1980

UngabinetedelsigloXVIII asalvodelosgritos histericosylamagiadeun retratoenel palaciodeLiria

Un domingo de otono de 1980, cuando a media tarde me dirigia al palacio de Liria, pasaban coches por la calle de la Princesa de Madrid con banderas espanolas enarboladas por las ventanillas, bajo el clamor de los megafonos que expandian consignas patrioticas en el aire. Grupos de neonazis armados con cadenas campaban a sus anchas por la plaza de los Cubos; irrumpian en las cafeterias y ponian algunas mesas patas arriba con todas las meriendas, tazas de cafes con leche, platos con medias tostadas y cruasanes, botellas y cucharillas por el solo placer de sembrar el terror entre los clientes, en su mayoria parejas apacibles de mediana edad. Otra fraccion de estos cachorros engominados tambien se fajaba con las primeras tribus de la movida, que ya lucian k cabeza con crestas de gallo pintadas de verde o rojo, en la cola de los minicines Alphaville, donde se exhibia la pelicula de Almodovar Pepi, Luci, Bom y otras chicas del monton. Ante mis propios ojos sucedio un hecho brutal. Un yonqui que pedia con voz gangosa cien pesetas para un bocadillo en la puerta del Vips fue apaleado a fondo con bates de beisbol, arrastrado luego por los pies y depositado dentro de un gran tambor de basura del McDonald's junto con los restos de hamburguesas, crocantis, botes de cocacolas y la nueva bolleria industrial, dobos, donuts, conguitos, en cuyos envases se notaba, mas que en las ideas, la modernidad recien llegada a este pais. Despues de la concentracion celebrada por la manana en la plaza de Oriente para conmemorar el quinto aniversario de la muerte de Franco, los patriotas excitados se habian diseminado por la ciudad para reconquistar el nuevo terror y la antigua gloria, que la historia les estaba arrebatando de las manos.

En un piso de la plaza de los Cubos vivia el poeta Rafael Alberti, que en ese tiempo de zozobra andaba siempre con un pequeno transistor abierto en el bolsillo de la solapa, conectado dia y noche con la Cadena Ser, por si tenia que huir de nuevo al exilio en caso de que se levantaran los militares, segun el rumor cada dia mas espeso. Conociendo su natural cobardia, pense en el espanto que sentiria el poeta si llegaban hasta su apartamento las violentas rafagas de los altavoces, A unos pasos, en la Torre de Madrid, vivia tambien Luis Bunuel, pero este cineasta era sordo y lo logico era que no oyera nada.

A salvo ya de los gritos histericos, llame al timbre del palacio de Liria y una voz a traves del portero automatico pregunto quien era yo, una cuestion que siempre he considerado metafisica. Dije mi nombre y los dos apellidos, seguido del numero del carne de identidad. Junto a la verja de lanzas doradas, mientras esperaba a que me abrieran la cancela, paso por mi lado otra reata de falangistas muy jovenes con camisa azul, aventada por un cojo cincuenton de paisano, bigote de cepillo, gafas negras y algunas muelas de oro. Pese a que habia dos policias de carne y hueso guardando la entrada del palacio bajo la pareja de leones mesopotamicos de granito encaramada en las jambas, el cojo se vino hacia mi y senalandome con su baston, que ejercia como vara de pastor, se dirigio a su ganado con estas palabras: «Mirad, este es uno de esos progres de mierda». Luego se golpeo la patilla entrecana con la punta de los dedos a modo de saludo paramilitar, seguido de una mueca de orgullo, y hablo a los policias con la boca rasgada: «Un dia como hoy tengo a los chavales muy nerviosos, puede pasar cualquier cosa», les dijo. «Sujetalos, Rufino, sujetalos bien, no vayamos a joderla otra vez. Lo que tengas que hacer, lejos de aqui», le advirtio uno de los guardias, que, al parecer, sabia su nombre de pila de alguna gloria anterior. El cojo y su recua siguieron camino hacia la plaza de la Moncloa.

En ese momento, desde un mando a distancia se abrio la cancela, cuyos cerrojos eran de alta calidad, de esos que separan dos mundos, dada la forma rotunda con que sonaron. Comence a caminar por la pradera trasquilada pisando hojas crujientes de alamo que la ventolina de aquella tarde de otono arrumbaba hacia la fachada neoclasica del palacio de Liria. Mi visita constaba en el orden del dia y estaba anunciada para las seis de la tarde. El mayordomo, que supe luego que se llamaba Angel, adornado con galones verdes, me recibio en la puerta de cristal y brunidos metales, y me precedio en la escalinata que desde el vestibulo llevaba a la segunda planta.

