estas visiones. Su silencio era absoluto aun cuando en nuestro camino aparecian cadaveres de hombre a medio pudrir, coronados con casco y equipados con correajes y panos de lona verde. Se trataba de mundos superpuestos, no comunicados. Entre el dios que habita en las esferas y el espiritu del mal que vive en el centro de la tierra, aquel soberano mercader sabia que su sagrada mision consistia en el intercambio de preciados bienes que ofrecieran ganancias, placeres y amistades con gente desconocida. El resto no le interesaba nada. Ni siquiera se planteaba la existencia de seres inmateriales o de fuerzas omnipotentes, aunque en ocasiones las historias que yo le contaba de Dios le divertian.

– ?Y es cierto que practicabas el boxeo con el?

– Asi es, alteza.

– No mientas, Cain -exclamaba riendo.

– Juro que Dios, al que llaman Jehova en aquel punto del desierto, bajaba del cielo a batirse conmigo.

– ?Bajaba solo?

– Solia llegar rodeado de doce gorilas que eran arcangeles. Dios jugaba a ganarme en todo, reia, me machacaba, se zampaba los frutos que yo le ofrecia en el altar, me mordia la nuca, me recordaba los preceptos y luego emprendia vuelo en escuadrilla con su escolta como esos pajaros de acero que vemos cruzar el espacio.

– ?Crees que ese Dios de tu adolescencia y sus chimpances celestiales serian capaces de vencer a mi guardia? ?No podrian ser capturados?

– Se en que estas pensando, alteza.

– Seria un negocio redondo. Toca la flauta, Cain.

– El Dios de mis padres nunca se dejara cazar.

– ?Seguro, muchacho?

– Va con ello mi sangre.

– La perderas si apuestas. Un dia, en alguno de mis viajes, me encontrare con ese boxeador pretencioso, degustador de lechugas y cabritillos, le echare la red encima y lo llevare enjaulado junto con su corte hasta entrar triunfalmente en Babilonia o en Jaffa. ?Cuanto crees que daria por el un buen coleccionista?

– Nadie osaria echar monedas en su calcanar.

– ?Ni en el zurron de sus simpaticos gorilas?

– Tampoco.

– No me interesa un Dios que no da dinero. Vamos a olvidarlo.

Despues de muchos meses de travesia, en el horizonte comenzaron a espejear una laderas saladas; infinitos e imperceptibles granos de vidrio desafiaban desde el suelo la luz del sol; se sucedian hileras y circulos de juncos que orlaban la copa de los arenales y sobre las dunas volaban y gritaban unos pajaros blancos que yo nunca habia visto hasta entonces. Se llamaban gaviotas o albatros. De repente, recibi un fogonazo del maximo azul posible. El mar estaba alli, aunque la ciudad de Biblos aun no era visible. Que sentimiento tan profundo experimente ante la inmensidad del agua. Que nueva gran madre halle. Que clase de intima alegria se habia apoderado de cada parte de mi cuerpo. ?Acaso mi alma y el mar se reconocian desde el fondo de la misma sustancia? Eva marina, ahora te recuerdo tumbado en Manhattan.

Algunos campos de verdura se divisaban ya y los cipreses se alternaban con las palmeras, las manchas de vinedo con oscuros huertos de aguacates, y por distintos caminos, entre frutales, discurrian jumentos pensativos montados por seres tambien silenciosos que se dirigian a la ciudad. Desde la falda de una loma donde crecian naranjos y limoneros vi las primeras piedras de Biblos. Eran almenas dentadas. Luego aparecio el lienzo sur de la muralla que la luz de la tarde amasaba con canela bajo un cielo color albaricoque enmaranado de golondrinas. La puesta de sol encendia de un lado todas las cosas, todos los rostros. Nunca olvidare la suavidad de aquella brisa ni el ruido de metales y alaridos humanos, el enjambre de buhoneros, saltimbanquis, mendigos y magnates que me inundo en las calles. La caravana del principe Elfi, con todo el sequito, entro por la puerta principal de Biblos y un gentio dispar en raza y color de la piel nos saludo levantando los brazos con alborozo. El principe era reconocido por todos los artesanos y alarifes que trabajaban bajo los dinteles de sus casas y ellos tambien elevaron una sonrisa a nuestro paso. El punto de destino era la explanada del puerto y los camellos sabian como llegar hasta alli. Troncos de cedro perfumado se almacenaban en los muelles y la vision de los barcos pintados de rojo, el pequeno bosque de palos, gavias, masteleros, trinquetes y algunas velas hinchadas que en ese momento entraban por la bocana me lleno el corazon de jubilo. Por fin, Abel, la mona y yo estabamos en Biblos.

A las once de la manana me ha llamado por telefono la voz mas fastuosa de Helen. Crei que el auricular me iba a reventar en la patilla.

– ?Estas en todas las paredes! -grito.

– Repite eso -le dije.

– ?No oyes el ruido de las copas? Lo estamos celebrando. Han empapelado con tu rostro varias estaciones de suburbano.

– ?Que estais celebrando?

– Hay pasquines de tu figura en Times Square. Tu retrato tambien adorna las comisarias y todos los puestos de control. Has triunfado, chico. Lo sabia. Lo sabia.

– ?Que sabias tu, maldita mona?

– Que tu nombre saldria por la boca de los predicadores, periodistas, teologos, politicos, moralistas de todo el mundo. Sabia que mi novio un dia seria proclamado rey del saxofon y santo patron de todos los asesinos.

– Helen. Oh, ni querida negrita de nalgas de almendra.

– Que.

– Me quieres demasiado. Yo no he matado a Abel.

– ?Que dices, bellaco?

– No he matado a Abel todavia.

Nueva York exhibia el color de otono, el hedor de siempre: delicados amarillos y purpuras en Central Park, rojos sangre de perro en los carteles de salchichas, rosas desvaidas en el rostro de los heroes de las pancartas y el dulce olor de gas penetrado por la putrefaccion de un millon de tartas de fresa. Me eche a la calle sonriendo a todos los mendigos y por delante de mis ojos desfilaban negros en cadillacs blancos con sombreros de copa fosforescentes, ancianas vestidas con trajes de ballet, viejos de ochenta anos que hacian footing, heroinomanos transparentes, limusinas blindadas como sarcofagos con un prodigioso carnicero en su interior, y yo los amaba a todos. ?Era exactamente mi alma la que estaba pegada en las paredes de la 42? Habia un estercolero de carne en aquella esquina con la Octava Avenida y por la acera fluctuaban camellos que predicaban la mandanga en voz baja y algunos seres mutantes dormian en posicion fetal en los cubos de basura y a las once de la manana las bombillas que orlaban los paneles encendian y apagaban grandes tetas e inmensos culos que parecian puertos de mar donde iban a caer deseos de cuarenta dolares. Al pasar por esa esquina, algunos extraterrestres me saludaron como a un emperador. Salve, Cain. Diestro con la quijada de asno, invicto derramador de sangre de perro, amor de los apestados, ?quieres un pico de heroina? Veras las palmeras de Biblos con el humo de tu adolescencia dormido sobre sus murallas. Yo caminaba por las calles de Manhattan entre hirientes imagenes de panasonic, calientes vallas con chicas abiertas de piernas que anunciaban bragas o salchichones y reatas de adolescentes con cresta de gallo pintada de carmesi, y recordaba un pasado en el desierto lleno de salmos y escorpiones, de preceptos y reptiles. A pesar de todo, habia sido un nino feliz. Mi padre me habia ensenado a rezar y a traves de su mirada me inoculo el terror a lo desconocido, el miedo a Dios. Su propia inseguridad la vertia sobre mi ejerciendo el papel de patron duro de cerviz y, a la vez, dubitativo. De el herede la pasion por la duda, el placer intimo de la desgracia. Mi padre habia elevado el sufrimiento a la categoria de refinado arte del espiritu, pero el desierto tenia momentos de una suavidad carnal tan profunda que los perfumes de algunas flores en el oasis llegaban a confundirse con los latidos interiores del alma. Atravesando diversos tuneles de suburbano yo llevaba en el cogote ciertas visiones: los dientes de oro de mi padre, la luz color tortilla de aquel nido de ametralladoras donde me inicie en el sexo con Abel, los gritos de Jehova cuando me llamaba a su presencia, la cara rubicunda de la divinidad con aquellos pelos de oro que le salian de las orejas y de las fosas nasales, las alambradas sucesivas que marcaban una tierra de nadie, la explosion de aquella mina y la

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