aunque Teo no le quita los ojos de encima y no se lo que ocurrira.
– ?En que sentido crees que te sera util?
– Pues… a veces uno tiembla. Tiene compasion, o que se yo. Entonces miras a esa mujer y te curas.
– ?Tu te mueves por amor o por odio?
– Por disciplina.
Casal se mostraba ironico.
– ?Crees que el hombre viene del mono? -pregunto, inopinadamente.
– ?Ah! Eso me gusta. Creo en la evolucion. En la evolucion ciega de la naturaleza.
– ?En la evolucion hacia que?
– He dicho en la evolucion ciega.
Casal anadio, despues de un silencio:
– ?Que consecuencias sacas de que tu hijo quiera comerse su pie?
– Que no tiene conciencia de que sus miembros son suyos, y que somos un saco de instintos.
– El dia en que tenga esa conciencia, ?que habra ocurrido?
– No hables mas. Ya conoces mi opinion: las lagrimas son agua.
El suegro, alto y timido, escuchaba boquiabierto. Era un hombre con una inmensa verruga bajo la oreja izquierda. Cosme Vila le habia profetizado que llegaria un dia en que en los pasos a nivel habria un centinela electrico que no se equivocaria jamas; luego, un paso mas en la evolucion, se suprimian los pasos a nivel. Todo serian pasajes subterraneos.
– Pero no temas -le habia dicho a su suegro-. No te quedaras sin trabajo.
Casal contemplaba a la esposa de Cosme Vila, a su crio y a los guardabarreras. A su modo, constituian una familia ejemplar. El ideal los habia unido. Para los suegros, el comunismo era un sueno romantico, estelar y perfecto. Para Cosme Vila a la vez un arte y una ciencia. Para la esposa, una forma sencilla de solucionar los problemas de la provincia y de llegar a esposa de emperador; para el crio una ininterrumpida sucesion de huellas digitales.
Cosme Vila le acompano a la puerta. Le veia fatigado. Le ayudo a ponerse el abrigo. Le dijo:
– Recuerdos a tu mujer.
CAPITULO LXII
El despliegue de propaganda de unos y otros habia convertido la ciudad en un campo de batalla. Los rencores politicos se unian a los rencores personales. Desde la mentira inocente hasta la calumnia todo era valido para conseguir unos cuantos votos. Una particular circunstancia acusaba el tragico relieve del momento que se vivia: el calendario senalaba Navidad.
Todos los detenidos cuando lo de Octubre recordaron que aquel era el primer aniversario de su liberacion. ?Cuanto se habia avanzado en un ano! De los locales clausurados se habia pasado a la combativa alineacion de todas las fuerzas disponibles. Todo el mundo recordo la gran nevada del ano anterior, cuando Gerona se convirtio en una inmensa Hostia. Ahora sobre la nieve, todas las pisadas quedarian impresas en forma rotunda, como si cada persona llevara botas de soldado. La huella del doctor Relken destacaria entre todas, porque era el unico que llevaba las suelas claveteadas. Don Santiago Estrada creyo llegada la ocasion de repartir las bufandas y demas prendas de abrigo recogidas por la CEDA. Una comision de senoras fue nombrada, a la que se incorporo Laura, quien desde su regreso del viaje de bodas era el alma de todas las actividades beneficas de la ciudad; pero fue un fracaso rotundo.
La gente no quiso aceptar nada. «?Que quieren ustedes? ?Comprar nuestros votos?» «Andando. Aqui no necesitamos nada.»
«No necesitamos nada.» Esta fue la frase corriente. Esta y las blasfemias. Laura quedo estupefacta. Las senoras no comprendian que los pobres no necesitaran nada, que siendo ellas ricas no les pudieran regalar nada. «Si pasaran tanto frio como dicen, tendrian menos amor propio y aceptarian.» No obstante, decidieron continuar hasta fin de ano, pues el Pirineo enviaba rafagas cada vez mas heladas. Decidieron pasarse incluso la noche de San Silvestre recorriendo pisos pobres, especialmente por el barrio de San Felix, que era el unico que faltaba; y aquello fue el remate de la peregrinacion. En una de las visitas pasaron tanta verguenza, que renunciaron definitivamente a su apostolado.
