se puede ser catolico y generoso. Mas aun: que siempre sera mas generoso un buen catolico que un buen librepensador. Demuestre que puede usted hacer mil veces mas que sus hermanos».
El resultado habia sido magnifico, pues los obreros saludaban a Laura con devocion. Laura estaba muy contenta. Le parecia que su vida tenia un sentido, que todos los obreros eran hijos suyos. «La Voz de Alerta» decia: «Ahora sera esa mujer la que organizara una revolucion». Mosen Alberto estaba orgulloso de su obra.
En la carcel, los Costa se enteraron de lo que ocurria. Sonrieron. Curiosa la reaccion de su hermana. Siempre la habian considerado flacucha, sin gran temperamento. Y resultaba que a la primera ocasion daba la gran sorpresa. Los hermanos Costa confesaron que uno no tiene nunca bastante experiencia de la vida. Sin embargo, temian que exagerara. Los Costa eran partidarios de la justicia con los obreros, pero entendian que, segun como, seria el cuento de nunca acabar.
?Sorprendente tipo el vicario! Sus gestiones acostumbraban a verse coronadas por el exito; tales eran su empuje y su naturalidad. Resuelto el asunto de Laura, del que toda la ciudad hablaba, se sintio con animos para hacer otra sugestion mas dificil aun. Por desgracia, esta vez su fracaso fue rotundo. No consiguio ningun resultado positivo. Al contrario, un sermon y una llamada al orden. Un rato de angustia y un grave problema de conciencia.
La cosa habia ocurrido de una manera logica. Mosen Francisco recibio la visita de un reo comun, profesional de la quincena, que invariablemente, en cuanto salia en libertad, acudia a la sacristia del vicario a pedirle un duro. En aquella ocasion el sacerdote aprovecho para interrogarle sobre lo que ocurria en la carcel. Invito al hombre a un trago del vino que tenia para consagrar, se sento a su lado y le pregunto: «?Que tal los presos? ?Que tal mosen Alberto?» El reo comun contesto: «Mal. Les dice que si saben sufrir sacaran gran provecho». El vicario comprendio. Entonces le dijo a su amigo: «Ahora vete. Tengo algo que hacer». Le despidio, tomo su inmenso sombrero, salio de la parroquia y se lanzo cuesta abajo en direccion al Museo Diocesano. Subio al primer piso del venerable edificio y encontro a mosen Alberto absorto en su despacho.
Apenas si dio tiempo a los saludos de rigor. De pie frente a el, le planteo el problema a boca de jarro. Primero trazo un esquema de la responsabilidad de un sacerdote que tiene a su cuidado trescientos detenidos. Luego hablo del estado de animo de los mismos, cuando las razones de su encierro son politicas. Inmediatamente anadio que mosen Alberto, al parecer, hablaba a los detenidos en terminos aptos para ser comprendidos por gente de vida espiritual muy intensa, pero de ningun modo por hombres sin afeitar, ateos y que se creian inocentes.
En consecuencia, era preciso revisar de arriba abajo la tactica empleada, y desde luego abandonar la restauracion de retablos. A su entender, lo que un sacerdote debia hacer era dejarse ver poco por la carcel, lo menos posible, y, en cambio, actuar sin descanso en el exterior, para que a las familias de los detenidos no les faltara nada. Visitarlas una a una, de la manana a la noche, y ofrecerles todo lo que uno poseyera e incluso, si hacia falta, lo que poseyeran los demas. Aquello les llegaria al alma mejor que todos los sermones. Cada mujer escribiria a su hombre detenido: «?Sabes? No te preocupes por mi ni por tus hijos. Estamos bien gracias al cura, a mosen Alberto».
Por exceso de celo o por lo que fuera, habia hablado con extrema agitacion, tal vez con falta de respeto. Mosen Alberto se levanto y le dijo:
– La suficiencia es grave pecado, reverendo. Le ruego que de por terminada esta conversacion.
Mosen Francisco quedo inmovil, porque en el inesperado tratamiento de usted que le dio mosen Alberto, que le conocia desde pequeno, comprendio hasta que punto le habia herido. Sintio una pena honda y se dijo: «Acaso yo este ofuscado». Tenia ganas de llorar y de arrodillarse a sus pies. Pero fue un momento. En seguida se le paso.
Mosen Alberto estaba mas yerto que la armadura. Recordaba a Ignacio, que tambien quiso darle lecciones; ahora el joven vicario. Probablemente, ni uno ni otro habrian conseguido fundar, en la carcel, un orfeon.
Mosen Francisco, andando de espaldas, se dirigio a la puerta. Inclino la cabeza y salio. Las dos sirvientas le acompanaron. «?Quiere un poco de chocolate?» Al bajar la escalera, con el inmenso sombrero se oculto la cabeza entera.
Entro en la primera iglesia que hallo a su paso y rezo… Pidio para si y para el mundo. La iglesia estaba vacia. Ni un cantero, ni un obrero de un horno de cal, de una fundicion… Le cayeron las lagrimas. Un pensamiento le consolo: Cesar estaria de acuerdo con el. Mosen Francisco estaba convencido de que Cesar era un santo.
CAPITULO XXXV
Un hecho llamaba la atencion de Ignacio y de Mateo: el profesor Civil no tenia radio, su mujer era muy callada, y a pesar de ello estaba al corriente de todos los acontecimientos del mundo y de Gerona… por pequenos que fueran. Por ejemplo, de la labor del Tribunal Militar de Represion no se le escapaba detalle. Sabia incluso que un alferez cuidaba de los expedientes entre las letras A y G, y otro de los comprendidos entre la H y la Z. Sabia tambien que el comandante Martinez de Soria habia dicho a Julio: «A las cuarenta y ocho horas, la ley sera cumplida».
Por aquellos dias era forzoso comentar la labor de este Tribunal, pues al profesor le interesaba mucho la interpretacion juridica que los jueces darian a los hechos. El profesor Civil opinaba que, por lo comun, y salvo excepciones como la de Napoleon, los militares eran pesimos jueces, que confundian al hombre, dual y complejo, con un ser automatico.
Con respecto a los responsables de la revolucion, el profesor Civil opinaba que, contrariamente a los rumores que circulaban, el castigo que se les impondria seria sin duda severo, por una razon: los revolucionarios se habian levantado contra un Gobierno legitimamente constituido, y ello era grave falta, perfectamente prevista por el Codigo.
– En este sentido son culpables -sentencio-. Los separatistas y los socialistas debian de haber esperado las proximas elecciones. Esto hubiera sido lo sensato, lo noble y, sobre todo, lo democratico.
Mateo acepto la version del profesor, pero con una reserva. Dijo que en politica y en el arte de conducir los pueblos, no era el Codigo el que debia imponer su texto, frio, sino el destino historico para el que la Patria estuviera llamada.
– En Cataluna, por ejemplo -dijo-, lo delictivo no radico en que el intento separatista se hubiera producido ilegalmente -responsabilidad juridica-, sino en que el intento fuera separatista -responsabilidad patriotica-. Lo grave es el contenido de la revolucion -concluyo Mateo-, no si se produce dentro o fuera de la ley.
El profesor Civil contesto que este era un excelente sistema para justificar toda clase de levantamientos.
– Segun su teoria, si la doctrina es valida, queda justificado implantarla por la fuerza, ?no es eso?
– Desde luego. Es ley eterna.
El profesor Civil parecio escandalizarse.
– Pero… ?Lo que es valido para unos es delictivo para otros!
– ?Y eso que importa? -contesto Mateo, sacandose el panuelo azul-. Yo no concedo identica capacidad politica y de criterio a todo el mundo. Es la farsa de las urnas la que ha establecido esta igualdad. Yo creo que existen minorias u hombres con sentido profetico y es a estos a los que hay que escuchar. Si estos hombres creen que una doctrina es valida, de hecho pasa a serlo.
– Pero… ?como saber, en cada caso, si la minoria o los hombres que se han pronunciado contra la ley son precisamente esos seres superiores a que usted alude?
– Hay signos infalibles que lo demuestran -afirmo Mateo-. Su personalidad, su sinceridad, el alcance entranable de su doctrina. Cuando usted oiga a Companys diciendo en pleno 6 de octubre: «?Catalanes, el Gobierno de la Generalidad hace lo que tiene que hacer y hara lo que sea necesario segun las circunstancias de cada momento!», puede apostar a que ese hombre carece de autenticidad y del minimo de seguridad en si mismo exigible un Jefe; en cambio, cuando usted oiga a un diputado de treinta anos que en el Parlamento
Ignacio quedo estupefacto. ?Ficha de inscripcion! En aquel instante lo comprendio todo. Comprendio que Mateo aludia a Jose Antonio Primo de Rivera. La luz se hizo en su cerebro, recordandole que Cosme Vila habia dicho que los fascistas en Barcelona llevaban camisa azul. ?Camisa azul! ?Panuelo azul! «Levantarse contra unos y
