de no tener idea de libros, aunque en aquel tiempo consolo llevar barba ya se tenia mucho ganado como intelectual. Sentado a una mesa en un rincon se hallaba un jovencito silencioso, muy introspectivo, que despues seria el novelista Jose Maria Guelbenzu. En el zaguan se habia cruzado conmigo un muchacho, a quien alguien llamo Jaime. Llevaba de la correa a un perro, los dos tan bellos como distantes. Ni el uno me ladro ni el otro se digno mirarme. El perro era un dalmata y Jaime era hijo de Fierro, el amo del asunto, quien, segun decian, habia sido imantado por la inteligencia de Jesus Aguirre,
Probablemente era la primavera de 1970, cuando yo pretendia escribir una biografia de Azana, una estampa politica o cosa parecida. Tenia una amiga feminista de la via dura, con una tijera estampada en la camiseta entre los senos, Vicki Lobo, a quien todos los anos al llegar el 14 de abril, excitada con la flor de las acacias, le salian ronchas republicanas en la cara, y alentado por ella me presente sin previo aviso en la editorial Taurus. Tenia entendido que para hablar con Aguirre habia que pedir audiencia como si se tratara de un ministro o mas y que el la concedia a capricho y con mucha reserva, pero ante mi sorpresa fui introducido enseguida por la secretaria Maripi en su despacho y sin conocerme de nada me recibio muy afable, incluso sonriente. En ese momento yo creia que Jesus Aguirre era cura y esperaba verlo con sotana o con alzacuello de clergyman, pero lo encontre muy visual con chaqueta blanca, corbata de seda natural llena de elefantes con la trompa alzada, un chal sobre los hombros color fucsia y media melena que le cubria las orejas, signo de la modernidad progresista de la epoca. Del respaldo de su sillon colgaba un bolso bandolera de lona, marca Yves Saint Laurent, pero no pude ver si calzaba zapatos italianos de tafilete con dos borlitas saltarinas y los famosos lacitos de colores en el empeine, de los que todo el mundo hablaba.
En ese tiempo la dictadura franquista se dejaba dar algun pellizco de monja por el diario
Franco todavia pescaba cachalotes en ese tiempo y mataba venados, perdices rojas y toda clase de marranos con rostro inexpresivo, el belfo entreabierto y la barbilla caida. Un dia de Navidad en que para celebrar el nacimiento del Nino Dios el dictador tiraba a las palomas desde una ventana del palacio de El Pardo, la escopeta de caza le revento la mano y no por eso dejo de firmar sentencias de muerte con la mano que le habia quedado intacta.
La rebeldia tenia varios frentes. En la Universitaria los estudiantes arrojaban tazas de retrete desde las ventanas de las facultades sobre los caballos de los guardias. En una de aquellas asonadas alguien descolgo un crucifijo que presidia un aula de Filosofia y Letras, lo utilizo como arma ofensiva lanzandolo por los aires y el crucifijo quedo abandonado en el solar del paraninfo, pisoteado por la estampida de los bufalos. Por este sacrilegio hubo un acto multitudinario de desagravio en la iglesia de San Francisco el Grande, en el que participaron todas las autoridades academicas.
Cada reunion clandestina se cerraba con la ceremonia de la recaudacion de la voluntad para los presos politicos y la nueva expedicion de los argonautas consistia en llevarles por Navidad turrones a Carabanchel, aunque la carcel de Carabanchel comenzaba a parecer una universidad expendedora de titulos antifranquistas y algunos temian que se les pasara el tiempo de adquirir su certificado para colocarse en la parrilla de salida que los llevaria al poder. Manuel Azana era entonces un valor creciente en el hipotetico horizonte republicano, con un sueno que rebrotaba cada ano en el aire de abril junto con las flores de las acacias.