El patron del Cocodrilo les habia dicho: «Yendo hacia los Banos Arabes, en el numero
A la luz del farol leyeron; Num. 5, y llamaron. Y les abrio la puerta la valenciana, querida de Gorki, a la que habia aludido Cosme Vila. La mujer, miembro del Comite Ejecutivo del Partido Comunista, recibio a las senoras con la sonrisa en los labios. «Pasen, pasen» -las invito-. Pero en cuanto las tuvo en el interior le entro una rabia incontenible. «?Fin de ano, eh…?» -Se dirigio a la esposa de don Santiago Estrada y arrancandole un guante exclamo: «?Con eso da gusto pasar frio!» Y acto seguido dejo caer la prenda al suelo, limpiandose luego los dedos.
Fue algo increible, que hizo llorar a Laura, cuando luego lo recordo. La mujer, de edad indefinida y de piernas poderosas, se desabrocho la bata. «?Cinco hijos, cinco hijos! -decia-. Cinco hombres.» Luego les enseno fotografias y recortes de periodicos en que se la veia en Valencia con el puno en alto. No hablo de politica. Solo obscenidad. Era la noche de San Silvestre. Debia de haber bebido una copa de anis en cada taberna. Cito vagamente a Gorki y al hablar de Teo escupio.
El regreso de la Comision de la CEDA fue penoso. Habia por las calles borrachos que cantaban: «Jesus ha nacido en un pesebre». Don Santiago Estrada habia preparado un refrigerio para las damas en el local del Partido, pero ninguna de ellas tenia apetito. «La Voz de Alerta» esperaba abajo a Laura, con el coche, y la condujo en silencio a casa.
Mosen Francisco no se arredro por el hecho de que todas las noticias que le llegaban contuvieran tanta violencia. Reunio a los ninos del catecismo y empezo su campana. Dibujo un inmenso cartel para el vestibulo de la iglesia: «Rezad el Santo Rosario». Imprimio folletos y estampas con este consejo. «Rezad el Santo Rosario.» Repartio los folletos por las calles. Los deslizo por debajo de las puertas. «Se acercan momentos dificiles. Hay que pedir amor y no odio. Que los cristianos recen el Santo Rosario.» Al terminar la misa se volvia hacia los fieles, se ponia brazos en cruz y les decia: «Por Dios, basta de lucha fratricida. Recemos el Santo Rosario. Y que cada familia anada un padrenuestro especial por la paz de Espana». Mosen Francisco se entusiasmo de tal modo con su campana de Navidad que propuso a todos los fieles que lo rezaran a la misma hora. Dijo: «A las nueve y media de la noche, cuando oigais las campanas, reunios en torno a la estufa y rezad el Santo Rosario».
La primera persona que obedecio fue una mujer que nunca habia tenido confianza en los repartos oficiales de prendas de abrigo: Carmen Elgazu. Carmen Elgazu, que adoraba a mosen Francisco, de pronto hacia: «?Chisssst…! imponiendo el silencio. Sonaban las campanas. «Ale, empecemos.» Y se persignaba e Ignacio iniciaba el
Otro hogar en que se obedecio, fue el del comandante Martinez de Soria. «?El Rosario! ?Es la hora!» Lo llevaba Marta, y el comandante tambien se levantaba y echaba a andar arriba y abajo. A veces sus excursiones eran mucho mas largas que las de Matias e Ignacio. A veces en ellas alcanzaba lugares extremos del piso, como por ejemplo el despacho, donde a lo mejor se detenia ante el mapa abisinio y no regresaba al comedor hasta que el Misterio de turno habia terminado. Su esposa rezaba con los ojos bajos, las cuentas de plata cayendole sobre la impecable falda negra. Marta, de vez en cuando, se apartaba el flequillo y suspiraba. Cuando iniciaba el padrenuestro por la paz de Espana, el comandante se detenia un momento, mirando al techo; luego levantaba el hombro izquierdo, sintiendo un gran combate en su corazon.
Docenas de familias siguieron el consejo de mosen Francisco, mientras las luces navidenas se caian
