Don Emilio Santos solto una carcajada y la felicito por la idea.

De repente, Carmen Elgazu, que rodaba sus ojos por el despacho, vio el retrato de Jose Antonio Primo de Rivera.

– ?Quien es ese joven? -pregunto.

– Es el jefe de Falange… Jose Antonio Primo de Rivera.

Carmen Elgazu exclamo: ?Jesus! Y Orencia, que no se movia del umbral, imprimio a su rostro una extrana expresion de sorpresa y como de persona que ha visto confirmarse algo que suponia.

Don Emilio interrumpio la escena. «Tal vez pudieran organizar un periodico intercambio de visitas. Comer juntos, un dia en casa de unos, otro dia en casa de otros.»

Ahora, puesto que no querian quedarse por mas tiempo, por lo menos que Matias Alvear aceptara un recuerdo de la visita: una caja de habanos.

La despedida fue afectuosa, en el vestibulo. Carmen Elgazu se envolvio en su piel negra, que le rodeaba el cuello y le caia por la Espalda, la piel que vio «Rey de Reyes». Su cabellera y su mono la protegian del frio en la cabeza. Bajaron la escalera despacio. «?Adios, retirese, retirese! Y sentimos no haber podido saludar a Mateo…»

CAPITULO XXXVII

En el Banco, el fusilamiento del diputado Joaquin Santalo habia provocado una gran indignacion. La Torre de Babel sentia un especial respeto por el diputado, pues sabia que varias veces habia dado sangre en el Hospital. «?Que habran ganado con eso? Crearse mas enemigos.» Los argumentos corrientes eran: «No es lo mismo disparar el 6 de Octubre, con la revolucion en marcha, que firmar una sentencia de muerte en un despacho». Lo curioso era que todo el mundo hablaba de la viuda del diputado, nadie de la viuda del taxista.

El subdirector le decia a Ignacio que el comandante Martinez de Soria no se habia dado cuenta del juego de que habia sido objeto, Todas las presiones oficiales que recibio se encaminaron a salvar a Julio Garcia y a los arquitectos Ribas y Massana, asi como a evitar que el nombre del coronel Munoz friera pronunciado. El momento de locura que tuvo Joaquin Santalo al disparar facilito las cosas. Pero, pensandolo bien, ?no eran tanto o mas responsables los primeros?

Ignacio no sabia que pensar. A veces las ideas del subdirector le parecian folletinescas. Y, sin embargo, el hombre daba detalles. En el propio Tribunal, a la izquierda del comandante Martinez de Soria, se habia sentado un mason: el comandante Campos.

– ?El comandante Campos…?

– Como lo oyes. Con grado de Maestro.

Ignacio se rasco la cabeza.

– Bueno…?y las presiones oficiales de que habla?

El subdirector tomo un poco de rape.

– Escucha con atencion… En Espana… hay veintiun generales masones. Te puedo dar los nombres: Cabanellas, Riquelme, Miaja, Gomez Morato, el propio Lopez Ochoa, que dirigio lo de Asturias… ?Y vas a ver lo que ocurrira ahora! Esos generales colocaran las piezas en el lugar pertinente.

– No entiendo.

El subdirector se explico. Estaba convencido de que el 6 de Octubre no habia sido mas que un ensayo general. Estimaba que Oviedo, en el plan de la revolucion masonica-socialista espanola, habia ocupado el mismo lugar que en Rusia ocupo Retrogrado, en la sublevacion de Julio de 1917. El asalto final en todo el pais se haria mas tarde. De momento se habian conseguido muchas cosas. Los odios eran mas profundos, la poblacion civil estaba aterrorizada, habria nombres de leyenda como el de Joaquin Santalo en Gerona; habria «Asesinos» como el comandante Martinez de Soria.

De repente aparecio en Gerona el Responsable. Despedido de la fabrica de alpargatas, su intencion era dedicarse de lleno a la accion politica. Llevaba gorra nueva. Sus ojos, acerados como siempre. Le escoltaban sus hijas, el Cojo, Blasco, el Grandullon y el sargento novio de su hija mayor, al que el comandante Martinez de Soria habia despedido de las oficinas.

Pero, ademas, se habia traido de Barcelona, donde permanecio un mes, un camarada llamado Porvenir, muchacho al parecer de gran temperamento y que queria cambiar los nombres de todos sus companeros. Aunque solo consiguio convencer al Grandullon, que en adelante se llamaria Ideal. Porvenir, Ideal… todo aquello gustaba mucho a las hijas del Responsable.

