buhardilla de sus ex companeros de bachillerato reunia todas las condiciones- y en su hogar procuraba que su mirada fuera clara y sobre todo no exteriorizaba su fatiga. Para ganarse a Carmen Elgazu, en la mesa se mostraba alegre. Pero Matias no dejaba de observarle, y no las tenia todas consigo.

Canela obsesionaba a Ignacio. La muchacha tenia algo inocente en el fondo de los ojos. No blasfemaba como muchas otras y bebia muy poco. Llevaba seis o siete medallas, cuando oia un vals mandaba callar a todo el mundo; y, sobre todo, su amor era alegre. Los calificativos que en la intimidad le daba a Ignacio ruborizaban al muchacho. La Torre de Babel le decia: «Esa chica es una alhaja. Es el tipo de mujer que, casada, vale mas que las demas». Ignacio estaba desesperado porque no sabia como compaginar el horario. ?Canela o el profesor de Derecho? Imposible faltar a clase. Solo podria verla jueves y domingo, antes de cenar.

Una de las muchachas que trabajaban con Pilar en el taller de costura habia descubierto casualmente el ir y venir de la buhardilla y habia dicho a la chica: «?Caramba, Pilar, tu hermanito no pierde el tiempo…!» Todas se rieron. Pilar quedo muy intrigada. Todo cuanto se refiriera a Ignacio le interesaba mucho mas que lo que se refiriera a Cesar. Estaba muy orgullosa de su hermano, y le gustaba que se hablara de el en el taller. Por ello siempre tenia a sus companeras al corriente de las novedades.

– Ahora ha empezado abogado, con un amigo nuestro que se llama Mateo, que acaba de llegar de Madrid.

– ?Claro, claro! Si ya te dijo esa que no pierde el tiempo…

– Si vierais, su cuarto esta lleno de asignaturas.

– ?Y a que horas estudia?

– De noche.

– ?En la cama…?

– Si. Y vaya preguntita…

Una de las muchachas inquirio, enhebrando la aguja:

– ?Quien es ese Mateo?

Entonces fue Pilar la que jugo a intrigar a sus companeras. Adopto un aire de misterio y enarco las cejas. Sus sonrosadas mejillas se colorearon mas aun, y con sus humedos labios mojaba la punta del hilo.

– Si os lo dijera, sabriais tanto como yo.

– ?De Madrid? ?Uf, no nos interesa!

– Bueno, ya me interesa a mi.

– Anda, dinos quien es.

– Decidme lo que pasa en esa buhardilla.

– ?Bah, igual lo sabremos!

– Pero no este ano…

– Sera el otro.

– ?Ja, ja!

En el taller se hablaba poco de la carcel. Interesaban mas la Feria, las sardanas, que pronto volverian a estar permitidas.

Tambien se hablaba de las mujeres de los detenidos, y de otras que habian pasado al primer plano de la actualidad: por ejemplo, la esposa y la hija del comandante Martinez de Soria.

A la hija del comandante, Marta, le eran seguidos todos los pasos, porque ella y Pilar eran las dos muchachas no gerundenses, forasteras, que mas competencia hacian a las bellezas de la ciudad.

Marta gustaba mucho a todas, aunque a veces la criticaban, «porque se las daba de original con su flequillo». Ahora se habian enterado de que en el baile que se celebraria en el Casino por las Ferias seria presentada en sociedad, con un modelo de traje de noche que ellas tenian en un figurin parisiense en el taller. Se lo estaban cortando otras modistas, las mas acreditadas de Gerona.

– Claro, ?como no? La politica rinde mucho…

– Hay que aprovechar y casarla.

Pilar salio en su defensa.

– Hablad lo que querais, pero se nota de donde es.

– ?Algo especial?

– De Valladolid.

– ?Y que pasa alli?

– Mirad la muestra.

– Mucho presumir…

– ?Presumir…? La que monte a caballo como ella que levante un dedo.

– Levantalo tu.

– Yo no la critico.

Mateo tenia un ano mas que Ignacio. Identica estatura. De su persona destacaban la frente y la cabellera. Tenia una cabellera abundante, oscura, que le aureolaba la cabeza. Era la cabellera que hubiera deseado el subdirector. La frente despedia un halo de energia. Cuando se daba una seca palmada en ella, uno estaba seguro de que acudiria a su piel el pensamiento exacto. Era la frente que hubiera deseado Ignacio. Mateo tenia unos ojos lentos; menton algo agresivo, parecido al de don Jorge. Vestia con cierta indolencia, pero limpio. Zapato negro, nunca brillante. Invariablemente usaba panuelo azul. Aquel detalle chocaba. Cuando se pasaba por la frente el panuelo azul, su cabellera se oscurecia. Tambien usaba mechero de pedernal. El color amarillo de la mecha era la unica nota clara de su figura. Gesticulaba con una precision que a su padre, don Emilio Santos, le recordaba la de su difunta esposa.

Mateo habia llegado a Gerona desorientado. No conocia nada de la ciudad. Se preguntaba por que su padre habia sido destinado alli. «Hay que ver las bromas que gasta la Tabacalera.» Su hermano habia sacado plaza en las oposiciones de Hacienda y fue destinado a Cartagena. Tampoco se les habia perdido nada en Cartagena. «Hay que ver las bromas que gasta Hacienda.»

Le consolaba reunirse con su padre, saber la alegria que le daria a este. Pero en Madrid habia dejado todos sus amigos, que no eran pocos.

Don Emilio Santos, al recibir a su hijo en la estacion, se sintio otro hombre. Le parecio que revivia. Quiso llevarle la maleta. Le avergonzo que Mateo viera la fonda en que el vivia; pero ocho dias despues, ya tenian piso alquilado, en la plaza de la estacion, y una muchacha, Orencia, recomendada por Carmen Elgazu, que los cuidaria.

Don Emilio Santos le hablo en seguida de los Alvear. «Son mis amigos y el hijo mayor, Ignacio, estoy seguro de que te va a gustar.» Mateo se encogio de hombros.

– ?Son catalanes?

– No, no. El padre es de Madrid; su esposa es vasca.

Pero Mateo se mostro esceptico. Sin embargo, la ciudad le impresiono. No la imaginaba tal cual era. Desde Madrid, mirando el mapa, Gerona aparecia en el confin nordeste de la Peninsula, perdida como en un destierro. Cuando vio el rio, los puentes, las casas colgando a uno y otro lado, cuando vio los campanarios y subio hacia la Catedral… sintio que algo le daba en el pecho. «?Que maravillosa es Espana! -exclamo-. En todas partes hay bellezas asi.» Su padre le describio minuciosamente la provincia, «tan variada como la de Guipuzcoa». «Es un jardin -dijo-. Pero no como los de Aranjuez. Aqui hay montanas, ?comprendes? Y un gran equilibrio. En fin, hay de todo.»

Mateo se organizo en el piso su despacho, pues se habia traido muchos libros. Era muy serio. Ahora por las mananas ayudaba a su padre en la Tabacalera, por las tardes estudiaba y de noche iba a clase en compania de Ignacio, con el profesor don Jose Civil.

Cuando conocio a los Alvear, le gustaron. Cesar le llamo mucho la atencion. Dijo de el: «Ese muchacho es autentico». Ignacio le parecio un poco desorientado. Pilar, fisicamente, le gusto desde el primer momento. «Lo unico que no me habias dicho era que Pilar fuese de rechupete», le dijo a su padre, bromeando.

Matias le parecio un tipo muy corriente en las tertulias madrilenas. Y Carmen Elgazu, una mujer que sabia preparar perfectamente el cafe.

Conocia la aficion de su padre por los refranes y le trajo uno de Madrid, seguro de que le iba a gustar. «Guerra en Mieres o Almaden, banquero ingles toma barco o tren.»

En la Tabacalera quedo patidifuso al ver las montanas de tabaco que se fumaba la provincia de Gerona. «O es un pueblo de nerviosos, o de filosofos», sentencio. Don Emilio Santos le dijo: «Un poco las dos cosas».

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