luz tamizada de una cristalera que daba a un patio de limoneros. Eran las cinco y cuarto de la tarde, un dia de Feria de Abril en Sevilla. ?Podia haber algo mas fino en cien kilometros a la redonda que tomar cafe en el palacio de Las Duenas con el decimoctavo duque de Alba? En esta reserva sagrada, guardada por dos lecheras de la policia en la puerta, habia una solidez de siglos, sombreada por lienzos de Caravaggio. La brisa hacia hervir levemente las buganvillas. Los cipreses cuajados de gorgoritos cabeceaban entre columnas de marmol. «?Que lejos ha llegado mi amigo! -pensaba yo viendo aquello-. ?Adonde habran ido a parar Adorno, Walter Benjamin y Karl Rahner? ?Se acordara todavia de Enrique Ruano?».
De pronto, aparecio por el fondo de la galeria. El duque de Alba llevaba un traje azul palido, unos zapatos con mezcla de cuero y lonilla color hueso, venia con medio puro engarzado en sus dedos de ave y sonreia con una felicidad preternatural, propia de un paraiso que esta escriturado, sellado y lacrado en el pergamino. Un camarero de chaquetilla blanca y cuello azul sirvio el cafe en tazas de La Cartuja sevillana. Mi visita era de cortesia, como la del aficionado al gotico que echa un vistazo a la catedral de Colonia, como la del taurino que rinde tributo a la plaza de la Maestranza. Habia que hacerlo. Mientras trataba de rizar el dedo menique al elevar la taza a los labios, Jesus Aguirre comenzo a hablarme de estirpes, arboles genealogicos, encuadernaciones, testamentarias decimononicas, restauraciones de cuadros, de todo eso que comenta la gente noble, de todo menos de libros. «Todo este lujo, ?como lo llevas, Jesus?», le pregunte. «Con naturalidad», me contesto. «Sabes que en este palacio nacio Antonio Machado. Debio de ser en una de estas salas de la derecha. Su padre no era un servidor de la casa, como se ha dicho. Sencillamente, un antepasado de mi mujer, en el siglo XIX, dejo de habitar el palacio y alquilo todo este lado de caballerizas a gente particular. El padre de Antonio Machado fue uno de los inquilinos. Mi suegro mando poner unos azulejos ahi en el corredor del patio. Fue el primer homenaje que se rindio a Machado despues de la guerra. No me negaras que fue un valiente.» Jesus Aguirre consideraba que era un acto de heroismo haber instalado en la pared de un espacio privado los versos de Machado: «Mi infancia son
recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero». Ni siquiera se sorprendio de mi carcajada.
Los mirlos de la Casa de Alba cantaban en los limoneros de Antonio Machado. En mi lujuria sonaba con ver a Jesus Aguirre, duque de Alba, en plena Feria de Abril, vestido de corto, con zahones, botas de anca de potro y sombrero ligeramente ladeado sobre su frente de intelectual de la Escuela de Francfort. «No es posible. Nadie en el mundo me vera vestido asi. En compensacion te puedo ensenar el palacio», me dijo el duque. «Querido Jesus, te estoy viendo las suelas de los zapatos. ?Cuantos anos hace que no pisas la calle?», le pregunte al verlas tan pulidas. «Probablemente no piso la calle como vosotros desde el siglo XVIII», contesto.
Eran salones, lienzos del siglo XVII, jarrones, escaleras, artesonados, capillas, cuadras, vanos graciles con un fondo de cipreses, limoneros, rosales, buganvillas, cuadros de Panini, criados que se ponian de pie con una reverencia solida cuando pasaba el duque, oleos de Zuloaga, fotografias dedicadas por reyes, camas con baldaquin que un dia recogieron el sueno de algunas princesas, mas criados en cada punto estrategico, habitaciones acicaladas para los invitados que estaban a punto de llegar para la feria.
El duque quiso mostrarme la coleccion de carteles antiguos de toros, que cubrian las paredes del comedor de la servidumbre. La visita inesperada del duque, que nunca se rebajaba a entrar en cocinas, dejo pasmados a una docena de criados que estaban merendando alrededor de una mesa muy larga. Cuando aparecio el duque por la puerta se pusieron en pie todos a la vez, con el mismo resorte automatico con que reaccionan los soldados cuando entra por sorpresa el general en la compania. «No se levanten, haganme ese favor», exclamo Aguirre. «?Senor duque!», respondieron ellos a coro. «Sigan ustedes como estaban.» «?Senor duque!» «Por Dios, no se muevan.» «?Senor duque!» Un escalofrio habia sacudido la espina dorsal de aquellos viejos criados y no habia forma de que dejaran de exclamar «?Senor duque!», a medida que el senor duque trataba de calmarlos. Dimos la vuelta a la mesa y el intelectual de la Escuela de Francfort me fue senalando carteles de toros de Pedro Romero, de Frascuelo, Espartero, Lagartijo, Manolete, mientras la servidumbre se habia convertido en seres de piedra.
