remos bajo el son del latigo que restallaba en la bodega, y mientras la tripulacion ultimaba la faena de atraque sonaron los timbales e instrumentos de plata puestos en bateria. Reinaba el silencio de mediodia. Aquella gente era aliada del rey Shivoe o tal vez le debia vasallaje o le rendia tributo, el caso es que nuestro gordito y feliz soberano, despues de haber tomado las aguas famosas del balneario de Biblos, sin dejar de hacer algunos negocios, desembarcaba ahora en Jaffa y llevaba como primer mancebo de su corte a mi hermano Abel, de cuya hermosura se habia prendado. Lo habia arrebatado a mi corazon, dejandolo lacerado de melancolia.

Cuando el barco estuvo amarrado de popa con barbas de gato, echaron la escala y el rey Shivoe bajo a tierra para cumplimentar y ser cumplimentado por los representantes de la ciudad. Aproveche ese momento del protocolo que se efectuaba en la explanada del puerto, al pie de la muralla, y entre en el camarote regio donde Abel permanecia desvanecido, por el encanto de si mismo entre almohadones. Elevo una mirada azul y, al verme, jugo brevemente con el amuleto que colgaba en su pecho y sonrio con dulzura. Me acerque a el y quise acariciarlo temblando, y el aparto mi mano sin demasiada energia. Le renove las protestas de amor, le dije que los celos me roian, le suplique con lagrimas en los ojos que no me dejara y, ya que habia conseguido los favores de un rey veleidoso y lleno de poder, que respondiera si aun me amaba en secreto. Abel nada respondio a esto, pero, a su vez, lleno de mimo, me pregunto de pronto:

– ?Donde guardas las joyas?

– Las llevo siempre conmigo aqui, en una pequena bolsa de cuero. Forman parte de mi sexo. ?Acaso deseas realizar aquel sueno otra vez?

– Solo quiero saber si alguna de esas piedras preciosas me pertenece.

– Tanto como mi cuerpo -exclame.

– Ha sido esa la unica herencia que sacaron del paraiso nuestros padres. Ese tesoro es su memoria que nos reduce al pasado. Me gustaria verlo de nuevo.

– Verlo o descubrirlo.

– Asi es.

– El rey tardara en llegar. ?Oyes las trompetas? Junto a la puerta principal de la ciudad, al pie de la muralla, el rey va a celebrar una larga ceremonia de bienvenida a la que seguira un banquete. Tenemos un tiempo para el amor. ?Quieres volver a iniciar aquel camino?

– Si -dijo Abel.

Sonaban las trompetas en la explanada y los vitores se introducian por la escotilla hasta el camarote real, y yo tenia una bolsa de cuero atada con un cordon de seda en la ingle derecha, bajo la tela de lino.

– Echate.

– ?Que va a hacer mi querido hermanito?

– Voy a explorar una mina abandonada. ?Te acuerdas de aquella tarde en el nido de ametralladoras?

En el bajel solo quedaba un reten de marineros que limpiaban la cubierta, la mona que gritaba colgada del rabo en lo alto del trinquete y nadie mas. Todos los esclavos habian sido desembarcados. En el silencio del bajel atracado, mi hermano me amaba como en el desierto, con mano suave iba en busca de un tesoro a lo largo de mi cuerpo y cuando su deseo rindio viaje entonces Abel ejecuto el acto de mayor lascivia. Con suspiros acaricio la bolsa de las joyas, las estrujo entre sus dedos y derramo esmeraldas, rubies y zafiros alrededor de nuestra carne. En ese momento se abrio la puerta del aposento real. Perfilada en el vano aparecio la figura de Varuk. El arcangel quedo pasmado al descubrir que habia un tesoro en el suelo, multiples joyas que aun saltaban como si estuvieran vivas. Se acerco al talamo de almohadones donde Abel y yo habiamos interrumpido unas nupcias y muy inquieto nos ayudo a recoger nuestro secreto botin.

– ?De quien son?

– Mias -exclamo Abel.

– ?Es cierto eso?

– Si -dije yo-. Son suyas.

– ?Tambien estos dientes de oro?

– Pertenecian a Adan.