Por otra parte, la Iglesia se estaba renovando merced al Concilio Vaticano II. Habian aparecido los curas obreros, las comunidades cristianas de base y algunos obispos contestatarios. El cardenal Tarancon, a la hora de tomarse una paella entre naranjos en la huerta de Burriana, se subia las faldas de la sotana hasta las rodillas, se liberaba del alzacuello, se fumaba un puro en la sobremesa huertana y no veia mal que los curas echaran alguna vez una cana al aire, aunque este hedonismo mediterraneo escondia a un pragmatico que usaba el sentido comun como un revulsivo en medio de la caspa de Tremo. El obispo Iniesta iba por el barrio de Dona Carlota de Vallecas con una cartera de fuelle como un practicante del seguro y le saludaban los mecanicos de taller, los tenderos, los mozalbetes tirados en la acera, que llevaban una navaja de labor en el bolsillo y una cerveza en la mano. Este obispo, que ya habia recibido alguna paliza por parte de los fascistas, impartia teologia evangelica entre la gente subalterna, convencido de que la justicia social abrigaba mas que la caridad. Xabier Arzalluz era un jesuita que habia hecho apostolado entre los espanoles emigrados en Alemania; el cura Miguel Benzo comenzo a introducir una rebeldia espiritual entre universitarios de Accion Catolica; el padre Llanos, que en los anos cincuenta, al frente de unos falangistas beatos, arrojo huevos podridos contra los carteles de la pelicula
Primero Jesus Aguirre fue asesor de publicaciones religiosas. Despues se hizo cargo de Cuadernos Taurus, pero al tomar por asalto el mando absoluto de la editorial, quedo desbancado su predecesor Garcia Pavon, el autor manchego del detective Plinto, y el espiritu de Tomelloso paso a la estetica de la Escuela de Francfort. Los partidarios de Garcia Pavon, al verlo en la calle, contraatacaron y en las mesas del cafe Gijon aparecieron octavillas malevolas en las que se decia que, mas que de Adorno y Walter Benjamin, el cura Aguirre entendia de jovenes griegos y en ese asunto era todo un Platon. «?Me puedes decir que significa esto de Platon? -se preguntaban los enemigos del cura en el cafe-. ?Tenia Platon un dalmata?». Pero las calumnias cesaron y Jose Luis Aranguren, llamado por algunos Amarguren, ya habia dejado de ser un moralista cenizo y despues de fumarse unos porros con los estudiantes en el campus de La Jolla se habia traido del exilio la felicidad californiana que impartia Marcuse para convertirse en el intelectual de guardia en Taurus a pleno rendimiento, y en el palacete de la plaza del Marques de Salamanca comenzaron a entrar y salir Fernando Savater, Juan Benet, Javier Pradera, Juan Garcia Hortelano, Jaime Salinas y los catalanes Gil de Biedma, Carlos Barral y Jose Maria Castellet. Nunca se habia visto hasta entonces una editorial con perro de lujo incorporado. El dalmata conferia a la Escuela de Francfort una elegancia inusitada. Se paseaba por los despachos y segun una maldad de Aguirre estaba especializado en comerse crudos los manuscritos de Baltasar Porcel. Despues Baltasar Porcel se vengo de semejante afrenta escribiendo contra Jesus Aguirre un articulo brutal, sangrante, titulado «Un duque de zarzuela», cuando este subio a los cielos de la Gasa de Alba.
La cultura se habia sacudido por fin el yugo de Ortega: el-que-lo-habia-dicho-todo-antes-que-Heidegger, segun contaba maliciosamente Juan Benet. Martin Santos parodiaba en la tertulia de Gambrinus la famosa conferencia en la que el filosofo analizo una manzana en la mano desde cuatro puntos de vista; despues de escribir un libro de exito,
Aquel dia de primavera del difuso 1970, sentado frente a Aguirre, mientras el cerraba unas carpetas antes de hablar, pense que podia aplicarsele el verso de Auden: «La rotura de una taza de te es el camino que lleva al pais de los muertos». Tenia cada gesto exactamente estudiado y se le veia pulcro, sobrado, dominador del medio, pero era de esos intelectuales excesivamente cultos que no logran afianzarse del todo en el sillon de mando si antes no se apoyan en una maldad contra un colega que les cae antipatico. «Le he pedido un original a este fulano -fue lo
