Tabacalera: escarmentada la gente de orden, decepcionados muchos socialistas de buena fe, agotados los comerciantes e industriales de tanta inseguridad y malestar, el Gobierno tenia gran cantidad de triunfos en la mano, y lo mismo podia optar por aprovechar estos resortes y encaminar el pais hacia una era de trabajo y solidez que por continuar con su clasica politica de zancadilla, al margen de los problemas vitales de la nacion.
Matias no tenia la menor confianza en el Gobierno. Tenia su opinion sobre Lerroux y estimaba conocer las consignas que Gil Robles daria a los ministros de su partido. No harian nada. Todo continuaria lo mismo. Los mismos trenes para ir de Malaga a Gerona, los mismos aparatos telegraficos, las mismas carreteras infernales. Y entierros de primera, segunda y tercera clase. Otros opinaban que Gil Robles haria algo, a condicion de que no se dejara absorber por los militares…
Algunos decian viendo llegar las atracciones de la Feria: «?No ha pasado nada! ?Todo esta lo mismo!» No era cierto. En una ciudad como Gerona se veia claramente: habia pasado que los dos pilares de siempre, el Ejercito y la Iglesia, habian saltado de nuevo al primer plano de la actualidad.
La Iglesia, en la persona del director del Museo Diocesano, mosen Alberto, responsable de trescientas personas en la carcel; el Ejercito, en la persona del comandante Martinez de Soria, nombrado presidente del Tribunal Militar de Represion.
?Santo Dios! La mujer del comandante leyendo
De pronto, se supo que el Tribunal habia empezado sus deliberaciones. Y al instante, la revolucion volvio a ocupar el primer plano. Y todas las miradas y todas las suplicas de la ciudad convergieron en mosen Alberto y en el comandante Martinez de Soria.
En opinion de todo el mundo el comandante, superior en facultad juridica y en personalidad a los demas miembros del Tribunal, podia imponer su criterio y en consecuencia absolver o condenar; mosen Alberto, en contacto continuo con el, podia servir de apaciguador.
Por ello, cualquier gesto de uno u otro, expresion o palabra, cobraba entre las familias y amigos de los detenidos un significado singular y suspendia los animos. Bastaba que por la manana el comandante entrara en la barberia con cara seria para que por la tarde dijera en el Cataluna:
– La cosa no marcha; esos tios van a cargarse a la mitad.
Pronto la opinion tomo partido, y ninguno de los dos personajes cobro fama de bienhechor. Un detalle basto para clasificar al comandante: como asesor civil, para que se escribiera en la carpeta de cada expediente «persona honrada» o «indeseable», nombro a «La Voz de Alerta».
El notario Noguer y don Jorge, representando a la Liga Catalana, ponian toda su influencia al servicio de los detenidos. Que estos lo fueran por amor a Cataluna -desorbitado o no, no era cosa de discutirlo-, los obligaba moralmente. Y ademas el espectaculo de la esposa del arquitecto Ribas, eternamente llorando, y el de varias mujeres de clase mediana lavando ropa en el rio, los habia conmovido. Por lo demas, les temian a los militares. Lo mismo el notario Noguer que don Jorge eran antimilitaristas y opinaban que nadie que no fuera catalan podia juzgar con conocimiento de causa a los catalanes. Don Jorge, sombrero hongo, menton energico y baston negro con puno de plata, recorria ahora las calles con intenciones altruistas. Ojos que antes le consideraban despotico ahora le miraban suplicantes y esperanzados. Su heredero, Jorge, no lo veia claro, pero el no daba explicaciones.
En cuanto a don Pedro Oriol, hacia lo que estaba en su mano. Su esposa le recordaba continuamente: «Vete a dar una vuelta por el Tribunal». Don Pedro seguia este consejo, y lo cierto era que el comandante Martinez de Soria prestaba mucha atencion a sus palabras.
Tocante a mosen Alberto… la incomprension que reinaba entre el y los detenidos era penosa. De nada le valian las sonrisas; tal vez el manteo que el notario Noguer le regalo en Genova tuviera la culpa de ello.
Las familias de los presos le temian. En vano Carmen Elgazu, en la pescaderia, defendia al sacerdote, diciendo que «por el no iba a quedar». En vano las dos sirvientas aseguraban por doquier que mosen Alberto habia abandonado virtualmente el Museo, que solo pensaba en los detenidos. La esposa del arquitecto Ribas y la hermana de este, que fue reina en los Juegos Florales, le suponian enemigo.
Al parecer, el sacerdote no daba con el tono y el gesto exactos al ofrecer el paquete de cigarrillos, al preguntar a un recluso si necesitaba algo del exterior, si queria algun recado para la familia…
En opinion de mosen Francisco, lo que mas perjudicaba a mosen Alberto era haber empleado la palabra «resignacion» y frases como «los que sufren son los elegidos» o «el hombre puede sacar gran provecho espiritual de los contratiempos».
La reaccion de todos los reclusos habia sido instantanea. «?Elegidos, y sin poder ver a nuestras mujeres! ?Pues ahora que nos fusilen, asi podremos sacar mas provecho todavia!» Todo aquello era una lastima, pues la carcel hubiera necesitado ciertamente un viento benefico llegado del exterior.
Las escenas penosas menudearon. Y su culminacion llego el domingo en que mosen Alberto juzgo oportuno celebrar la misa en el patio. Los detenidos fueron llevados al patio a media manana. Eran unos trescientos, pues se habian incorporado los de los pueblos. Todos se alinearon, las mujeres a la derecha. Se improviso un altar, dos guardias civiles hicieron de acolitos.
Despues del Evangelio, mosen Alberto se quito la casulla, y se volvio hacia los asistentes para hacerles una platica. Se habia pasado la velada del sabado preparandola. Queria ser breve y conciso. Y empezo diciendo: «Cuando en el Huerto de los Olivos se acercaron a detener a Cristo…»
Se oyo un murmullo. Trescientos detenidos miraron a mosen Alberto. Este continuo, sin darse cuenta de lo que ocurria. Los hermanos Costa apoyaron todo el peso de sus cuerpos sobre un solo pie. En el fondo del patio, en la ultima fila, Julio Garcia se toco un diente y sintio que tambien las venas de sus munecas podian alterar su curso normal. Mosen Alberto hablo de los sufrimientos de Cristo para redimir a la humanidad pecadora. Describio los interrogatorios a que fue sometido, su condena a muerte, su sed en la Cruz, su soledad. Dijo que aquel dia, en el Calvario, empezo una nueva era, era que para los hombres tenia que ser jubilosa.
La atmosfera estaba muy cargada. Y se cargo mas aun cuando, terminada la platica y reanudada la misa, los detenidos vieron que cinco de sus companeros -los cinco del Orfeon Local- salian de la fila, se acercaban al altar y empezaban a cantar motetes religiosos. Mosen Alberto se lo habia pedido, la aficion pudo en ellos mas que otras razones.
No existia consuelo para aquellos reclusos; excepto, tal vez, para David. David era, desde luego, un privilegiado: podia ver a Olga.
A Olga, de pie a la derecha del altar, inmovil entre las otras cinco mujeres detenidas, mirando al maestro con amor infinito. Llevaba su jersey alto de siempre, pero se desprendia una gran tristeza de su pecho y de sus manos caidas.
?Un pensamiento habia aterrorizado al maestro!: el de que hubieran podido cortar al rape el pelo de su mujer. No habia sido asi. Alla estaba su cabellera, lisa, pegada a su craneo tan amado.
El guardia civil acolito toco el Sanctus; luego el corneta -el gitano de las gallinas- indico a los asistentes que habia llegado el momento de la Consagracion.
Todos los reclusos hincaron la rodilla derecha, excepto los dos maestros y un tercero, Dimas, de Sali, para quien Ignacio habia dado sangre. Los demas, al suelo, incluyendo a Julio. Julio con una piedrecita trazo triangulos en la arena. Joaquin Santalo penso en el canon aplicado al ojo de la cerradura.
Despues de la misa, el corneta -el gitano- pregunto a mosen Alberto si al otro domingo podria pasar la bandeja.
CAPITULO XXXI
A pesar de la grave advertencia de Matias, Ignacio no habia renunciado a ver a Canela. Eligio la hipocresia como norma de conducta, organizo su entrevista en un lugar menos vigilado que en casa de la Andaluza -la