El palacio estaba a media luz. A medida que avanzaba por un pasillo en penumbra, tuve la sensacion de que el siglo xx iba quedando a. mi espalda. Sobre algunas consolas de palosanto brillaban los candelabros y las porcelanas, en medio de un silencio absorbido por el sabor a melaza, que expandian en el aire las alfombras, los tapices y las maderas nobles. En los salones apagados tal vez dormian en las paredes cuadros de Tiziano, de Rubens, de Murillo y de Goya. Asiiba quedando atras la historia de Espana hasta que el mayordomo dio con los nudillos en una puerta con taraceas de limoncillo que al abrirse me dejo en un gabinete donde estaba Jesus Aguirre, decimoctavo duque de Alba, medio extendido en una cama turca, acompanado del escritor Juan Garcia Hortelano. Aunque Jesus Aguirre no llevaba calzon corto de terciopelo color berenjena ni peluca empolvada como un Diderot cualquiera, sino pantalones de pana fina y jersey rojo semaforo de faney man, y fumaba un cigarrillo Winston extrafino, por sus maneras parecia un personaje instalado en el siglo XVIII ; en cambio, Hortelano fumaba Ducados repantigado en un sofa, con sueter gris de mezclilla, al que faltaba uno de los botones de la tripa, lo cual le conferia un aire apaisado, de autentica y plena actualidad.

A modo de saludo les dije que en la calle los fachas habian montado una buena y que me habia salvado de milagro de que unos ninatos de mierda alentados por un cojo llamado Rufino me dieran una paliza. «?Otra vez Rufino, ese hijo de perra!-exclamo Jesus Aguirre y anadio-Hoy es mal dia para andar por la calle. Lo de siempre. Unos tenderos cabreados, en nombre de la patria, lanzan al asfalto a sus cachorros con la camisa arremangada, como todos los anos. Pero si se levantan los militares, como parece, y vienen a por mi, los esperare en este gabinete leyendotranquilamente a Ovidio». Y dicho esto, dio una calada al extrafino de Winston e hizo un ademan despectivo sobre su frente como si aventara un mal pensamiento. En todo caso, el gabinete del duque de Alba estaba insonorizado y hasta alli no llegaban los himnos, las marchas militares ni las consignas patrioticas que impartian los altavoces. «Por lo visto, a Adolfo Suarez los militares le han puesto varias veces una pistola en el pecho para que dimita. Pero lo unico malo que ha hecho este hombre ha sido no venir a mi boda, a la que le invite personalmente.» En el gabinete de Jesus Aguirre habia un oleo de Thomas Gainsborough yen un anaquel de su biblioteca privada estaban los retratos enmarcados en plata de Walter Benjamin, del profesor Aranguren y del joven Enrique Ruano.

Aquella tarde de otono de 1980, despues de muchos avatares de su historia particular, el duque de Alba, con sus dedos largos de ave, su alta cadera cuadrada, sus ojos saltones a los que los lentes daban un aire de libelula intelectual, era un producto cultural lo mas alejado posible de la naturaleza, capaz de sobrevolar todas las charcas. Pese a su delgadez de histerico exquisito, podia pasar tambien por un abate exclaustrado que se hubiera salvado de la guillotina porsu labia, y en aquel gabinetes su boudoir privado, que parecia decorado por Boucher, hablaba ya como un volteriano, que en efecto lei a a Ovidio, aunque tambien lo podias imaginar leyendo la revista Holayteniala gracia de tomar el te con lascivia. Ya no le quedaba ni de lejos ningun vestigio de cura. Sus silogismos escolasticos habian sido sustituidos por las replicas ironicas, incluso por chismes furientes, aunque Hortelano, en un momento en que se paso de malvado, le dijo: «Andate con cuidado, Jesus, que tu no eres duque de Alba. En realidad solo has conseguido la beca Alba y si te vas de la lengua y no te portas bien, te la van a quitar».

Entre las docenas de titulos nobiliarios que ostenta la Casa de Alba, Cayetana le habia ofrecido la oportunidad de que escogiera el que mas le gustara. «Querido -me dijo-, imagino que no te sorprendera que haya elegido el de conde de Aranda, un ilustrado, un afrancesado enciclopedista, que introdujo la modernidad en Espana. Pero este titulo solo lo uso cuando viajo de incognito».

Dicho esto, gustandose, Jesus Aguirre encendio otro extrafino de Winston y estiro las piernas en la cama turca envuelto en humo. Entonces me fije en sus zapatos. Nunca habia visto que zapatos de esa clase los calzara nadie en este perro mundo. Tenian el empeine de lonilla color manteca con horma y remaches de cuero marron aranado y cordones con botonaduras doradas. Estaban elegantemente gastados. Zapatos de esa hechura solo pudo haberles llevado algun millonario exquisito de entreguerras en la Promenade des Anglais en Niza, acompanado de una dama con pamela y un caniche en brazos, instalados en el hotel Negresco. Me parecia poco apropiado interesarme en ese momento por el origen del calzado, pero cuando Jesus Aguirre me pregunto si queria contemplar el famoso retrato de Cayetana de Alba, pintado por Goya, o leer la carta autografa de Cristobal Colon y el testamento de Felipe II o tener en mis manos la primera edicion del Quijote,que se conservaban en el archivo de la familia, le dije que preferia que me

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