Vicki habia evolucionado. Eso era todo. Se habia casado con un arquitecto que salio indemne en dos casos de corrupcion de una promotora de Mostoles. «?Y este nino tan guapo?» «Es mi hijo. Se llama Adan», me dijo. «Esta bien. Veo que quieres empezar por el principio», le dije. Recordamos los viejos tiempos, aquella noche en el pub de Santa Barbara cuando los guerrilleros de Cristo Rey rompieron el escaparate de la libreria. «?Sabias que aquel psiquiatra que quiso ensenarte a volar por los tejados de Madrid con un trip de laboratorios Sandoz, de maxima calidad, se ha hecho musulman y ha creado una comunidad en el Albaicin de Granada?» Vicki me pregunto sobre aquel famoso proyecto del libro de Azana. Le conte que le habia hecho una entrevista a Aznar y en su biblioteca tenia los cuatro tomos de sus obras completas, de la editorial Oasis, que su mujer le habia comprado en el Rastro de segunda mano. Ahora Aznar citaba mucho a Azana, a Cernuda, a Altolaguirre, con un desparpajo inaudito. «No escribi la biografia de Azana con Aguirre en Taurus, en cambio Aguirre quiere que sea su biografo y asi se lo ha dicho al rey de Espana», dije. «No lo haras. No cometeras esa torpeza, ?verdad?», contesto Vicki. De pronto, guardamos silencio, ya no teniamos nada que decirnos, los dos con una sonrisa congelada. No le quise preguntar a quien iba a votar al dia siguiente. Me dijo que tenia que volver a casa para darle de comer al perro, un rottweiler. Madrid se habia vuelto muy peligroso. «Hay bandas de atracadores por todas partes. El rottweiler es un perro muy carinoso con los amos. Me adora.» Vivia en Aravaca, en una casa con piscina en forma de rinon y un Neptuno vomitando agua y dos mil metros de jardin y varios gnomos en el cesped que segaba un jardinero boliviano. «Despidete de este senor, Adan. Este senor es escritor, ?sabes?»

Comenzo a cundir el rumor de que Jesus Aguirre estaba enfermo o seriamente deprimido y entre los amigos se especulaba sobre que clase de mal le habia sobrevenido, pero un dia todavia salio en television defendiendo muy engallado los derechos de unas tierras de la Casa de Alba que habian sido tomadas a la brava por los campesinos en un lugar de Extremadura. Las mas de dos mil quinientas hectareas de las dehesas Cabra Alta y Cabra Baja eran trabajadas por los agricultores de Zahinos y fueron expropiadas en 1990. Siguio un largo pleito. Al duque se le veia dispuesto como un latifundista tenaz a atajar aquel acto de rebeldia y a resistir cualquier presion de la justicia ante una chusma que habia traspasado todos los limites, entendiendo como limites en este caso los lindes de su finca. «A la fuerza, nada», exclamo con el dedo amenazador. Su imagen fue asimilada a otros casos de expropiacion forzosa junto a la figura del alcalde de Marinaleda, un resistente comunista frente a la vieja oligarquia agraria. Para el duque eran debates mucho mas toscos que los distingos escolasticos entre jesuitas y dominicos, mas alambicados que las sutilezas teologicas de Karl Rahner, mas profundos historicamente que el neomarxismo critico de Walter Benjamin y sobre todo mas agrios y con olor a ajo, pero ahi estaba ahora Jesus Aguirre entero en el papel de oligarca olivarero. Esos pecados no podia perdonarlos. Pese a ese rasgo de caracter, los rumores de su enfermedad persistieron.

Rotos ya todos los puentes con los amigos, se dice que iba de palacio en palacio, hacia escapadas nocturnas embozado como Marcel Proust o el baron de Charlus en busca del tiempo perdido, y algun gacetillero de baja ley habia escrito que el duque de Alba habia sido cazado en dos redadas. A veces se le veia en la revista Holacon una sonrisa forzada en bodas y funerales, la mirada cada vez mas perdida. Trate de llamarle algunas veces por telefono pero no habia forma de localizarlo. Estaba en el Milanesado o en la Toscana o en Venecia, o en Monterrey de Salamanca o en Las Duenas de Sevilla, en Arbaizenea de San Sebastian, o en Marbella o en S'Aufabeguera de Ibiza. Lo imaginaba sentado en la terraza del hotel veneciano Gritti o en el Danieli, como Thomas Mann, siguiendo con la mirada a algun joven camarero, contemplando los palacios que se reflejaban en el Gran Canal. No sabia si habia conseguido el sueno de fotografiarse con un gato en brazos en uno de aquellos palacios, puesto a su nombre en escritura publica, antes de que se hundiera en el cieno amarillo limon de la laguna. Pensaria tal vez en la escena de la playa del Lido en MuerteenVenecia,con el adolescente Tadzio en la raya del agua elevando de espaldas el dedo indice, que era la senal con que se reconocian la sexualidad diferente Leonardo y Miguel Angel. ?Que habria sido de aquel Enrique Ruano sino lo hubiera asesinado la policia de Franco? Seria hoy un famoso abogado, un empresario, de derechas o de izquierdas, o se habria perdido en el anonimato convertido en un viejo bronquitico con tripa. Sin duda, Jesus Aguirre recordaria sus cuitas con aquel joven dandi cuando era su confesor y aun hoy podria enumerar cada uno de sus pecados, los mismos pecados que habia perdonado a toda una generacion de progres bustelos, solanas, maravalles, en el confesonario de la iglesia de la Universitaria. Tambien recordaria sus propias caidas. «De todos los pecados prefiero siempre los capitales, los mortales», habia dicho. Su querida prima Mariluz, casada con un norteamericano, un tal Peter Besas, habia muerto muy joven en Nueva York en 1962. No asistio a su primera misa. Le escribia cartas de amor a Cristo en las que vaciaba sus primeras dudas, sus primeros suenos. No siempre le fueron dulces los pecados precoces. Perdido en los salones de alguno de sus palacios, Jesus Aguirre tambien seria invadido por la memoria de su madre. Habia pasado unos anos recluida en una residencia de ancianos de la calle Cid, en Madrid. Nunca habia ido a verla, ni siquiera cuando la operaron al quedarse casi ciega. Habia muerto de cancer en la clinica Ruber hacia la mitad de los anos ochenta. Le llamaron del diario ElPais para poner una esquela, pero el se habia negado. Queria que su muerte pasara inadvertida para la prensa. El medico Caba, que la habia asistido en toda su enfermedad, le paso una minuta de 110.000 pesetas. La mujer del medico, Anne-Marie, tuvo que ir a cobrarla directamente a Liria despues de varios intentos inutiles. Ya con el sobre en la mano, fue despedida por la puerta de servicio.

En su memoria comenzaria a sonar aquella cascada de la Selva Negra con la pareja de corzos mirando como se banaba con su amigo Hans. Las canciones tirolesas, el coro de las Valquirias, que acompanaban los estudios de Teologia, la tesis sobre Occam que nunca termino. La chica muerta en los banos romanos de Baden-Baden, las clases de Guardini y su libro El Senory de Ratzinger en Munich, la visita a Heidegger en Friburgo, del que se habia vengado, cuando tomo conciencia, con un articulo en El Paisen el que le acusaba de colaborador de los nazis. «Ser uno mismo su futuro predecesor», le habia aconsejado su maestro Sohngen. Pero pensaba, como Bernanos, que al final todo es gracia. La muerte. Tenia noticias de que su amigo el escritor Juan Garcia Hortelano habia desarrollado un cancer de pulmon y que estaba sentenciado. A la sombra de tapices gobelinos donde se establecian escenas galantes le venian a la memoria sus amigos de Santander, sus primeros versos eroticos que escribio pensando en su querida prima o en aquel companero del colegio Lasalle, y despues la sensacion de su nuez de adolescente que le bailaba en el alzacuello clerical. Pepe Hierro. Julio Maruri. Ricardo Gullon. El padre Federico Sopena. Matias Cortes. Pio Cabanillas. Aranguren. Lain. Juana Mordo. Javier Pradera. La tenista Lili Alvarez. Gil de Biedma. Carlos Barral. Juan Benet. Pancho Perez. Pedrusco Diez. Jaime Fierro. Hortelano. Clemente Auger. La hermosa platica que pronuncio en su primera misa en la Universitaria el pensador Francisco Perez. Un desfile de vivos y muertos paso por su imaginacion aquella tarde aciaga en que esperaba en una salita privada de la clinica La Luz a que le dieran el resultado de una biopsia.

Una enfermera le hizo pasar al despacho del director del servicio de oncologia. Se sento frente a el en un sillon negro, alto, muy comodo. Con un rigor en el rostro que no presagiaba nada bueno, mientras abria el sobre de la analitica el doctor trato de calmarlo de su ansiedad con palabras rituales, amables, sosegadas, pero eso no fue obstaculo para que con el mismo tono de voz le manifestara sin ninguna reserva aunque con palabras tecnicas incomprensibles, neoplasia o algo asi, el mal que tenia en la faringe. «?Eso que significa, doctor?», pregunto Aguirre con una angustia que ya no daba lugar a ironias. «Eso significa que has desarrollado un cancer y que esta en su fase mas aguda. Pero eso no significa que te vayas a morir. Hoy la medicina esta muy avanzada. Nos vamos a cruzar con ese demonio en unas sesiones de quimio y de radioterapia. Te pondras bien. Ya veras», contesto el doctor. «?Un cancer a mi, decimoctavo duque de Alba, un cancer a mi, Jesus Aguirre? ?Un cancer a mi, que fui un elegido de Dios? ?Voy a perder el pelo?» «No necesariamente», dijo el doctor.

Se puso a llorar, como todos. Lloraba por nada. Al oir musica, al ver que el perro le lamia los zapatos, al sentir cualquier perfume que le llevaba a fiestas lejanas, al respirar el aire del jardin del palacio, al contemplar la foto de Aranguren y de Enrique Ruano en su gabinete, al leer cualquier verso. Lloraba. Lloraba. El 26 de enero de 2001, un parte medico de la clinica La Luz informo de que Jesus Aguirre se encontraba ingresado alli desde la semana anterior para recibir un tratamiento oncologico por un carcinoma de faringe localizado. Para estas sesiones de radioterapia tenia que guardar turno en un pequeno salon, pero tratando de ser el primero y de no cruzarse con nadie en los pasillos del hospital, llegaba siempre a las ocho de la manana embozado con gafas negras, el cuello de la gabardina subido hasta las orejas y el ala del sombrero doblada hacia las cejas, pero un dia se encontro con que en la sala ya esperaba un paciente misterioso, quien al verlo entrar le dijo: «Senor duque, bienvenido a Hades, la region de los muertos». La fiesta habia acabado. Poco despues supo que Juan Benet tenia un cancer en el cerebro y trataba de operarse en Suecia, un pais donde suelen dar el Premio Nobel.

A caballo del segundo milenio de esta era cristiana llegaban bandadas de grajos radioactivos y pasaban bajos

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