mostrara primero su fondo de armario.
No lo dudo un segundo. Junto con el escritor Juan Garcia Hortelano» le segui los pasos por varios salones en penumbra, que era como hacer espeleologia en la gruta del gran dragon. Desde los oleos de las paredes algunos proceres, que el duque ya habia comenzado a interiorizar como sus propios antepasados, tal vez nos acompanaban tambien con la mirada. En la intimidad de unas estancias privadas habia un gran vestidor forrado de caoba. En una tabla al pie de las cajoneras se alineaban varias docenas de zapatos, podian ser cincuenta o cien, entre ellos algunos pares de terciopelo en forma de botines de media cana como los que calzaban los pajes de Lorenzo el Magnifico en Florencia, segun aparecen en el cuadro de Gozzoli
El uniforme pertenecia al rey don Juan Carlos. El duque conto que era tradicion de la monarquia espanola regalar a la Casa de Alba el uniforme que ha llevado el rey en el acto de su coronacion o del juramento de la Constitucion. Yo lo recordaba perfectamente, puesto que habia asistido a aquel acto desde la tribuna de prensa en el Congreso de los Diputados. «?Lo usas alguna vez, Jesus, en tus delirios de grandeza?», bromeo Hortelano. «Delirios no, querido, lo mio son realidades de grandeza, aunque el Rey es mucho mas alto que yo. Puesto a travestirme, elegiria el vestido que lucio la reina Maria Luisa de Parma el dia de su boda con Carlos IV», exclamo Jesus Aguirre sacando un vestido de novia de otro armario.
Asi lo hicieron en su dia las trescientas damas, duenas, doncellas y criadas que la duquesa de Alba, la primera Cayetana, tenia a su servicio, a las que engalano con el mismo vestido de la reina para que asistieran a la boda real. Fue un acto de maldad femenina. La rivalidad de la reina Maria Luisa y la duquesa era muy conocida en la corte de Carlos IV. Durante los preparativos de la boda real, Cayetana pago espias para enterarse de las galas que iba a lucir la futura reina en la ceremonia nupcial y para humillarla mando que toda la servidumbre femenina de la Casa de Alba luciera el mismo vestido que la novia. Segun Aguirre, una de aquellas copias se conservaba en la guardarropia del palacio de Liria. Imagine como un esperpento de Valle-Inclan a Jesus Aguirre cruzando los salones en penumbra vestido de reina Maria Luisa hacia el espacio de cocinas de palacio a altas horas de la noche, y una vez alli, abriendo armarios y haciendo sonar las perolas por si en ellas el jefe de compras habia guardado algunas monedas que le habian sobrado al volver del mercado. Esa era una de las maldades con que solia crucificar al duque el escritor Juan Benet.
En las tertulias de los sabados en el bar Parsifal, de la calle Concha Espina, participaba Jesus Aguirre, antes y despues de convertirse en un Alba, con el editor y periodista Javier Pradera, con el magistrado Clemente Auger, con los escritores Juan Benet, Garcia Hortelano, Jose Maria Guelbenzu y el cineasta Elias Querejeta. Nadie recordaba nunca que Jesus Aguirre hubiera pagado un cafe. Juan Benet decia que la duquesa le habia asignado una exigua cantidad mensual para tabaco, unas dos mil pesetas, y el resto para sus vicios se lo agenciaba el personalmente rebuscando en las perolas de la cocina el producto de algunas sisas y el dinero reservado para las propinas al chico de la tienda que llegaba con el pedido.
Jesus Aguirre siempre andaba pillado de dinero y siendo duque odiaba que en pago de sus conferencias lo despacharan con una placa de recuerdo, con una bandeja o con una pluma estilografica. Deseaba ser resarcido con dinero, pero ?no era humillante ofrecerle unos sucios billetes en un sobre a un duque de Alba? Ninguna casa de cultura, universidad, caja de ahorros o centro de estudios osaba pagarle en metalico y el blasfemaba por lo bajo cuando recibia un presente simbolico al final de la charla. Un dia lo llamo el librero y galerista de arte Manuel Arce, viejo amigo de juventud, para dar una conferencia en una institucion de Santander. «Manolo, querido -le dijo el duque-, nada de plaquitas esta vez, ?de acuerdo? Quiero dinero, dinero, dinero». Al final de la charla se le acerco el director del evento y le entrego de nuevo un paquete envuelto con papel de regalo. Maldijo su suerte por lo bajo. Otra mierda de placa, penso, pero al abrir el envoltorio se encontro con un delicioso dibujo de Riancho, cotizado pintor santanderino del siglo XIX. «Oooh, bellisimo, bellisimo. Lo colgare en mi gabinete de Liria», exclamo* pero enseguida llamo a Manolo Arce para que lo vendiera en secreto. La galeria Sur lo coloco por cuatrocientas cincuenta mil pesetas, que el duque se embolso, pero no por eso pago esta vez el cafe de sus amigos de la tertulia.