Aquellos dientes de oro eran identicos a los que el gorila lucia en la boca. Cuando las joyas y metales estuvieron reunidos en la bolsa, Varuk dudo un instante y luego se la entrego a Abel, el cual la recibio mientras me miraba con una malicia envenenada que me perturbo. Como jugaba conmigo aquella criatura de tan dulce belleza. Que fuego engendraba en mis entranas. Sin darme cuenta acababa de regalar la herencia de mis padres, siendo yo el primogenito, a cambio de las caricias de un segundon. Pero Varuk habia llegado para decirnos que el rey Shivoe reclamaba a Abel en el banquete. Y a mi tambien. Al oir esto, mi hermano me miro de nuevo, ahora con labios sonrientes, y eso volvio a llenar mi corazon de alborozo. Realmente, yo estaba en sus manos. Varuk lo sabia.

– Cain, no olvides la flauta.

– Lo se.

– Puedes regenerarte si creas una nueva melodia.

Quise llevar tambien a la mona conmigo. Cruce la explanada del puerto de Jaffa y alli, como en Biblos, los buhoneros, mendigos, saltimbanquis y navegantes se unian con el trasiego de mercancias que movian los esclavos hasta la jurisdiccion de los estibadores. El festin en honor a nuestro gordito y feliz soberano se celebraba en una gran jaima montada en el lado norte de la muralla, en medio de un huerto de higueras, cipreses, magnolios, palmeras y sonido de una fuente en la sombra. La tela de la carpa cernia en el recinto una luz de tonalidad caliente y esta envolvia a un centenar de invitados que estaban echados o sentados en el aspa de sus piernas sobre alfombras y almadraques, en torno a las labradas bandejas donde fulgian recentales asados entre teteras y jarras de vino. Cuando entro Abel en la jaima se produjo un gran silencio debido a que su hermosura dejo prendada de repente y enmudecida a aquella gente principal de Jaffa con solo cruzar la breve distancia hasta el calcanar del rey shivoe, donde mi hermano se postro y quedo ovillado como un gato. Yo no ose transgredir el primer circulo de la entrada. Alli comian guardianes, escoltas, sicarios y sayones. Dejando la mona a mi diestra, me acomode junto a Varuk, el cual me presento aquel cotarro de guardaespaldas. Todos conocian mi nombre gracias a la marca del punal que usaban, pero el gorila dijo que yo era flautista y esto sorprendio mucho a la concurrencia. Aquellos tipos lucian en la cadera diversos alfanjes, cuchillos y otros hierros con mis iniciales inscritas, y para halagarme comenzaron a ensalzar la calidad de tales armas y el rigor con que penetraban en la carne del contrario.

Las habian adquirido en distintos puntos de la geografia y al parecer carecian de rival. Les agradeci los elogios y luego me dispuse a escuchar sus comentarios acerca de los cataclismos que se avecinaban y las noticias que habian traido los navios sobre una guerra inminente. Los rumores mas aciagos se habian extendido por las islas del Mediterraneo y tambien por la costa que linda con el desierto, pero los malos presagios no ahorraban el apetito. Al contrario, lo excitaban. Despues del cordero asado hubo requeson con miel, datiles de Libia, dulces de leche con canela y mazapanes de anis. Multiples y felices regueldos se extasiaban sobre las cupulas de las teteras hirvientes y, mientras saboreaban exquisitos manjares, los comensales no cesaban de hablar de aquellos titanes acuaticos que venian a sembrar la muerte o la destruccion. En ese momento, un criado se acerco a soplarme un recado en el oido. Volvi el rostro. Descubri que Abel se preparaba para danzar. El criado me dijo que el rey esperaba de mi que amenizara el final del banquete con la flauta. Fue una creacion personal a instancias de la inspiracion. Abel lucia una sucinta tela de lino a modo de faldellin que le cubria el sexo y la bolsa de las joyas. El resto del cuerpo estaba desnudo y recien aranado por mi amor. Yo queria enhebrar una melodia que diera la sensacion de infinita arena ondulada y, a la vez, que el sonido tuviera un caracter de reptil o de algo perfido que atravesara los difusos senos de la memoria. Inicie unos compases marcando el ritmo y Abel se puso a bailar, y la luz de la jaima filtraba sobre su piel de caoba el ultimo resplandor de la tarde.

Habia en el Club de Jazz el mismo grado de luz, no fabricada por el sol de Jaffa, sino por los reflejos de los licores en los vidrios y el local tambien se encontraba lleno de compinches. Policias o sicarios ocupaban varias mesas, representantes de ordenes religiosas o sectas del mas alla se alineaban en las bancadas laterales, por las barandillas caian racimos de delincuentes comunes, proxenetas, navajeros, personajes ungidos y gente del hampa. Helen y los amigos se habian sentado en la escalera que conduce al altillo y en medio

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