renunciaban a declararse vencidos. Mosen Alberto admiraba esta disposicion de animo. Sin embargo, de repente los ganaba el abatimiento. El sacerdote tenia la impresion de que los conocia uno por uno, de que para el no constituian una masa anonima. David, Murillo, el arquitecto Ribas, Joaquin Santalo, el arquitecto Massana… Habia conseguido que les permitieran escribir cartas y recibirlas, previa censura. Y pensaba conseguir otras cosas aun.

Al notario Noguer le decia: «Algunos dan verdadero miedo». Don Jorge se interesaba por la suerte de tres colonos suyos, «que habian caido en la redada». «Don Jorge, siento decirselo, pero sus tres pupilos son de lo mas reacio que hay.» El hijo del terrateniente adoptaba una actitud inquietante, disculpando a los colonos. Varias veces, a escondidas de su padre, le dio a mosen Alberto tabaco para ellos. Pero el sacerdote no quiso aceptarlo sin el consentimiento de don Jorge.

Cuando subia a casa de los Alvear, mosen Alberto se desahogaba un poco. «Dura papeleta, a fe… ?Dona Carmen, tendria usted que ver aquello…!»

Don Emilio Santos, director de la Tabacalera, decia: «Se lo merecen. Es gente que hunde a Espana».

Ramon, el camarero del Neutral, sin Julio y sin dos o tres de los mas asiduos clientes, se sentia desamparado. «La carcel»… murmuraba, mirando afuera, a la Rambla.

CAPITULO XXIX

Ignacio:

Solo unas lineas para saber si no te ha ocurrido nada, pues aqui dicen que en Gerona, las carceles estan llenas. No deberia escribirte pues no te dignaste contestar a mi carta de San Feliu; pero ha podido mas el buen concepto en que te tengo.

?Que tal tu familia? ?Tienes novia…? ?Defiendes ya pleitos perdidos? ?Eres feliz?

Yo, sin novedad (si es que te interesa, saberlo). Me he cambiado el peinado, he empezado el quinto curso de piano… ?Que quieres que haga una chica como yo, en medio de estas revoluciones? Creo que cumplo con mi deber siguiendo mi vida… Ademas, la verdad es que casi no salgo, y que prefiero San Feliu a Barcelona.

Loli me da recuerdos, es mi unica amiga. Vive en Muntaner, 182; yo en el 180.

Nada mas. Adios, Ignacio. Tu novia de vacaciones.

ana maria.

Posdata: Anda, escribe, hombre, que yo no soy separatista.

Cesar se marcho al Collell. Llego una postal urgente diciendo que, vuelta la normalidad, las clases se reanudaban. ?Quien llevaria el cesto al decorador? ?Quien velaria para que la Andaluza y el patron del Cocodrilo fueran constantes? ?Quien diria a Canela: «Deja en paz a mi hermano…»?

Las separadas y rojas orejas de Cesar se fueron al Collell, auscultando el otono que habia invadido la provincia. Rumores de hojas caidas, de arroyos que crecian. El lago de Banolas en paz, sin revoluciones.

Cesar tuvo el tiempo justo para ser presentado al hijo del Director de la Tabacalera, Mateo, que acababa de llegar de Madrid.

Le parecio un muchacho extranamente seguro de si mismo, que hablaba poco y con aplomo, como si nada pudiera sorprenderle. Algo mayor que Ignacio, de la misma estatura. Explico muchas cosas sobre la revolucion en la capital de Espana, en el Sur, y en todas partes. Tenia el arte de elegir lo preciso para dar una vision de conjunto. La verdad es que Pilar se lleno de admiracion oyendole. El Director de la Tabacalera le miraba con orgullo de padre, que conmovia. Cesar observo que llevaba camisa azul, y oyo muy bien cuando preguntaba a Ignacio: «?De verdad crees en el Socialismo?» Ignacio le habia contestado: «Aun no se ha hecho la prueba».

En realidad, al decir eso Ignacio pensaba en lo que ocurria en Asturias. ?Que extraordinaria batalla, que curioso que las mujeres se entretuvieran cambiando de peinado… mientras los mineros hacian frente a un Ejercito cien veces mas fuerte! Las primeras columnas de que habia hablado El Tradicionalista, organizadas por el Gobierno de Madrid, fueron diezmadas por los mineros, que combatian con verdadero fanatismo. Sin embargo, ?que hacer? El Gobierno habia llamado a las fuerzas de Marruecos… Y estas habian dado la vuelta a la situacion en un santiamen.

