el encargado de desatrancar aquellos sumideros de la justicia al mando de un comando negro. Una manana de mi primer otono en Nueva York iba yo por el gran pasillo del Juzgado Central armado con una escobilla electrica y un tambor de detergente en direccion al sotano y por alli cruzaban agentes, auxiliares, tipos aperreados por la vida, magistrados, delincuentes esposados, procuradores, ajusticiados inocentes, delatores y bedeles que arreaban carretillas de legajos, y tambien pasaban policias cuya cadera se veia cuajada de hierros. Yo caminaba y silbaba con la visera levantada, y de una estancia repleta de sumarios salio aquella muchacha con un vaso de papel lleno de cafe. Casi tropezo conmigo y sin mirarme a la cara me pidio fuego de forma mecanica. Deje la impedimenta en el suelo y mientras buscaba el mechero hasta el ultimo bolsillo ella dijo:

– Perdona la molestia.

– No tiene importancia. Es un placer -conteste-. No soy mas que un inspector de retretes, pero tengo la mejor llama para ti.

– Gracias.

– No hay de que. Solo es un cigarrillo.

– Perdon. ?Te parece poco?

– Realmente, un cigarrillo no es nada.

– Gracias.

La muchacha me vio partir a lo largo del corredor y probablemente la seduje de espaldas por mi forma de andar apanterada. De hecho, esa manana fregue los retretes y urinarios del Juzgado Central, donde no habia mas hedor que el de costumbre, y realice esta labor a conciencia, canturreando las primeras baladas neoyorquinas que habia aprendido. Ante la puerta cerrada de los lavabos se agolpaban muchos hombres de leyes. Querian drenar el cuerpo y desde el interior yo les gritaba: calma, chicos, un poco de calma, vayan a impartir justicia mientras echo amoniaco a este estercolero, todavia pueden ustedes condenar a alguien durante cinco minutos. Cuando hube terminado el trabajo, abri la cerradura y todo el mundo del Derecho entro en tromba a ocupar las tazas, y yo volvi mis pasos por el mismo camino con la escobilla electrica y el tambor de detergente vacio, y al llegar a aquel punto del corredor la muchacha salio de nuevo de la estancia llena de legajos y me abordo con gran desparpajo.

– Hola, muneco -me dijo-. ?Te importaria darme fuego otra vez?

– Por favor -exclame riendo.

– Gracias.

– Nada, hermosa.

– Perdona que insista. Gracias.

– Solo es un cigarrillo.

– ?Nunca te han dicho que caminas como una pantera de Somalia?

Esta secretaria de juzgado que olia a una mezcla de arroz con leche y papel timbrado fue mi primera novia en Nueva York. Estuve viviendo con ella unos meses en una buhardilla o carbonera de Tribeca, junto al barrio chino, y alli el corazon se me hizo a gozar de una mujer rubia y mi estomago se acostumbro a comer queso con apio y helados de sabores sinteticos. ?Como se llamaba? En este instante no me acuerdo de su nombre, pero no he olvidado su carne de nacar, la peca en el gluteo izquierdo y aquellas manos tal vez demasiado blandas que de dia cebaban un ordenador y de noche me acariciaban sin detenerse nunca. Se llamaba Dorothy. Eso es. Ahora acaba de llegar la paloma a mi memoria. Sin duda se llama Dorothy todavia, aunque hace tres anos que ha desaparecido de mi vida. Cada manana ella dejaba preparados dos platos de avena, uno para mi y otro para el gato. De pronto, al amanecer, parecia que en la carbonera sonaba un disparo y ella saltaba de la cama, enchufaba la television y comenzaba a hacer gimnasia siguiendo los movimientos que un galan le marcaba desde la pantalla. Luego aullaba bajo la ducha, abria puertas, golpeaba armarios, calentaba cacharros en la cocina, tragaba varias pildoras, se vestia compulsivamente, bebia un cafe, preparaba la avena para el gato y para mi, salia de casa y en el rellano se pasaba el ultimo viaje de cepillo por la cabellera, acababa de pintarse la boca en el montacargas, se ajustaba las medias antes de transgredir el portal, taconeaba la acera con fiereza hasta la parada del autobus y este la llevaba al pie de un enorme edificio gris, estilo hormigon felices anos veinte, en la Cuarta Avenida, y alli ponia las dulces posaderas, que eran mias, ante una gran maquinaria electronica. Su mision en este mundo consistia en alimentar desde aquella estancia de los sumarios un ordenador macho, que tragaba y luego escupia los antecedentes penales de cualquier ciudadano de Nueva York con solo apretar un boton. Mientras ella hilaba este maldito embrollo con infinitos cables, yo me pasaba todo el dia en su cama, tomaba la avena en compania del gato, me rascaba los rinones bajo el pijama, bostezando, dormitaba otro rato, comia queso con apio, veia concursos por television y a las cinco de la tarde ella regresaba y yo la esperaba dentro de las sabanas. Dorothy se habia enamorado por mi forma de andar, pero yo no recuerdo estar junto a ella sino tumbado siempre y machacandola con el hacha de la pelvis. Una noche, en medio de la brega, se lo dije:

– Puesto que trabajas con una computadora de antecedentes penales, pincha mi nombre a ver que sale.

– Ya lo he hecho -contesto la chica.

– ?Y que?

– He pulsado la palabra Cain en las teclas y no aparece nada. Estas limpio, carino. No tienes ninguna historia.

– ?Humm…!

– ?Acaso hiere eso tu vanidad?

Dorothy, la de la peca en el gluteo izquierdo, me habia retirado de la circulacion, asi que durante un tiempo experimente increibles placeres de chulo. En realidad, ella jugaba todos los dias con dos maquinas: a una la cebaba con datos culpables y a la otra, que era yo, la alimentaba de amor o deseo, pero a veces tambien podia suceder al contrario. ?No seria yo el recipiente donde aquella muneca vertia sus traumas y mi alma los asumia para transformarlos en pecado? Por otra parte, el ordenador del Juzgado Central me parecia un ente matematico tan inocente como las propias leyes de la naturaleza, en cuyo reino habia sido introducido por los ultimos avances de la informatica. En esa epoca comia a expensas de la chica, practicaba con el saxofon sentado en el borde de la cama deshecha y de noche la picaba. Ella me presento a un tal Jeremias Cohen, el cual conocia a un tipo de la radio, y este me llevo a la trastienda de un garito de musica y alli me solto. En ese sotano funcionaba un grupo de aficionados a la astrologia y a hacer ruido con instrumentos variados. Habia gente rara en aquel pozo. Unos formulaban consultas a los espiritus y otros tocaban el clarinete, y bajo el sonido de unos trombones varias pitonisas echaban las cartas. Aquellos tipos formaban una especie de secta esoterica y todos se reunian al atardecer porque tenian la percepcion de que un emisario estaba a punto de llegar para llevarselos a Ganimedes. Realmente habian alquilado aquel antro como sala de espera, apeadero o pista de despegue. Creian que, de un momento a otro, un extraterrestre podia llegar por arriba o por abajo y transformarlos en felices psiconautas hacia un planeta donde funcionaba una floreada sociedad de angeles nuevos. Este mundo es un melon cebado con dinamita que esta a punto de estallar, pero el enviado de las esferas venia con el encargo de rescatar a los ciudadanos mas dulces, arrebatarlos en un carro de fuego y conducirlos a un lugar incontaminado del universo para fundar alli un reino de peregrinos que solo sonaran con ser olvidados. Cuando entre por primera vez en aquel recinto me parecio un anden lleno de pasajeros sentados, muchos de ellos con pinta de pirados, que mostraban una extrana esperanza en los ojos. Habia un joven con leviton y peluca empolvada igual que la del juez del condado de Chester, un ciego que tocaba el fagot, un anciano de ojos azules, que aun no habia perdido la pureza de la ninez, vestido con tunica romana y una sopera de metal en la cabeza, algunas mujeres maduras con el rimel corrido y la boca pintada en forma de corazon, un genero varado cuya imaginacion la incendia el horoscopo o el tarot. Apenas habia bajado al sotano del brazo de aquel tipo de la radio, un ser que guardaba la puerta me dijo:

– Has llegado a tiempo, cofrade. El extraterrestre esta a punto de acudir en nuestro auxilio con un colchon flotante. ?Que instrumento tocas?

– El saxofon -conteste.

– Sientate en el suelo. Haz musica y espera.

El salon estaba abarrotado. Barria el espacio una linterna roja que daba vueltas en el techo a modo de faro y las rafagas iluminaban diversos bancos y mesas donde las pitonisas sorteaban el pasaje hacia el mas alla con el caballo de oros. Me acomode al lado de una chica de cara palida, lavada con lejia y estropajo, que le habian dejado el cuerpo astral en carne viva. Se hacia llamar Blancanieves y andaba ya medio

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