muerte del taxista habia vengado la del comandante Jefe de Estado Mayor. No consiguio nada. Mosen Alberto intento algo por su parte: identico resultado. El cajero movilizo cuantas personas pudo. Consiguio hablar con el notario Noguer, con don Jorge. La suerte estaba echada.

Toda la ciudad vivia el drama de la mujer del detenido, la cual corria de un lado para otro barbotando la palabra criminales.

En el cafe de los militares, «La Voz de Alerta» comento: «El pueblo es siempre asi. El diputado mato al comandante a sangre fria, pero de eso ya nadie se acuerda».

Dona Amparo respiraba tranquila. Las esposas de los demas detenidos veian el indulto de los suyos tras todo aquello. A Mateo la sentencia le parecia justa. El profesor Civil comento: «Natural, se levantaron contra un Gobierno legitimamente constituido». Los portadores de los cestos rezongaron ante la carcel, con la esperanza de poder ver al condenado.

En cuanto a este… estaba en el fondo de una celda pequena, sin ventilar. Y solo dos personas le veian: el guardia civil encargado de su custodia y mosen Alberto.

El guardia civil cumplia su mision. Se llamaba Padilla. Era un hombre gordo, cuyos pasos resonaban demasiado en el pasillo. Mosen Alberto… obtuvo un triunfo indiscutible en su carrera. Por tres veces habia sido despedido violentamente por el condenado, que se encontraba en un estado de extrema agitacion. «?Ahora si sacare gran provecho de todo esto!», exclamaba al ver al sacerdote. Pero mosen Alberto recibio sus insultos con tanto estoicismo, que de repente el diputado de Izquierda Republicana llamo al guardia y le dijo:

– Que venga el cura.

Mosen Alberto le confeso. Apenas si el penitente sabia hacerlo. Mosen Alberto le decia: «No importa, no importa. La voluntad vale». El insistia, queria decirlo todo, explicarlo todo. ?Una cosa le resultaba imposible! Arrepentirse de haber disparado. Volveria a hacerlo, lo haria cien veces. Mosen Alberto argumentaba: «No se lo digo porque fuera militar, eso no tiene importancia. Pero no se puede matar a un hombre». «Entonces ?por que me matan a mi?» Finalmente lloro, lloro y con la mano mojada de lagrimas mosen Alberto le dio la absolucion.

Luego llego la ultima noche. En la carcel nadie dormia. El lugar que el reo habia ocupado despedia cierto resplandor. La Andaluza y Canela ofrecieron cirios para que a ultima hora llegara el indulto. La viuda del comandante Jefe de Estado Mayor rezaba para que todo ocurriera lo mas rapidamente posible.

Los cristales de la sala del Tribunal estaban helados. Faltaban quince dias para Navidad. La luz del alba se abrio paso en el mundo. Las seis de la madrugada dieron en la Catedral. ?Sono un manojo de llaves, pies que se arrastraban, se oyo el ruido de un motor en marcha!

El cementerio fue el lugar elegido. El rio, proximo, lamia el jugo de los muertos. Cuando el eco de la descarga se extinguio, despues de rebotar contra las tumbas, contra Montjuich, llegando incluso a la ermita de los Angeles, alla a media cuesta, en los terrenos de los Costa y de Laura, en las canteras que presidian la ciudad, se oyo un ritmo de martillos. Los canteros iniciaron la cancion de la montana.

Paco, el hijo adoptivo del cajero, descendio vertiginosamente de la tapia del cementerio, y echo a correr por la carretera hacia la ciudad, llevando una carpeta debajo del brazo.

CAPITULO XXXVI

Don Emilio Santos, director de la Tabacalera, y Matias Alvear acabaron siendo grandes amigos. El director de la Tabacalera imponia por su estatura y por sus canas; en cambio, Matias Alvear tenia los ojos mas vivos; todo era mas expresivo en el. Cuando los domingos vestian traje de fiesta, era innegable que parecian dos autenticos senores, con mucha vida sobre sus espaldas.

Tal vez el director de la Tabacalera hubiera dejado ya un poco en el camino. Don Emilio Santos le envidiaba a Matias algo muy importante: que su hogar fuera completo. Tener una Carmen Elgazu al lado, tener dos hijos y una hija era verdaderamente un tesoro. El, a veces, se sentia solo, algo abrumado. Su esposa estaba enterrada. El hijo mayor, en Cartagena, escribia de tarde en tarde; su consuelo era Mateo. Pero el muchacho tenia un temperamento demasiado fuerte.

Matias Alvear queria mucho a don Emilio Santos, porque en el fondo se entendia mejor con el que con Julio Garcia. Era menos complicado, mas humano. Don Emilio Santos era un artesano de la vida, Julio un cientifico. Lo cual no impedia que Matias continuara sintiendo por Julio una atraccion especial.