Mateo traia noticias frescas sobre el particular. Segun el, la operacion militar fue planeada con extraordinaria pericia y las fuerzas marroquies -de Regulares y La Legion al mando del teniente coronel Yague- habian hecho gala de una preparacion de primera linea. Los mineros habian sido ya cercados en Oviedo, la capital.

Ignacio seguia atento a cuanto ocurria. Ya no podia acusarsele de espectador. Se diria que las interminables horas que Carmen Elgazu pasaba en la cocina cuidando de la familia y de los detenidos, el amor y entereza de animo con que cumplia esta mision, le habian reconciliado con ciertos valores.

Una cosa se resistia a creer: lo relativo al salvajismo de los mineros, ya anunciado por el subdirector. Mateo insistia en que habia llegado a extremos inconcebibles, pero Ignacio continuaba atribuyendolo a propaganda.

Y sin embargo ?hasta cuando persistiria en su actitud? El Debate daba toda clase de detalles. Contaba horrendos asesinatos de mujeres, de frailes, de sacerdotes, citando nombres, circunstancias, hora y lugar. Con las consabidas fotografias… Una sobre todo, en primera pagina -El Tradicionalista la reprodujo, ?como se les iba a olvidar!- era algo pavoroso y conmovio a Espana entera, sin exceptuar a Ignacio: en ella se veia a un cura abierto en canal y colgando en una carniceria de Oviedo, con un letrero que ponia: «Se vende carne de cerdo».

Ignacio se quedo aterrado. Y su desconcierto aumento mas aun cuando por fin se recibio la carta de Bilbao. ?Valgame Dios! Al parecer cuanto informaba El Debate era la pura realidad. A la carta de la abuela seguia una posdata del tio de Trubia, quien por fin habia podido refugiarse en Bilbao. El hermano de Carmen Elgazu explicaba que los mineros, al asaltar la fabrica, quisieron disparar contra el, simplemente porque era capataz, lo cual no llevaron a cabo gracias a que dos obreros que le estaban agradecidos tomaron su defensa. Sin embargo, estos obreros no pudieron impedir que, de pronto, un tipo extranjero, yugoslavo o algo asi, que parecia tener mando, se adelantara hacia el y con un hacha le cortara cuatro dedos de la mano izquierda.

Carmen Elgazu se habia llevado las manos a la cabeza horrorizada, y lo mismo Pilar. Ignacio quedo mudo. «?Que diablos hacia aquel yugoslavo entre mineros de Asturias? Y el fuego destrozando la Biblioteca de 300.000 volumenes y hundiendo la nave de la Catedral. ?Y el cementerio destruido!»

Su combate fue de pronto mas terrible aun porque los acontecimientos se sucedian vertiginosamente, con aportaciones que volvian a inclinar la balanza sentimental. Estos acontecimientos eran precisos: los mineros acababan de capitular, diezmados por los moros y legionarios al mando del general Lopez Ochoa. Y entonces comenzo a conocerse el reverso de la medalla.

Este reverso de la medalla llego a oidos de Ignacio gracias a Matias, su padre, siempre ecuanime e intentando ver las cosas con equilibrio y perspectiva. Tambien en el Banco se supieron detalles, por una carta que el Director recibio de un apoderado de un Banco de Gijon. Al parecer, la arenga hecha a las fuerzas marroquies antes del asalto consistio en contarles la ferocidad de los defensores de Oviedo, y en darles libertad de accion y de botin…

?Que mas podian desear! Entraron a sangre y fuego. Los legionarios fueron controlados en parte por la oficialidad; pero los regulares

Solo Franco, con su prestigio, impidio que la accion de estas tropas igualara en ferocidad la de los mineros; pero fue lo suficiente para que Matias le dijera a Ignacio: «Hijo mio, ya ves que extrano es todo esto, que doloroso. De que cosas es capaz el hombre».

?Y el socialismo, doctrina de David y Olga, motivo de la capciosa pregunta de Mateo, doctrina motriz de la revolucion…?

El Director de la Tabacalera, que desde la llegada de su hijo se habia vuelto sorprendentemente locuaz y teorizante, creia saber que en Asturias los socialistas habian sido absorbidos inmediatamente por cabecillas anarquistas y comunistas, lo cual estimaba logico, pues opinaba que en un pais extremista como Espana el socialismo, en el mejor de los casos, no podia servir sino de trampolin.

Mosen Alberto rubrico la declaracion del Director de la Tabacalera.

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