Luego siguieron mas salones, cuadros de Bassano, cornucopias, muebles de palosanto, todo en perfecto estado de revista, con esa palpitacion de algo vivo, con el plumero recien pasado. «Cayetana tiene todos los palacios a punto, las camas hechas, las toallas calientes y jaboneras en los cuartos de bano, los platos, las flores en la mesa, todo listo para el momento en que se nos ocurra habitarlos un fin de semana, de modo que si ahora mismo nos da por ir a Monterrey, encontrare agua fria en la nevera y el hielo para el whisky.» El duque me ensenaba Las Duenas como si se tratara de su ajuar. Habia puesto en orden cada legajo. Habia ordenado los archivos. Se.sabia cada detalle, cada fecha, cada pliegue de la memoria de la casa, algo que la misma duquesa ignoraba porque se habia criado entre aquellos enseres como la prolongacion de su vida sin darse cuenta, como algo natural, que le habia regalado la historia. Habia en los patios rumor de fuentes, vuelo blando de mirlos y una brisa perfumada que te acariciaba el lobulo de la oreja. El duque me senalo un banco de azulejos. «Ahi se sentaba la emperatriz Eugenia de Montijo, nuestra pariente», me dijo. A continuacion le pregunte por el nombre de un arbol inmenso que yo desconocia. Al comprobar que el duque tampoco lo sabia le dije: «Jesus, se ve que sabes mucho de blasones y campos de gules pero no tienes ni idea de agricultura». El duque me contesto: «Estas muy equivocado, querido, yo personalmente me ocupo de la exportacion a Holanda de los esparragos que cultivamos en nuestra finca de Gelves».
En un saloncito con una luz tamizada en rosa a traves de las buganvillas del patio habia un pequeno tablado donde la duquesa Cayetana bailaba flamenco todos los dias de doce a una. Habia dos sillones con asiento de esparto. Uno era para Enrique el Cojo, un anciano bajito, gordo, con sonotone y cojo, como su propio nombre indica. Era maestro de flamenco. Segun los entendidos, lo veias y parecia que te iba a vender una gamba, pero de pronto echaba a volar una paloma de cada mano y el duende te daba un pellizco en el corazon. La otra butaca era para el guitarrista que llamaban el Poeta. Alli se le daban clases todos los dias a Cayetana. «?La duquesa no monta en la feria?» El duque me contesto: «Hoy no. Tal vez manana. Depende de como se levante. De pronto, a las doce decide que montar. Entonces vamos hasta alli en el tronco de muias enjaezadas con los colores de la Casa de Alba, azul y amarillo. En la feria tiene los caballos a punto. Yo la sigo en el tronco por el real».
Jesus Aguirre me propuso que lo llamara a las once del dia siguiente por si a la duquesa se le habia antojado montar en el real de la feria. Desde un cafetin de la calle Sierpes volvi a marcar el telefono de palacio. La duquesa iba a montar. La salida de los duques de Alba hacia la feria estaba programada para una hora despues. Era un rito precedido por carreras de criados ornamentados, de palafreneros mudos, con una gravedad humilde que dejaba ver cierto empaque. La duquesa Cayetana aparecio vestida de Sevillana con su nina Eugenia. En el patio habia un equilibrio inestable debido al caracter de la duquesa que de pronto podia desembocar en una tempestad. La nina habia desaparecido y la madre la reclamaba cada vez mas nerviosa. Comprobe que Jesus Aguirre trataba de calmarla temiendo que yo presenciara la tormenta que logicamente despues contaria a los amigos. En ese momento se presento en el patio la marquesa de Saltillo y Jesus Aguirre la recibio con una exacta inclinacion de bisagra entre la elegancia y el desparpajo. Aparecio la nina Eugenia y de repente escampo. El tiro de muias de muchisima raza, lleno de cascabeles, arranco desde el patio de palacio, y en la calle esperaba el vecindario, con un silencio religioso, para ver pasar la comitiva, como si se tratara de la Macarena. Hacia la una de la tarde el real de la feria habia entrado en calor, en medio de un perfume de jaca. Los caballeros con zahones, el puro en la boca, el sombrero oscureciendoles una oreja, el puno en la raiz del muslo, cabalgaban con una moza en la grupa que les punteaba con los pechos la espalda arqueada y se abrian paso a galopadas entre el primer gentio. Habia en el aire un erotismo muy ganadero de refajo sudado. A esta hora en la feria pasaban tiros de muias enjaezadas con borlas y escarapela de seda con los colores heraldicos de la familia. A mi alrededor la gente preguntaba: «?Quien es ese?». «Un Terry.» «?Y ese?» «Un Osborne.» «?Y ese?» «Un Medinaceli.» «?Y ese?» «Nadie.» De pronto alguien exclamo: «?Ahi vienen los duques de Alba!». Cayetana paso montada en un caballo blanco con su hija Eugenia a la grupa y detras venia Jesus Aguirre acompanado de la marquesa de Saltillo en el tronco de muias enjaezadas con la escarapela de los Alba. Llevaba un puro en la mano y con el me saludo al tiempo en que me hizo un gesto para que me acercara. Hizo detener a las muias. «Dile a Pradera que esta tarde ire a los toros a la Maestranza y que estare sentado en barrera al lado del capitan general Merry Gordon, entre un Domecq y un Murube.»
Hacia algun tiempo que lo habia perdido de vista y solo sabia de el por las revistas del corazon. Aquel dia de la Feria de Abril en Sevilla tuve la sensacion de que Jesus Aguirre habia entrado en la primera fase de la locura, pero aun fue peor cuando le volvi a encontrar seis o siete anos mas tarde. Al bajar del AVE en la estacion de Santa Justa en Sevilla, coincidimos en el anden. Yo iba sin equipaje, puesto que debia volver a Madrid por la tarde despues de una entrevista en Canal Sur. El duque se habia apeado del vagon de club y llevaba una maleta en la
