Gerona la cosa continuara siendo dura, sobre todo por la absoluta prohibicion de recibir visitas.

En el plano de la ciudad, las medidas adoptadas habian sido draconianas. Cierre total de los partidos izquierdistas, desde Izquierda Republicana hasta Estat Catala, e incautacion de su mobiliario. Solo funcionaban los sindicatos. El subdirector, en la CEDA, rehacia ahora su fichero masonico gracias a una «Underwood» propiedad del Partido Socialista. Prohibidos los estacionamientos, los grupos, declaracion de tenencias de armas, etc… Al llegar las fiestas, los propietarios de las barracas decian: «Si se prohiben los grupos, ?que vamos a hacer?» Algunas atracciones, como las Grutas del Miedo, fueron permitidas; en cambio, se nego el permiso a las barracas de tiro. A una mujer que domaba serpientes y que daba gritos para llamar la atencion del publico, la gente empezo a llamarla «La Voz de Alerta», y aquello constituyo su fortuna.

Dona Amparo Campo habia recibido una misteriosa nota que decia: «Este tranquila». Entonces la mujer, en vez de callar, alardeo en todas partes. Ignacio dijo de ella que, en lugar de imitar la prudencia de la tortuga, imitaba el mal flamenco de algunos de los discos de la coleccion de Julio.

Las fiestas fueron pobrisimas en el aspecto popular. El cuerpo incorrupto de San Narciso, patron de la ciudad, fue escasamente visitado. La provincia carecia de animos para acudir a Gerona, pues cada pueblo tenia por lo menos un detenido. Los coches electricos dispusieron de espacio para maniobrar. Solo la mujer de las Grutas del Miedo hizo su agosto. Ni siquiera la orquesta del Ateneo Popular consiguio atraer la masa, a pesar de que los musicos se habian puesto un gorro de papel en la cabeza. La misma Andaluza dijo al patron del Cocodrilo: «O no hay humor, o no hay hombres».

En las clases elevadas, la sopa era distinta. El baile del Casino, organizado por los militares, fue apoteosico. Desde los mejores tiempos de la Monarquia no se recordaba cosa igual. Las autoridades lo presidieron. Los farolillos venecianos representaban lunas sonrientes. El propio don Pedro Oriol asistio, muy digno en su vestido de smoking. «La Voz de Alerta» descorchaba champana a troche y moche. ?El director del Banco Arus aparecio ocupando una mesa con su familia y bailando con las mujeres de los amigos de Liga Catalana! Dos hombres, sin embargo, destacaban por encima del resto: el comandante Martinez de Soria y su teniente ayudante, Martin.

El comandante se habia puesto un clavel en la solapa, el teniente era un apuesto galan, atletico y engomado; entre las muchachas, Marta hizo, en efecto, su entrada en sociedad. Su vestido se parecia al que Ana Maria estreno en San Feliu, en el Casino de los Senores…

Al dia siguiente hubo un brusco cambio de decoracion. El Tribunal Militar anuncio que iban a empezar los interrogatorios. ?Valgame Dios! Toda la ciudad se dispuso a vivir al minuto los acontecimientos.

Matias dijo en seguida: «Son unos arbitrarios». Mas que por lo de Gerona, cuyos resultados definitivos tardarian en conocerse, lo decia por lo que se iba sabiendo de otros Tribunales de Espana. La tonica era evidente: quien tenia padrinos se salvaba; quien no los tenia, lo pasaba mal. En Barcelona anunciaron la conmutacion de la pena de muerte de los cabecillas directores del movimiento como Perez Farras, en tanto que en Asturias simples mineros, anonimos y desconocidos, aparecian en las listas de ejecutados.

En Gerona, el comandante Martinez de Soria dio una gran sorpresa a sus detractores. En seguida dejo entrever que era contrario a extremar el rigor. En el cafe de los militares dijo: «Es curioso lo que cuesta enfrentarse con un acusado». A la hora de la verdad influian mas en el las palabras de don Pedro Oriol que las sugestiones de «La Voz de Alerta».

Sin embargo, tenia a la gente en un puno. Era quisquilloso, no acababa nunca. Los interrogatorios eran larguisimos y casi siempre humillaba a los del banquillo. Ordeno que los juicios se celebraran a puerta cerrada, lo cual produjo entre la masa una gran decepcion. A Olga la mantuvo cuatro horas de pie, preguntandole, preguntandole… A David le dijo: «?Esta usted seguro de que hara de sus treinta alumnos ciudadanos de provecho?» Aquel tipo de pregunta era inadmisible. Los acusados, al llegar a la carcel, se deshacian en comentarios: «Que deje en paz nuestra vida privada».

Mosen Alberto hacia cuanto podia para apaciguar. Informaba favorablemente. Ello se supo en la carcel, y a algunos el tabaco que les repartia les parecio menos amargo. Por ejemplo, uno del orfeon, que sabia sacar humo formando anillos, un dia le dijo en tono afectuoso: «?Mosen, mosen! ?Este anillo se lo dedico al senor obispo!» Pero la mayoria continuaban no comprendiendo las sonrisas del sacerdote, sus sermones, y se negaban a admitir que interviniera en su favor. «?Propaganda!», decian. Y cada domingo, en el patio, clavaban en sus ojos los ojos del rencor.

El Tribunal se habia instalado en la Caja de Reclutas, caseron humedo de la calle de la Forsa. Pero luego parecio demasiado espectacular que los detenidos tuvieran que hacer el trayecto desde la carcel y se decidio interrogarlos en el primer piso del edificio, en las oficinas. De este modo todo quedaria en casa.

La cantidad de expedientes -trescientos aproximadamente- habia asustado al comandante Martinez de Soria, quien solicito dividir el Tribunal en dos sesiones. La suya interrogaria a los detenidos de mas responsabilidad; la otra, de la que formaba parte el teniente Martin, interrogaria, en la sala contigua, a los simples comparsas del movimiento.

De todos modos, el comandante no queria alterar sus inveteradas costumbres; la practica de la esgrima y la equitacion. Por lo que establecia unos horarios propios de hombre que no tiene prisa. A su esposa le parecio que exageraba. «Piensa que esa gente esta inquieta», le dijo. Pero el comandante no dio su sable a torcer. En lo unico en que consintio fue en no ir al cafe de los militares, para ahorrarse explicaciones enojosas.

El desfile de acusados comenzo. Los guardianes de la carcel recorrian los pasillos con una lista. ?Fernando Gavalda! Y el recluso en cuestion se levantaba, los demas miraban y esperaban con impaciencia su regreso.

En seguida se supo que habia gran diferencia entre el trato que se recibia en la seccion del teniente Martin y en la del comandante Martinez de Soria. El teniente Martin era un incorrecto y apenas si permitia meter baza a los restantes del Tribunal. La mayor parte de los acusados que le tocaron en suerte eran campesinos, muchos de los cuales apenas si comprendian el castellano. Esto puso furioso al teniente. Llegado de Galicia, cultivaba un odio especial contra los catalanes. Con su uniforme se sentia fuerte y poderoso ante los raquiticos acusados en el banquillo. Una monumental fotografia del Comandante Jefe de Estado Mayor, montado en su caballo blanco, presidia obsesionantemente las paredes. Los campesinos se desmoralizaban y optaban por callarse.

En cambio, el comandante Martinez de Soria se mostraba, en la forma, correcto. El Tribunal pronto advirtio que los reclusos obedecian a una consigna comun: decir a todo trance que se encontraban en Comisaria por azar, que entraron alli porque al oir los tambores y al ver que la ciudad quedaba a oscuras, no supieron adonde dirigirse. En cuanto a participacion directa en el movimiento subversivo, nadie la confesaba, excepcion hecha de los componentes de aquel Ayuntamiento que habia durado veinticuatro horas escasas.

Y, sin embargo, las diferencias humanas quedaban marcadas. Habia detenidos que hacian gala de una gran dignidad y de un perfecto dominio. Demostraban que estarian dispuestos a repetir su gesto cuantas veces fuera necesario o se presentara la ocasion. Otros se mostraban cobardes, con el miedo retratado en el semblante. Murillo desagrado a todo el mundo porque, con sus bigotes cayendole lacios y su gabardina sucia, hizo de si mismo una defensa intempestiva.

Lo mas duro del interrogatorio sobrevenia siempre al final, cuando de pronto el comandante Martinez de Soria tomaba en su mano derecha una fotografia del comandante Jefe del Estado Mayor muerto, y, mostrandola con calma al acusado, preguntaba: «?Conoce usted a este hombre?» La respuesta era invariablemente: «No, senor». A la decima negativa que el comandante oyo, se puso nervioso. Pego un punetazo en la mesa. «?Retirese!», grito. Y aquel «retirese», pronunciado en tono de amenaza, con la cara del jefe enrojecida, fue repetido luego en los pasillos, y dio origen a muchos comentarios.

El Comisario no fue de los mas dignos. Al ser preguntado por que pretendia separar Cataluna del resto de Espana, contesto que no sabia nada, que no sabia nada. Le habian dicho que todo el mundo estaba de acuerdo. Precisamente a el Madrid y Sevilla y Valencia le gustaban mucho. En cambio, en cuanto se hallo frente a la fotografia del comandante Jefe de Estado Mayor contesto: «Si, le reconozco. Y lamento lo ocurrido».

– ?Retirese! -Los guardias civiles casi le dieron un empujon.

Los Costa dijeron: «Estamos dispuestos a pagar una multa». El comandante perdio la serenidad. Les hizo un discurso. Les dijo eran jefes de un Partido cuya accion antiespanola era constante. Sus canteras, sus hornos de cal, su fundicion estaban al servicio de la propaganda antiespanola. Que favorecieran el futbol, la piscina y las colonias veraniegas, al Ejercito y a la Patria les importaba muy poco. Pero, cuando dos hombres eran populares y ricos, sus actos ejercian una gran influencia en una capital de provincia… En Gerona hubieran podido beneficiar a todo el mundo; no hacian sino halagar instintos populacheros. ?Es que el Gobierno de Madrid no habia llegado al poder por via legal, gracias a las elecciones? Todo aquello era sabotear los mismisimos principios de la Republica.

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