Don Emilio se habia empenado en que Carmen Elgazu y Matias fueran a visitar su piso, cerca de la estacion. ?Como no? Aquel genero de visitas encantaba a la mujer. Despues de recorrer pieza por pieza, Carmen Elgazu se detuvo en la cocina con la sirvienta, de la que se sentia en cierto modo responsable, dandole consejos caseros y, sobre todo, una retahila de recetas vascas. Entretanto, los dos hombres se quedaron en el despacho de Mateo. Matias, cerca del pajaro disecado.

Don Emilio Santos esperaba el momento para hablar con su amigo de un asunto que le quitaba el sueno. ?Que mejor ocasion? «Matias, queria confiarle algo que me preocupa. Mire ese retrato; y, sobre todo, la dedicatoria. Si, Mateo quiere fundar la Falange en la ciudad.» «Si me pones obstaculos te desobedecere. Si me ocurre algo… espero que te haras cargo.» «Duro lenguaje, a fe. Nunca Mateo me habia hablado asi. Amigo mio, nuestra epoca es extrana. Hay momentos en que uno no sabe si es padre de un heroe o de un monstruo.»

Matias se sorprendio hasta tal extremo que al pronto no acerto a contestar nada. No sabia si don Emilio se habia dado cuenta exacta de la importancia de lo dicho. ?Falange se parecia mucho a la dinamita, sobre todo en manos de muchachos como Mateo! E introducirla en Gerona cuando lo que se necesitaba era apaciguar los animos le parecia una idea de loco. Lo que Mateo debia hacer era estudiar Derecho y ayudar a su padre. Lo demas, lamentable error. Matias reacciono tanto mas fuerte cuanto que desde el primer dia habia sentido gran simpatia por el muchacho, hasta el punto que cuando Carmen Elgazu le trajo una noche, antes de cenar, el diario de Pilar, y le hizo leer, sonriendo: «30 de noviembre. Ayer le vi y me dijo: '?Hola, Pilar!', y me miro de una manera distinta de otras veces…», el hombre no habia podido reprimir una casi imperceptible sacudida de gozo. Hablo a su amigo con toda franqueza. Le dijo que debia impedir por todos los medios que Mateo cometiera aquella insensatez. Toda su autoridad de padre debia oponerse a ello. ?Y si su hijo de Cartagena pensaba lo mismo que Mateo, debia arreglarselas para celebrar un consejo de familia y arrancar la promesa de uno y otro! Ademas… Gerona era peligroso. El era antiguo en la ciudad y sabia como las gastaban. En cuanto la cosa fuera tomando cuerpo…

Matias concluyo:

– Es curioso que al llegar a los veinte anos los hijos nos coloquen ante problemas insolubles.

Don Emilio Santos, que le habia escuchado con mucha atencion, a pesar de hallarse vivamente afectado, comprendio, por el tono en que Matias pronuncio estas ultimas palabras, que algo ocurria tambien en casa de los Alvear. Y no erraba. «Heroe o monstruo.» La frase le habia recordado a Matias que el tenia tambien algo que comunicar a su amigo.

El director de la Tabacalera dijo:

– ?Por que ha empleado usted el plural…? ?Pasa algo con Ignacio?

Matias asintio. Nunca habia hablado de ello con nadie, ni siquiera con su mujer; pero entonces era la ocasion. Su hijo era responsable de algo peor que de tener una idea loca, o de andar por las calles con dinamita en las manos. Una mujer de la vida, Canela… ?se le llevaba el dinero, la salud, estudiaba poco y mal! Pero lo peor era la hipocresia. Por lo menos, Mateo era noble, daba la cara. Ignacio llegaba a casa, daba las buenas noches, besuqueaba a su madre como si tal cosa. Y hasta rezaba el Rosario. «Le adverti una vez, ahora sere mas serio. Si, queremos demasiado a nuestros hijos. Acabaran tomandonos el pelo, y eso no.»

Don Emilio le miro. Por lo visto, cada uno llevaba su cruz.

En aquel momento aparecio Carmen Elgazu en el umbral de la puerta. Los dos hombres, al verla, se levantaron. El director de la Tabacalera admiraba mucho a la esposa de Matias. Ahora su presencia disipo los pensamientos sombrios que le embargaban.

La mujer dijo, sonriendo:

– Bueno, ?que te parece que si nos fueramos, Matias?

– No se vayan, no se vayan aun -rogo don Emilio Santos-. Orencia les preparara algo, una taza de cafe.

Carmen Elgazu sonrio.

– ?Pues mire por donde! Orencia y yo ya nos lo hemos tomado en la cocina.

Вы читаете Los Cipreses Creen En Dios
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату