colgada y veia el emisario en todas partes, descubria la senal convenida en cualquier gesto que no fuera rutinario. Segun ella, un conductor de autobus de la linea 87, que pasa por Times Square, era extraterrestre; un dependiente de la tercera planta de los grandes almacenes Marston, situados en la Sexta Avenida, era extraterrestre; varios representantes del Congreso eran extraterrestres; una chica mulata llamada Helen, que trabajaba en una cafeteria de la 53 con Madison, era extraterrestre. Ellos se encontraban ya entre nosotros y solo esperaban una prueba de amor para cerrar el circulo. Mientras tanto, en aquel antro sonaban toda clase de instrumentos, se cuchicheaban noticias fabulosas y se interrogaba a los espiritus en voz alta. Daba la sensacion de que alguien habia reclutado a esta pandilla de alucinados en la calle con un detector magnetico y la habia rescatado para el juego de la percepcion. Una madama se paseaba entre los grupos e iba colgando a su antojo una guirnalda de mirto en el cuello de los reunidos para que sirviera de contrasena; les adornaba con flores las orejas, la barba y la cabellera, y los preparaba asi para un largo vuelo. A los mas intimos los tenia agrupados bajo un loro disecado en la pared y estos neofitos ponian la cabeza ladeada y los ojos desvariados por una felicidad de retablo bizantino. Les echaba las cartas y les hablaba del valle de los dinosaurios, de la telepatia, de las sociedades hermeticas, de los cenotes hermeticos de los mayas, de la piramide de Cholula, del candelabro de los Andes, del nino gacela del Sahara, del misterio de la cobra de los sarcofagos egipcios, de la ciencia segregada por la anemia junto al templo del Mono en la India. Por un instante, la madama ceso de hablar y con manos anilladas y huesudas busco las pastillas para los nervios en una cajita de plata, y entonces me echo encima una profunda mirada que no aparto hasta que sonrei. Ella quedo muy sorprendida y vi que entraba en una suerte de excitacion convulsa cuando el chico de la radio se acerco a hacerle una confidencia al oido. La madama ingirio unas tabletas y luego levanto los brazos, y a gritos reclamo silencio, cosa que no consiguio, pero en medio del estruendo de la musica que cada uno improvisaba y de las voces acerca del otro mundo que todos emitian ella comenzo a clamar buscando interlocutores:

– Eh, amigos, amigos, callad. Escuchadme. Voy a daros una noticia extraordinaria. ?Sabeis quien esta entre nosotros? No seriais capaces de adivinarlo nunca. Un personaje de excepcion recien llegado del desierto acaba de hacerse socio de nuestro club.

– ?De que estas hablando, querida? -preguntaban algunos.

– Mirad, mirad a este magnifico muchacho de ojos verdes. ?No descubris la senal que lleva en la frente? ?No os recuerda nada eso? ?Es Cain!

– ?Es el emisario que estabamos esperando?

– Ven, hermoso -exclamo la madama-. Levantate para que todos te veamos. ?Como te llamas?

– Cain es mi nombre -respondi.

– ?Habeis oido, hermanos?

Sin embargo, los trombones, clarinetes y trompetas no habian cesado y muchos viajeros de aquel anden abarrotado no estaban atentos a esta conversacion, pero el joven de la peluca y el viejo de ojos azules, adornado con tunica y casco, se acercaron a felicitarme, algunos musicos de la orquestina me abrazaron y la chica de la cara lavada con lejia, que estaba a mi lado, me pregunto:

– ?Eres tu el verdadero Cain?

– Me temo que si -conteste.

– Todos hemos sido algo importante en alguna vida anterior. Yo fui hetaira en tiempos de Pericles, monja medieval en un convento de Siena, amante de un cardenal renacentista en Roma y cortesana en Versalles. Tambien he sido bucanero en el Caribe.

– ?Y ahora que eres?

– Trabajo en una cafeteria-restaurante. Sirvo huevos fritos con jamon y tai titas con sirope en el desayuno, pizzas y hamburguesas al mediodia y pasteles variados a la hora de la merienda. Y de noche vengo aqui. Estoy esperando que el emisario me lleve a Ganimedes. ?Eres tu el verdadero Cain?

– Creo que si, y no he vivido mas que una sola vida multiplicada por los suenos. Soy Cain, ?tu como te llamas?

– Blancanieves.

Algunos musicos rogaron que subiera al pequeno estrado para sumarme a la orquestina improvisada que amenizaba la esperanza de aquellos seres. Fue mi primera actuacion en publico. Puestos en pie, los nuevos companeros me recibieron con un aplauso y el ciego del fagot volvio sus corneas de almeja hacia mi y en una mano tenia el instrumento y con la otra me tento el rostro hasta que la yema del indice tropezo con el cero que llevo entre las cejas.

– Sin duda eres Cain.

– Si.

– Amigos, vamos a celebrarlo -grito el ciego.

Entonces comenzo a sonar la fanfarria, y yo me incorpore con el saxofon, y bajo la musica una clientela de ardientes visionarios echaba cartas astrales, se leia las rayas de la palma, se escrutaba el iris de los ojos, hacia horoscopos, consultaba el loro disecado en la pared; enormes abuelas de rimel corrido, sujetos acicalados con capas, plumas de faisan, cascos o soperas de alpaca en la cabeza querian volar, y para eso no dejaban quietos los brazos. Se entrelazaban, se besaban, suspiraban y la orquestina tocaba una balada campestre mientras tanto. La madama queria prohijarme y tenia flores preparadas para mi pelo y un catre en su casa, pero Blancanieves fue una companera extrana, casi transparente, de una dulzura exquisita. Con ella recorri algunos paraisos de Nueva York y me inicie en la comida macrobiotica. Hubo un tiempo en que ibamos cogidos de la mano a buscar rayos de sol en el Central Park. Blancanieves me guiaba por ese camino. Comiamos zanahorias y vitaminas. Ella se movia alrededor de mi como una bailarina y me hablaba de los espiritus que iban a gobernar el futuro, de los cataclismos inminentes. Me recomendaba tomar minerales y banos de arcilla, que eran antidotos contra los virus del Pentagono. Blancanieves me decia:

– El fin del mundo se acerca. Carino, comprate unas zapatillas.

– ?Para que?

– Estamos en visperas de una hecatombe nuclear, pero el emisario de Ganimedes ha llegado ya para rescatarnos. Mientras tanto, nosotros debemos caminar sin descanso. Esta es la consigna. Antes de que caiga la bomba atomica hay que comer muchos vegetales, tomar minerales y vitaminas, cargarse de energia mediante algunas semillas portentosas que venden en un herbolario de Hudson Street.

Yo daba con Blancanieves insaciables caminatas por Manhattan a fondo perdido, solo porque al final ella me lamia la oreja como una perra afgana y me hablaba de dioses modernos cuya luz era la clorofila y su poder la perfecta regulacion del vientre. Andaba con Blancanieves cogido de la mano y ambos nos instalabamos bajo un rayo de sol en Central Park, y alli haciamos el amor para provocar a los guardias y luego subiamos en aquel autobus que era conducido por un extraterrestre y visitabamos puntos magneticos de la ciudad, la discoteca Area, criadero de mutantes, o ibamos a bailar a Paladium y alli, tumbados en una lona con los dedos de cristal entrelazados, guardabamos silencio o me contaba cosas de su amiga Helen, una mulata de piel muy oscura, o tal vez de color violeta, que al parecer habia habitado en otra galaxia y aun tenia las cejas escarchadas de estrellas y tambien las pestanas y el vello del pubis. Ahora servia con ella hamburguesas en la misma cafeteria restaurante. En la sala Paladium bailaban posmodernos de Nueva York, seres de cuello trasquilado, y en los lavabos habia pesebres llenos de cocaina. Le pregunte a Blancanieves si conocia a aquel tipo de la radio que me habia llevado al club de los psiconautas.

– Se que se llama Dick Ryan -contesto.

– ?Es extraterrestre?

– Nada de eso. Trabaja en una emisora de tercera clase. Tiene un programa nocturno y transmite nuestros mensajes para que sean recibidos por ellos.

– ?Por ellos?

– Por la gente de otros planetas que vive entre nosotros. Son miles. Seguramente son decenas de miles.

Cuando Blancanieves hacia el amor, en el punto superior del orgasmo le sonaban todos los cartilagos y su garganta emitia palabras que no estaban en ningun diccionario terrestre. Blancanieves me llevo un dia a la cafeteria restaurante para que conociera a Helen, y ahora que ha pasado el tiempo, Helen se hallaba sentada con los amigos anoche en el local de jazz, en Soho, donde un famoso conjunto

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