amaestrado cruzaron unas voces o tal vez un sentimiento. La garganta de aquel ser aun era muy rudimentaria. Cuando el amo le dijo que tratara con suavidad la dulce carga del adolescente, el arcangel emitio unos sonidos poco articulados entre los cuales sono uno con nitidez. Jehova. El gorila de confianza parecia querer indicar al monarca enamorado que el conocia a Abel desde mucho tiempo antes. Yo trate de deducir que el guardaespaldas habia servido al Dios del desierto, pero el significado no lo descubri hasta que no estuvimos en alta mar con la proa puesta rumbo a Jaffa. Sentados en cubierta, con las velas hinchadas por un viento largo que hacia crujir las cuadernas del navio, el arcangel peludo me hizo una revelacion.

Cuando esta manana andaba por las calles de Manhattan, bajo la lluvia, henchido de gloria al ver mi imagen en todas las paredes, de pronto un perro de raza indefinida y con trazas de haber sido abandonado comenzo a seguirme. Podria tratarse de un pastor aleman o de un perro policia, aunque era casi silvestre. Primero, el animal anduvo un buen trecho detras de mis pasos, luego se puso a mi altura y me miraba sin cesar con unos ojos color miel que poseian un cariz humano; finalmente me adelanto unos metros y, manteniendo siempre la misma distancia, parecia dispuesto a guiarme. Yo no me dirigia a ninguna parte en concreto. Habia saltado de la cama despues de haber pasado la noche en el paraiso. El grito de mi chica por el telefono anunciandome la buena nueva de que yo era un infame censado, con el rostro en los carteles, me lleno el corazon de jubilo y quise comprobar por mi mismo el exito en el asfalto. Habia recogido los primeros saludos de los mendigos de Nueva York, me habian abrazado algunas rameras de la calle 42, habia compartido sonrisas de hermandad con los seres mas deleznables que duermen en los cubos de la basura, una muchacha rubia de carne angelical me habia escrito aquella cifra enigmatica en el vaho que su aliento habia dejado en el cristal de una ventanilla del suburbano, un desconocido con paraguas amarillo me habia tendido un papel mojado para que yo estampara en el una sentencia, y ya habia firmado muchos autografos mas, habia comenzado a impartir doctrina y yo iba por la ciudad y recogia miradas o gestos de asombro, de terror, tambien de compasion. Un hombre rata habia caido a mis pies y ahora un perro sin raza ni collar me conducia por las aceras de Manhattan segun su capricho obstinado y yo me dejaba llevar. El animal estaba decidido a cumplir con su obligacion, ya que cada medio minuto volvia la cabeza para comprobar si le seguia, y cuando me veia dudar tiraba de mi agarrandose a un fleco de la gabardina con los dientes. Mientras mi chica, en la cafeteria donde trabaja, en medio de un altercado de pizzas y hamburguesas volatiles, celebraba con los amigos el hecho de tener el novio mas asesino, yo, por dentro, me encontraba perdido del todo, aunque el perro no disimulaba sus intenciones de llevarme hacia la Quinta Avenida. Delante de la catedral de San Patricio paro en seco. En las escalinatas hizo un breve ejercicio con una pata para rascarse las pulgas y a continuacion penetro en el cancel del templo y yo fui detras del perro por el pasillo de la nave principal entre las filas de bancos donde muchos neoyorkinos, arrodillados a la luz cernida de los vitrales, rezaban a un dios verdadero, propietario de todo el dinero del mundo. Frente al cemento gotico de San Patricio, en la pista de hielo del Centro Rockefeller, patinaban viejales de esmoquin con la cara empolvada y los labios pintados de violeta, abuelitas adornadas con gasas de hada madrina, maricones con colas de pavo real. Ellos seguian los compases del Danubio azul, y dentro de la catedral el organo tocaba una falsa fuga de Bach, que movia el corazon a pedir bienes al cielo. El perro andaba a sus anchas por el interior del recinto. Me llevo hacia el presbiterio, subio las gradas con elegancia liturgica, dio algunas vueltas alrededor del altar como un oficiante y, de pronto, encaramando ambas garras delanteras en el ara, solto un par de ladridos secos y luego un aullido prolongado que resono con varios ecos en todas las bovedas. Los fervorosos clientes del establecimiento quedaron pasmados pero nadie se atrevio a decir nada, ningun sacristan se acerco a reprocharme, tal vez porque se veia claramente que yo no era el amo del animal, sino su siervo. El sonido de sirenas de la policia que llegaba desde la calle formaba una amalgama con los acordes del organo y los canticos que salian de una capilla lateral ocupada por una densidad de fieles que asistian a una misa celebrada por un preste gordito, rubicundo, con gafas de oro. En ese momento, el daba la comunion y aquellos catolicos ya iban cantando en hilera directos al banquete eucaristico, y el perro se puso en la cola, y yo tambien avance detras de el hasta que juntos llegamos al pie del copon, y entonces el perro se apresto a recibir la sagrada forma e incluso abrio el belfo de caucho lleno de baba ante el ademan tedioso del sacerdote irlandes, pero este detuvo en lo alto a Dios entre sus dedos al comprobar que tenia ante si a un can enorme de pelo hirsuto con los colmillos dispuestos. Los fieles se hallaban sobrecogidos ya que el animal, levantado de patas en el reclinatorio, despedia un fervor religioso de primera magnitud y todo parecia deberse a un misterio indescifrable. Aun cundio mas el panico cuando el perro lanzo un aullido al ver que la hostia se le negaba. Aquel alarido de lastima duro un minuto casi eterno e hizo enmudecer al organo y tambien cesaron los canticos. Solo las sirenas de la policia y la garganta del perro levitico quedaron sonando en el interior de la catedral, y fue tanta la emocion piadosa que de la escena emanaba, sobrepasando la razon, o tanto el miedo que los dientes de aquel ser provocaron en el sacerdote, que este ofrecio la comunion al perro, el cual la recibio con uncion extraordinaria. A continuacion, tambien yo comulgue de modo mecanico y en seguida los dos abandonamos el templo ante las profundas reverencias que los creyentes hacian a nuestro paso. No muy lejos de San Patricio esta la joyeria de Tiffany's. Con la divinidad en el estomago, el animal me condujo hasta alli. En la puerta blindada de ese comercio habia un par de prohombres con cananas, los cuales sobaban la culata de un pistolon, y en el interior del local abarrotado aun habia mas revolveres, pero el publico se movia discretamente por el laberinto de vitrinas y mostradores repletos de piedras preciosas y los dependientes cegaban con brillos de esmeralda o diamante la oscuridad de algunas almas. Como si se tratara del mejor cliente, los vigilantes de la entrada doblaron el espinazo y una sonrisa de sumision se les cayo al suelo cuando el perro traspaso el umbral. Tal vez esta operacion la habia realizado en otras ocasiones ya que los empleados de la casa, al advertir la presencia del perro, entraron en un estado de convulsion. El consejero delegado comenzo a dar las ordenes oportunas mientras la fiera se comportaba con aplomo de experto en alta joyeria y se paseaba por el recinto entre la confusion de otros compradores, a la espera de que sus deseos fueran pronto satisfechos. Con asombro vi que el perro se dirigia hacia una de aquellas arcas de cristal donde en nidos de terciopelo o tafetan reposaban joyas exquisitas y que una fina encargada lo recibia con una esmerada gentileza no exenta de terror. En el fondo del cofre transparente habia un tesoro: una paloma de oro cuyas alas eran de brillantes de cinco quilates, la cola de esmeraldas de Muzo y los ojos estaban formados por rubies sangre de pichon. Diademas, broches y brazaletes con figuras de aspides sagrados, escarabajos modernistas y diversos insectos con caparazones de pedreria y filamentos de platino. Yo estaba junto al perro. Este habia puesto el morro en el mostrador y jadeaba con un palmo de lengua colgada. Entonces, la atildada dependienta, senora de media edad con blusa y lazo de seda sobre el esternon, abrio aquella vitrina antibala bajo el amparo de un elegante inspector con pistola, y dirigiendo hacia mi su dentadura de porcelana, me dijo:

– Escoja la pieza que mas le guste, senor.

– Perdon. No he venido a comprar nada -conteste.

– ?No es usted amigo del perro?

– Bueno, digamos que el me ha traido aqui. Voy perdido por la ciudad y le he seguido.

– Elija una joya, pues.

– ?Es necesario hacerlo?

– Es un obsequio que le ofrece la casa -dijo el inspector mientras acariciaba el arma en la axila.

– Me gusta esa perla negra.

– Muy bien. La perla es suya.

Tenia el tamano de un huevo de golondrina y semejaba una tiniebla amasada con luz. Me sentia perturbado y no supe que hacer, pero el propio consejero delegado se acerco a nuestro estante y el en persona fue el que me entrego la joya de forma solicita, y luego, flanqueado por crueles vigilantes elegantisimamente armados, me acompano hasta la puerta y alli me despidio con almibarados jeribeques ante la impaciencia del perro que me esperaba ya en la acera para llevarme, sin duda, a otros lugares. Caminando por las calles de Manhattan pegado al rabo de mi protector, yo me preguntaba por que la voluntad de los sacerdotes y joyeros se doblegaba con solo mirar a ese chucho. ?Que saldria de sus entranas ejerciendo tanto poder? Descubri la grandeza de este ser al comprobar que los poli cias le saludaban cuadrandose de modo castrense. Casi fue una visita de cumplimiento. Con un ligero trote, el perro me abria paso en el trafico de la ciudad y yo no hacia sino seguir con obstinacion su trasero, aunque por dentro me veia extraviado. Al pasar junto a una comisaria se detuvo, volvio la cabeza hacia mi e hizo un ademan de invitarme a entrar, y frente a una tenue resistencia que le mostre el perro reacciono dandome una carinosa dentellada en el zapato. En esas dependencias, mi companero parecia ser un viejo conocido. Subi con el a la primera planta y vi que en el cristal de algunas peceras estaba mi

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