ladrones!» Y en cuanto al Ejercito, todo le inducia a creer que las irregularidades de Cuba y Africa se repetirian si llegaba la ocasion, pues muchos jefes parecian empenados en convertir Espana en colonia de algun otro pais.

Su esposa procuraba calmarle. «Ten calma. No precipites las cosas.» Estas palabras tenian doble filo. Queria decir: «Haz lo que tienes que hacer… Pero asegura el golpe». El comandante miraba a su esposa y le daba un beso, con frecuencia en la mano. Le animaba verse comprendido por ella. Luego tiraba con fuerza del flequillo de Marta; se encerraba en su despacho o se iba a la Biblioteca del cuartel y alla seguia al dedillo el curso de las operaciones militares en Abisinia -decia que la infanteria espanola, con la mitad del material, hubiera llevado el avance con ritmo mucho mas acelerado-, y leia todo lo concerniente a la propaganda electoral que estaba en pleno apogeo.

Marta admiraba a su padre por su patriotismo. El comandante, cada tres palabras, pronunciaba el nombre de Espana. En el fondo, ante el mapa abisinio echaba de menos un Gobierno que organizara, en Africa o donde fuere, una empresa parecida. Marta le decia sonriendo: «De esto a la idea del amanecer hay un paso». El comandante rugia: «?No uses esas palabras idiotas!» Aun cuando el martir de la familia le doliera tan hondo, continuaba soltando pestes contra los falangistas.

Las elecciones… le daban miedo. Era de los convencidos de que las izquierdas se unirian, y de que si ganasen ocurririan grandes catastrofes. Todos aquellos a quienes el habia juzgado por lo de octubre se convertirian en heroes, y personalmente tropezaria a cada instante con el ataud de Joaquin Santalo, y a no tardar probablemente con el suyo propio. Todo ello le habia unido de nuevo a «La Voz de Alerta», en las conversaciones en el cafe. Siempre le ocurria lo mismo. Juzgaba que el dentista era un adulon, injusto con las clases inferiores; pero despues de soslayarle tenia que acercarse a el.

La esposa del comandante era una mujer de tacto. Tenia sumo arte en aconsejar a su marido, sin que este se diera cuenta. La esposa no pronunciaba el nombre de Espana cada tres palabras, pero de cada tres pensamientos le dedicaba uno. El segundo era para su marido. El tercero para sus hijos.

Nunca hablaba de Fernando. Murio, habia alcanzado ya la meta. Era una lampara encendida en el corazon. Jose Luis… continuaba en Valladolid estudiando y pegando carteles. -Al regresar del entierro de su hermano se dirigio a escribir un VIVA en el lugar exacto en que este cayo-. En cuanto a Marta, era su consuelo proximo, inmediato. Y tambien su inmediato problema; mas inmediato aun que el que planteaban los proyectos del comandante.

A la madre de Marta le preocupaban las relaciones de su hija con los Alvear. La familia, en general, le gustaba. Los Alvear tenian una virtud esencial: no eran catalanes. La esposa del comandante no comprenderia jamas a los catalanes. Los juzgaba antipatriotas, materialistas… y blasfemos… En cambio, de Matias sabia que era un hombre cabal, con mucha gracia, muy espanol de contextura y un artista pescando; de Carmen Elgazu diciendo que era vasca creia haber hecho todos los elogios, y Pilar la encantaba. La encantaba por su espontaneidad, por su alegria espiritual. Siempre le decia a Marta: «No podias encontrar mejor amiga». De modo que quien le preocupaba de los Alvear era Ignacio.

La esposa del comandante creia poder renunciar sin gran esfuerzo al yerno conde o duque en el que al nacer Marta habia sonado. Un abogado -un abogado que tal vez lo fuera excelente- le pareceria muy bien, llegado el caso; pero… a condicion de que no fuera de la UGT. Un abogado de la UGT en su casa sentaria como una estrella roja en el despacho de don Jorge. Sabia que Marta no se dejaba influir facilmente y decia de ella que su flequillo era la cortina que interponia entre lo que pensaba y lo que pensaban los demas; sin embargo, si el amor danzaba por en medio, todo cambiaba. «En cuestiones religiosas, es el hombre el que se deja influir; en politica e ideas sociales, cede la mujer.» Y si Marta se mantenia en sus trece, entonces la boda seria un fracaso.

Los temores de la madre de la muchacha tenian origen vario. Primero, la opinion personal. Habia visto a Ignacio por la calle y le parecio un muchacho correcto, de aspecto inteligente y pletorico de juventud; pero… no llevaba uniforme. Viendole se dio cuenta de lo que aquello significaba para ella; a la edad de Ignacio, la frente del comandante Martinez de Soria rozaba ya la primera estrella… Luego le asaltaron temores al oir algunas de las cosas que Marta contaba de el. Por ejemplo, que le criticara a esta su aficion a montar. Le decia que al verla regresar de la Dehesa a caballo, erguida a la altura de los balcones, con un asistente siguiendola, la sentia tan lejana como una princesa mora. «?Como es posible que diga tal cosa, si en las naciones que el considera ejemplares es mas que corriente que las mujeres monten a caballo?» Y por ultimo, le asusto el informe que dio del muchacho mosen Alberto. Mosen Alberto, al ser consultado, doblo el manteo sobre su brazo y contesto:

– Pues… con franqueza. Ignacio es la nota falsa de la familia.

La opinion del sacerdote puso sobre aviso a la madre de Marta. La mujer concedia importancia vital a la unidad familiar. Sabia que el hombre que se casara con Marta formaria parte del corazon y de la vida del comandante Martinez de Soria, y que en cierto modo deberia seguir la suerte de este, so pena de provocar una catastrofe. Las circunstancias de la nacion no permitian alojar bajo un mismo techo a dos varones de ideologia opuesta. Ademas, a su entender lo que Espana necesitaba estaba muy claro: una mano de hierro que apagara el volcan, que indicara a cada espanol su sitio. De modo que los democratas, los que invocaban el derecho a amenazar consules italianos, que Dios los conservara lejos.

Ignacio tenia, por fortuna, un abogado defensor en casa del comandante y no de valor escaso: Pilar. La muchacha continuaba adorando a su hermano; y contaba de el todo lo bueno que habia y lo que no habia. De modo que su opinion actuaba de contrapeso, sobre todo por lo que se refiere al comandante. El comandante queria enormemente a la chica. Cualquier cosa que esta dijera le caia en gracia. La madre de Marta, oyendola hablar de Ignacio, sonreia con cierta indulgencia; en cambio, el comandante levantaba el hombro y admitia, divertido: «De acuerdo, de acuerdo. Estoy convencido de que Ignacio vale mucho». A veces anadia: «Mucho mas que el loco que tu has escogido».

En el fondo, el comandante tenia celos a este loco, a Mateo. El hombre consideraba que Pilar era una criatura deliciosa. Le gustaba verla, hacerla ruborizar y tocarle la barbilla. Generalmente la piropeaba; pero a veces le interesaba tambien conocer su opinion sobre asuntos serios que en aquellos momentos ocupaban su espiritu. Siempre decia que Pilar era mas aguda de lo que aparentaba. «Ale, basta de tu hermanito y escucha lo que te digo. ?Que opinas del doctor Relken?» Un dia en que el parte de guerra habia sido particularmente movido, le pregunto que opinaba del conflicto italoabisinio.

– ?Yo…?

– Si, si. Tu… tu misma.

Pilar puso cara seria.

– Pues… que si fueran los ingleses los que hubieran atacado todo el mundo lo encontraria muy bien.

El comandante solto una carcajada. A la legua se veia que aquello no habia salido de su cerebro. El comandante se confirmo en la idea de que Pilar valia mucho.

– Ahi esta lo terrible del caso -comento luego con su esposa-. Ignacio me parece muy bien para Marta, pero Pilar en manos de Mateo quedara hecha trizas. Ese loco no le hablara mas que de Gibraltar y olvidara decirle que el abrigo que ha estrenado es bonito.

En cuanto a la chica, correspondia al comandante. En su casa hablaba con frecuencia de el. Decia que era mucho mas sencillo de lo que la gente creia. Entre otras cosas le queria porque le preparaba, a escondidas, unos cocktails que ni las artistas de cine. Lo unico que no le perdonaba era precisamente eso, que siempre la tomara con Mateo.

– Menos mal que tiene simpatia a Ignacio -decia siempre.

Un dia, anadio, dirigiendose a Matias Alvear:

– No hace como mosen Alberto, que les ha declarado la guerra a los dos chicos.

– ?A los dos…?

– Si, si. A los dos.

– A ver si te explicas.

– Pues… muy sencillo. Aqui, que si el paganismo aleman y que se yo. En casa de Marta, les aconseja que tiren a Ignacio escaleras abajo.

– ?Valgame Dios! -Matias Alvear se sulfuro. Tenia su opinion sobre Mateo, pero no admitia que nadie se mezclara en aquel asunto.

En la primera ocasion propicia echo la silla para atras y le dijo a mosen Alberto entre bromas y veras:

– Mosen… ?Es que le disgustaria que Carmen Elgazu y yo llegaramos un dia a ser abuelos…?

Bruscamente, se produjeron fisuras en la felicidad de los Alvear. Y fue precisamente por culpa de Mateo.

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