escaparate de la libreria Antonio Machado», llego diciendo alguien. Los cristales rotos reflejaban en la oscuridad los nuevos tiempos que se cernian sobre Espana. Iluminados por los faros de los furgones de la policia, pisamos las esquirlas esparcidas por el asfalto y antes de despedirla en el portal de su casa mi amiga me amenazo: «Si no escribes ese libro, me vas a perder. Y si lo escribes, haremos un viaje a Egipto a ver si descubrimos juntos alguna momia». «No es necesario ir a Egipto. Madrid esta lleno de momias con corbata que van por la calle», le dije. Un tiempo despues Azana fue estudiado y presentado de nuevo en sociedad en Espana por Juan Manchal y se puso de moda. Mi proyecto se perdio en la nada. Y la arqueologa, tambien.

1965

Lapalabrasagradasederramadesdelacolina delaUniversitariayllenadepreguntas eldulcecorazondelosagnosticos

Jesus Aguirre habia alcanzado la primera cumbre ejerciendo la palabra sagrada con un toque de marxismo cristiano mezclado con la teologia cosmica de Teilhard de Chardin. Servia ese coctel con una labia exquisita, alambicada y conceptuosa en la iglesia de la Universitaria, que algunos llamaban Casa Sopena, porque era este monsenor quien regentaba esa parroquia, instalada en los locales del museo de America. Los sermones de Aguirre tenian una clientela heterogenea. Algunos fieles solo iban a misa porque esa iglesia les pillaba cerca, como era el caso del comandante del cuartel Inmemorial que me llevo a mi, pero su grey especifica estaba compuesta por estudiantes catolicos inconformistas, por ejemplo Enrique Ruano junto con algunos profesores con cargos politicos que querian oirlo predicar en el filo de la navaja para denunciarlo si, llevado por la lengua de fuego, metia la pata; habia tambien hombres maduros de izquierdas que intentaban comprender los nuevos tiempos del Concilio Vaticano, dispuestos a volver a la practica religiosa con sermones como estos. Despues estaban los amigos del predicador, y por ultimo los frivolos que iban porque estaba de moda oir al padre Aguirre. De hecho, algunos abandonaban el templo en cuanto terminaba la predicacion y entonaba el credo; en cambio, otros entraban en la sacristia al final de la misa para felicitarle por el sermon como si se tratara del camerino de un actor al final de una obra de teatro. «Un pico de oro, si senor, y con un elegante movimiento de brazos», le decia abrazandolo el viejo e ilustre historiador Ramon Carande, que habia arrastrado a misa a su discipulo Gonzalo Anes, ambos agnosticos pero prendados por la retorica barroca y sibilina del cura. «Hoy has estado fantastico, Jesus, mucho mejor que el domingo pasado. Mas valiente», le decia el profesor Tierno Galvan. «?Torero, torero!», exclamaba el catedratico Maravall, mientras Jesus Aguirre, sudoroso, se despojaba ceremoniosamente de la casulla, de la estola, del alba y el amito, dando un beso a cada una de estas vestiduras; luego se lavaba las manos ante la admiracion e impaciencia de sus amigos y se las daba a besar a todos, tambien a las feligresas, que las habia de dos clases, unas con collares de perlas y hablar melifluo, otras de las que se mordian las unas y soltaban muchos tacos, «joder, cabron, Jesus, que bien has estado», pero todas besaban la mano del padre Aguirre con uncion y le dejaban en el dorso una leve mancha de carmin. Sobre todo, tenia enamoradas a tres mujeres que jugarian un gran papel en su destino: a Nena Guerra Zunzunegui, la esposa de Alfonso Fierro, que le ayudo a entrar en Taurus como asesor de publicaciones religiosas; a Trini Sanchez Pacheco, mangoneadora del Frente de Liberacion Popular, que vestia de forma exorbitante con medias rojas y sombrero malva, y a Mabel Perez Serrano, hija del famoso catedratico de Derecho Politico. Las tres se le cruzaron en momentos delicados de su vida.

Aparte de bien sermoneados, Aguirre tenia arrodillados en su confesonario a universitarios que luego serian prohombres del gobierno socialista y padres de la patria. Alrededor de su sotana campaban los hermanos Solana, los hermanos Bustelo, Miguel Boyer, Nicolas Sartorius, toda la familia Maravall, Peces Barba, Tamames, Fernando Moran, Herrero de Minon, cualquier componente de la burguesia progresista con sus novias respectivas. A casi todos los ejemplares de la izquierda fina madrilena los habia casado, habia bautizado a sus hijos, habia dado un responso a sus finados y por supuesto conocia con todo pormenor las flaquezas de la carne de cada uno. «Se muy bien de sus caidas, de sus pecados solitarios y los que cometieron con sus parejas esos personajes, que luego han sido ministros, diputados, altos funcionarios del Estado e incluso banqueros -me dijo cuando ya era duque de Alba-. Pero no olvides, querido, que estoy ligado al secreto de la confesion. No me pidas ahora que te cuente sus miserias. Por otra parte, sus pecados no fueron nada del otro mundo. Te juro que el diablo no estaba orgulloso de ninguno de ellos». Sentado en el interior del confesonario con sotana y estola morada, Jesus Aguirre los tenia ante el de rodillas y los abrazaba, les acariciaba el lobulo de la oreja y los empujaba con un leve pescozon en la mejilla, a medias caricia y acicate, a vaciar su corazon si se atascaban en algun pecado que solia ser casi siempre contra el sexto mandamiento. Pegados mejilla contra mejilla tuvo a proceres de la politica, a senoritos intelectuales, a burguesitas posconciliares liberadas y sus alientos se mezclaban unos transportando culpas y caidas, y otro el consejo y el perdon. Pasados los anos, yo contemplaba desde la tribuna de prensa toda la bancada de los socialistas en el hemiciclo del Congreso en las Cortes Constituyentes y Luis Carandell me decia: «A todos estos los ha confesado y casado Jesus Aguirre, pero se ve que su bendicion no servia porque todos se han divorciado». Cuando casaba a una amiga embarazada, despues de la bendicion, le decia: «El amor esta por encima de todo». A otras parejas les preguntaba: «?Como quereis que os case?, ?linea Pio XII o modelo Juan XXIII?». Al final de la ceremonia muchos novios se preguntaban: «?Tu crees que estamos realmente casados?». El cura les aseguraba que lo importante era celebrarlo con un cochinillo en Botin.

Un domingo de mayo asisti a una de las misas del padre Aguirre para oir la famosa platica. La iglesia, situada en una loma cerca del arco de triunfo de la Moncloa, estaba muy cerca del cuartel Inmemorial, del paseo de Moret, donde yo realizaba las practicas de alferez de milicias. En el regimiento habia un comandante muy caballista con bigote de espadachin, que tenia una novia alemana muy rubia y una yegua que atendia al nombre de Salina. En el comedor del cuartel, recien llegado del picadero, oliendo a establo todavia, este comandante solia repetir que a este mundo se habia venido solo a creer en Dios y a montar a caballo. De hecho, algunos domingos iba a la misa del padre Aguirre montado en su yegua, que dejaba atada a un chopo como los vaqueros del Oeste lo hacen antes de entrar en la cantina. Siempre me animaba a acompanarle. «Ire si me lleva usted en la grupa, mi comandante», le dije bromeando. «Eso esta hecho, alferez. Y si no me acompana usted, le mando al calabozo.» No obstante, el comandante y su novia aquel domingo fueron a misa cabalgando a traves del parque del Oeste cada uno en su jaca respectiva y yo fui caminando entre las dos yeguas con la estrella de oficial del Ejercito espanol en la frente.

Alli estaba con la iglesia repleta Jesus Aguirre, revestido con alba, estola y casulla verde bordada con grecas de plata, envuelto en latin, de espaldas a los fieles, muchos de ellos de pie desbordando la entrada. No recuerdo de que hablo en la platica. Me parecio conceptuoso. Daba la sensacion de que en medio de la oscuridad de su predicacion tocaba alguna materia inflamable que yo no percibia. Puede que fuera peligrosa porque era recibida por el ceno fruncido de algunos fieles, por la sonrisa maliciosa de otros y ciertos murmullos de aprobacion al termino de alguna frase redonda. A mi lado, un senor de bigote espeso, con calva apostolica perlada de sudor, murmuro: «Este curita se la esta jugando, el muy jodido». Imagine que seria un tipo de la Secreta.

Tiempo despues, cuando esa misa era un suceso mistico y social donde se daban cita seres muy evanescentes, sucedio un percance que alcanzo la cota maxima de la estetica. Al parecer uno de sus amigos predilectos, con quien el cura habia establecido una relacion particular, lo habia abandonado. El neofito habia perdido la fe, habia dejado la practica religiosa y habia desaparecido de su vida. Hacia casi un ano que no se veian y se condolia de su ausencia. Jesus Aguirre ignoraba su paradero, le dijeron que se habia ido a Paris, pero un domingo de primavera en que el cura lo daba por perdido y rememoraba aquel platonismo griego como una amarga dulzura del corazon, el amigo torno al redil y acudio a misa. Cuando Jesus Aguirre se volvio hacia los fieles para decir dominus vobiscum, de pronto, con los brazos abiertos, vio muy sorprendido a su amigo, que sonreia sentado en la cabecera del primer banco. El cura tambien le sonrio y, en lugar de decir dominus vobiscum, realizo un silencio muy medido, cinco segundos de eternidad, y despues, con los ojos fijos en su amigo recuperado, exclamo: «Bonjour, tristesse». Quien era ese amigo no lo supe hasta unos anos mas tarde.

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