separarse y mirarse a los ojos, porque cada uno tenia la sensacion de que estos expresaban algo superior a lo que el otro podria resistir.
Asidos de la cintura, bajaron las escalinatas de Santo Domingo. Las piernas les flaqueaban. Entre la nada que ocupaba sus cerebros se abrio paso una luz timida. Identica luz en cada uno de los dos, prueba de que continuaban siendo un solo halito humano: David y Olga pensaron que antes que mirar el cielo libre, que ir a su casa, que cruzar el rio tenian que ir a casa de los Alvear. ?Cuantas horas en la cocina Carmen Elgazu! ?Cuanto tabaco -para Olga- Matias Alvear! ?Cuantos cestos habian subido los propios Ignacio y Pilar, desde que los alumnos tuvieron que ir a otras escuelas y Santi habia desertado…!
Entraron en la Rambla, al andar saltaban sin darse cuenta. Adelantaban a otros indultados, se cruzaban con seminaristas que se iban de vacaciones. Subieron la escalera y llamaron a la puerta.
Fue Pilar la que les abrio. Matias, al verlos, dejo la servilleta -estaban en la mesa, desayunandose- y se levanto.
David ante Pilar, le apreto la muneca. Matias avanzaba por el pasillo, David se separo de Pilar y se fue hacia el y le abrazo, sin articular una silaba. Entretanto Olga habia alcanzado a Carmen Elgazu, quien, impresionada ante las ojeras de la maestra, olvido sus resabios pedagogicos… Y luego le toco el turno a Ignacio, que odiaba las escenas, que sintio que continuaba queriendo de todo corazon a los maestros.
Fue una escena muy dificil. ?Que habia pasado en aquellos dos meses y medio? ?Como pensaba cada uno? Si la revolucion hubiera triunfado… La expresion de Olga impresiono a Pilar.
David continuaba con los ojos humedos. Olga devolvia un tenedor, que con la prisa habia olvidado meter en el ultimo cesto…
Imposible tomar el desayuno con ellos… Querian irse para casa, para la escuela, ardian en deseos de ver que habia sido de ella. Con Ignacio hablarian mas tarde. «?Tal vez por la noche…?» «?Ah, tenia clase…?» «?Quien era el profesor…?» ?El senor Civil…? Bien, bien…claro, claro… «De todos modos, imposible pagarles cuanto habian hecho.»
La familia entera los acompano a la puerta. ?Enhorabuena! David y Olga bajaron la escalera. Salieron a la calle. Se miraban a los ojos. El miedo habia pasado.
Cruzaron el Puente de Piedra. «Para la viuda de Joaquin Santalo.» ?Que significaba aquello? Adelante. El rio estaba casi helado. El jardin estaria raso como el patio de la carcel, los pupitres de la clase sepultados bajo el polvo y las telaranas, el lecho frio… Tal vez se hubieran caido los mapas.
Llegaron a la Escuela cogidos del brazo, cruzaron la valla. Como una maldicion se habia agostado el jardin. ?Adelante, no detenerse! La puerta crujio. Y al instante, David vio una cucaracha. En el centro del pasillo. Muerta. «?Que ocurria?» Avanzaron hacia la cocina. La cocina, caliente por el horno de un panadero vecino que comunicaba con ella, negra, flotante de cucarachas. Negras cucarachas que ante la presencia humana se precipitaron de un lado para otro, danzando como los locos del Manicomio. David, sobrecogido, tomo la escoba, Olga avanzo un pie. Las cucarachas se dirigieron hacia el comedor en guerrillas, tambaleante su caparazon, presintiendo el exterminio de la raza. Buscaban la calle, un refugio, el limbo. ?Varias alcanzaron la clase! En esta, solo un mapa caido: el de Europa. Tres cucarachas negras se dirigieron hacia el en el momento en que David las alcanzo.
Fueron veinte minutos mortiferos. Los maestros se miraban de vez en cuando, con expresion absolutamente desolada. Al terminar, David quiso bromear y dijo: «?Asi entraron los moros en Oviedo!»
A los veinte minutos estaban libres. Los cadaveres, en los rincones. Entonces David y Olga volvieron a abrazarse y se rieron como benditos, solos, inseparables otra vez, como los campanarios de San Felix y la Catedral, como diciembre y el frio, como la revolucion y la sangre.
CAPITULO XXXVIII
Una alegria humana invadio la ciudad. Ciento ochenta familias comieron turron y bebieron champana celebrando el regreso del ausente. El miedo habia pasado. Hasta despues de Reyes, no pensar en nada. Si los estudiantes hacian vacaciones, lo mismo podian hacerlas los malos recuerdos y el espiritu de venganza. Ahora, Navidad. El asno y el buey, los tres reyes -Melchor, Gaspar y Baltasar- ya estaban en camino, guiados por una estrella. De cada hogar salia humo por algun lado; era el fuego de los corazones. Teatro, cine. El Rubio, el anarquista «chivato», que, boicoteado por la pandilla, se habia refugiado en el saxofon, levantaba en el Ateneo su instrumento hasta el techo, en gesto triunfal. Amistades contraidas en las celdas se visitaban mutuamente. Cada uno presentaba su familia. «Mi mujer, mis hijos.» «?Menudos platos de arroz le mandaba usted a ese tunante! Partiamos la racion, yo le daba una pata de conejo.» La libertad infundia a los hombres una ansia desconocida de vivir. Gerona tenia otro color.
Muy tarde, al regreso de los espectaculos, bajo el cielo nitido y estrellado, los tacones resonaban en las aceras. Rapidos, por el frio insoportable. Cada hombre libre esperaba alcanzar algun milagro por el aire.
En la noche del 28 de diciembre ocurrio algo magico. Sin que nadie lo advirtiera, la nieve se poso en la ciudad. Por la manana las gentes se levantaron y todo estaba blanco. Todas las ventanas se abrieron. ?Ohhh…! Gerona bajo la nieve parecia una inmensa Hostia.
Inaudito espectaculo. En las canteras de Laura -otra vez de los hermanos Costa- cada piedra llevaba capucha. El angel sin cabeza -un obus frances la arranco- del campanario de la Catedral, ahora exhibia una cabeza de nieve, fria cabeza redonda que presidia la ciudad. La Rambla quedo convertida en barro; en cambio, la Dehesa permanecio pura. Mucha gente subio a las Pedreras para contemplar los blancos tejados y la llanura circundante. Extranas indumentarias salieron a la calle; los chicos sacudian los arboles. En el patio de la carcel se veian, perfectas, las huellas del gitano y de Berta la prostituta. En el Manicomio, la presion de los zapatos se delataba desigual. En el cementerio quedaron uniformadas las tumbas del taxista, del diputado, del comandante. Tacito armisticio. Los presos libres se tiraban bolas de nieve de uno a otro balcon. Los tres reyes avanzaban en su camino. Solo Porvenir, el Responsable e Ideal, ajenos al lirismo del paisaje, continuaban subiendo a los pisos y pidiendo: «Para la viuda de Joaquin Santalo».
A Julio le ocurrio algo singular. Mientras estuvo en la carcel penso mucho en su mujer. Mas de lo que nunca se habria figurado. Y en cuanto dona Amparo Campo, muy emperifollada para recibirle, se le echo en los brazos lloriqueando, el, por un momento, se conmovio; pero a los pocos segundos, al ver por encima de los hombros de su esposa la lampara de hierro forjado, los libros, los discos, la tortuga en un rincon, volvio a sentirse el amo, seguro de si. La nieve le habia alegrado como a un chiquillo, recordandole algunas excursiones a la Sierra, desde Madrid.
Las llaves. Hizo tintinear sus llaves. ?Todo habia pasado! Hubo un momento en que temio. Cuando el rostro del comandante Martinez de Soria intensifico el color de sus manchas rojas. Pero habia vuelto a la vida… Solo consigo mismo, con su sombrero ladeado, su boquilla, su mujer, la popularidad, sus conocimientos, la Logia. Julio habia adelgazado en la carcel. Ojos negros, de almendra, tez aceitunada. La silueta de Julio sobre el fondo de nieve hubiera sido africana. Julio siempre decia: «La Cultura musulmana es centripeta. Incluso sus jardines giran alrededor de un centro». En su caso, el centro era el mismo, el jardin era la Logia, la cultura, el mundo. Le parecia de buen aguero que al angel de la Catedral le faltara la cabeza. Ahora esperaba la reunion con el comandante Campos, con el director del Banco Arus, con el coronel Munoz, con los arquitectos Massana y Ribas… Se puso el batin rojo, recorrio el piso canturreando: «…y el pastor siente el gozo en su corazon».
Los hermanos Costa discutieron con Laura. ?Habia exagerado! Era una chiquilla. Aquello era cosa de hombres. En fin, bien esta lo que acaba bien. Laura no sabia si alegrarse o no de la liberacion de sus hermanos. Le dolia en las entranas abandonar a sus obreros. «?Pobres, que iba a ser de ellos!» Sus hermanos se oponian a la guarderia infantil. Era evidente que sus hermanos se opondrian a todo aquello en que ella pudiera tomar parte. «?No te basta con tu tercio? No te faltara.»
Pilar estaba encantada con las fiestas. Mateo y su padre habian comido en