Al salir del vestidor, Jesus Aguirre se detuvo ante el cuadro de Goya. Encendio una luz que daba directamente al lienzo y comenzo a explicar con buen vuelo de manos todos los pormenores tecnicos de la pintura. Hablaba con la pasion de quien, en verdad, se creia uno de la familia. «Esta es nuestra famosa Maria Teresa Cayetana, la de la leyenda. La pinto Goya en 1795. Ella tenia entonces treinta y tres anos. Fijaos en la elegancia de esos blancos estampados y en su contraste con los rojos ardientes del fajin. Se la ve triunfante, autoritaria, envuelta en la espesa cabellera negra de la que se sentia tan orgullosa. Con el brazo extendido senala la dedicatoria trazada en el suelo. ?Es esta la famosa maja que Goya pinto desnuda? La maja que pinto Goya era una mujer de dieciseis anos, y despues de analizar las pinturas se comprobo que las fechas no coincidian. Por eso mi suegro sostuvo que la duquesa y la maja no eran la misma persona: ?nada lo prueba, ni siquiera una carta! Y ademas,
Simplemente por cortar su parrafada erudita, que sin duda habia aprendido en algun libro de arte, le pregunte como se llamaba el perrito con el lazo rojo en una pata trasera que aparece a los pies de la duquesa. «Lo ignoro, querido», contesto Jesus Aguirre no sin undeje de desolacion, como pillado en falta. «?No lo sabes? ?Ni siquiera de que raza era? ?Caniche? ?Grifon? Entonces olvidate de la Escuela de Francfort, de Adorno, de Walter Benjamin y ponte a ello. Escribe una tesis doctoral sobre este chucho y si descubres como se llamaba y las gracias que hacia, ingresaras en la Academia de Bellas Artes», exclamo Hortelano soltando una carcajada,
La sombra del mayordomo cruzo el salon, se acerco a Jesus Aguirre y le pregunto si no preferia que abriera una de las ventanas que daban a la fachada principal; puesto que, sin duda, el aire olia un poco a cerrado. Se notaba que la duquesa estaba en Las Duenas, en Sevilla, y desde que se fuera la sala no se habia oreado. En efecto, el cumulo de tapices, oleos, muebles, lamparas y alfombras hacia mas pesado el sabor de la riqueza. Junto con el aire fresco de noviembre por la ventana llego hasta el salon principal del palacio el sonido de ambulancias y de furgones de policia formando una algarabia, que se mezclaba con un clamor de bocinas de coches y rafagas de himnos patrioticos, marchas militares y arengas que a traves de los megafonos no habian dejado de sonar en aquella tarde de otono. «Jesus, acaba de entrar en el palacio otra vez el sucio siglo XX con toda su morralla de heroes, que saludan a la romana», dije. Hortelano exclamo: «?A la romana? Estos heroes comparten el saludo con la forma de preparar la merluza y los calamares». Jesus Aguirre comento: «No es normal tanto ruido. Parece como si hubiera pasado alguna desgracia ahi fuera». El mayordomo descorrio un cortinaje: «Senor, he oido algo por la radio, pero no he logrado saber… Creo que han matado a alguien. ?Desea el senor duque que me entere?», pregunto. «No. Cierre la ventana, Angel», ordeno Jesus Aguirre.
El salon de palacio volvio a tomar un silencio envasado en el siglo XVIII. En el gabinete privado, ante las miradas de Aranguren, de Walter Benjamin y del joven Enrique Ruano, tomamos un te con pastas, que ciertamente estaban un poco rancias, como correspondia a la alta alcurnia de la casa. Para sacarle de su