Los dirigentes de la CNT que secundaban al Responsable, pertenecian casi todos al ramo del transporte. Siempre decian que los pobres no recibian nunca nada. Ni vagones, ni cajas, ni siquiera paquetes. En las estaciones y en los camiones, las etiquetas llevaban siempre los mismos nombres.

El Responsable habia llegado enarbolando una flamante bandera revolucionaria: Joaquin Santalo. Ahi estaba el martir. Los canteros de los Costa habian tallado una losa para su tumba, bajandola de la montana. Aquella rata de sacristia llamada Laura habia ordenado vaciar en ella una cruz. Joaquin Santalo, el hombre que habia dado su sangre en el Hospital. El Responsable, Porvenir, el Cojo, todos abrieron una suscripcion a beneficio de la viuda de Joaquin Santalo. Subian por los pisos. «La Voz de Alerta» denuncio la maniobra. «?La viuda de Joaquin Santalo condenada al hambre!», le contestaron. Los anarquistas recorrian las calles, con pequenas bolsas, insensibles al frio. Al frio de diciembre, que azotaba a Gerona. Se acercaba Navidad y los anarquistas querian obsequiar con un aguinaldo a la viuda de Joaquin Santalo y a sus hijos, ahora desamparados.

Pero no consiguieron gran cosa, Todo el mundo sabia que precisamente los anarquistas se habian abstenido de apoyar la revolucion. Y por lo demas… otro hecho acaparaba entonces la atencion: se decia que los detenidos iban a salir en libertad de un momento a otro. ?Libres! En la carcel tambien corria este rumor. Mosen Alberto decia a unos y otros: «Creo que si, creo que si». El gitano de las gallinas lloriqueaba en un rincon. Pronto volveria a encontrarse solo en el patio.

Las mujeres desanimaban a Olga. «?Que va! No os soltaran hasta despues de las fiestas.» Olga habia hecho gran amistad con sus companeras de celda. La querian mucho. A Berta, una prostituia, la ensenaba a leer. ?Pobre Berta! Cuando Olga saliera, caeria de nuevo en la mas burda ignorancia.

El frio alcanzo su maximo rigor. Gerona estaba gris. La explanada de la Piscina sugeria la idea de estepa. Un vaho espeso salia de las bocas. ?Imposible, para Matias, abrir la ventana del comedor y pescar en el rio! Imposible, para Pilar, escribir su diario en su cuarto. Los trenes empezaron a traer viajeros que llegaban a pasar las Navidades con las respectivas familias. Entre ellos, ?nadie les reconocio!, llegaron de Valladolid, los dos hijos del comandante Martinez de Soria.

Mosen Alberto y la voz popular acertaron. Excepto el Comisario, los diputados y los que habian constituido el Ayuntamiento revolucionario, los demas, en la noche del 23 de diciembre recibieron la noticia: «A las ocho de la manana, libres».

?Valgame Dios! Las venas dieron una fantastica sacudida, jubilosa por una vez. Murillo, el repartidor de los cafes «Debray», el empleado de la Cruz Roja, los hombres de la calle de la Barca. De Auditoria General de Barcelona habian ordenado: «Julio Garcia, tambien».

Prohibido estacionarse a la salida de la carcel. La orden iba destinada a las familias, que habrian organizado un espectaculo. Tendrian que apostarse en las calles adyacentes.

?Que importaba! Los primeros en salir fueron los del Orfeon. Ahora les remordia haber cantado. Sus propias mujeres se lo echarian en cara. Luego se dio la salida a los de los pueblos. Tres grados bajo cero, llenaron las calles con sus inmensas bufandas, precedidos por el vaho espeso que les salia de la boca. «Para la viuda de Joaquin Santalo, para la viuda de Joaquin Santalo.» Todos guardaban su dinero para poder pagar el billete en la estacion.

De repente, la carcel vertio casi entero su contenido. Todo el mundo fuera. Ciento ochenta reclusos, vecinos de la ciudad. Algunas barbas parecian llegar del Himalaya. Varios, esqueleticos; otros habian engordado. ?Adios cestos, adios gitano! Fue un tropel.

En la acera de la carcel, se encontraron por fin David y Olga. Primero habia salido David. Al ver aparecer a su mujer en el marco de la puerta quedo yerto, la nuez del cuello le subio y dos lagrimas como de escarcha cubrieron sus ojos. Olga dio un salto y se le echo al cuello. Permanecieron largo rato abrazados, no osaban

Вы читаете Los Cipreses Creen En Dios
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату