punales habia alcanzado cierta fama de perfeccion y muchos consignatarios, en remotos puntos de destino, ya exigian que el arma llevara el sello de Cain como marca acreditada. Mi anagrama consistia en un cero, y sobre el perfil de la circunferencia, rodeando la constancia del infinito, iban mis cuatro letras inscritas en oro. Habia en Biblos un gran comercio en tierras minerales que daban color a las telas de lino, y las muchachas de alli tenian renombre por la suavidad de sus manos para las caricias de la carne y por el amor al hilado. Aquellas sedas eran viento tejido y sus miradas calientes tambien tejian el aire.

A pesar de todo, yo queria triunfar y ser admirado por mi virtuosismo con la flauta, y esperaba con emocion la caida de la tarde para ir al prostibulo a ejercer mi arte entre ebrios voluptuosos y encantadas sirenas. Nada se puede equiparar al placer que experimentaba al ver que una melodia sonada por mi excitaba el cuerpo de Abel y lo movia a danzar. Aun estaba enamorado de mi hermano, pero su hermosura era ya tan impudica que no lograba retenerla un solo amante. Abel pronto se revelo como un homosexual caprichoso y la sibila propietaria del burdel comenzo a ofrecerlo a sus clientes mas distinguidos, a los magnates de la madera, navieros, comerciantes acaudalados que parecian entender de joyas y de mancebos. Aquellos ojos azules, aquella piel de caoba se escapaban de mi presencia a menudo. Sus fugas repentinas me hacian sufrir y a la vez llenaban mis venas de una sensibilidad morbosa nada desagradable. Vivia entonces una exaltacion de los sentidos. Atardeceres de albaricoque, nubes de golondrinas iluminadas de lado por el crepusculo, murallas de Biblos bajo un polvo de canela, perfumes de almizcle, pimienta y anis. Iba por las calles de Nueva York empapado por el agua

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