– No seas tonto. Se pasan temporadas de recogimiento. La accion de la gracia en ti es tan evidente ahora, en tus ganas de rezar, como lo era en el verano anterior, en que no te estabas quieto un momento. Y si no, vamos a ver. ?Que te ocurre cuando rezas? ?Que sientes?
Cesar se encogia de hombros, algo aturdido.
– Pues… no me ocurre nada. Intento… representarme a Jesus, eso es todo.
Mosen Francisco asentia con la cabeza.
– ?Y lo consigues?
– Pues… a veces me parece que si.
– ?Como le ves a Jesus? ?En que circunstancia?
Cesar reflexionaba.
– Pues… casi siempre, en el momento de la Transfiguracion.
– ?Vestido de blanco?
– Exactamente.
Mosen Francisco miraba a Cesar con fijeza, obsesionado por la concentracion que revelaba el semblante del seminarista.: -Dime una cosa. ?El cuerpo de Jesus… despide rayos de oro?
– No, no -negaba Cesar, con seguridad-. Rayos blancos.
– ?Jesus lleva algo en la mano?
– Nada, nada.
Mosen Francisco marcaba una pausa.
– ?Le ves en la cima de una montana?
– Si. En la cima de una montana.
– ?Y los rayos de donde le salen?
– Del corazon.
Mosen Francisco asentia de nuevo con la cabeza.
– ?No te das cuenta? Todo esto es muy grande, Cesar. -El seminarista callaba. Mosen Francisco anadia-: Bueno, pero… explica con mas detalles que es lo que tu haces. ?Que sientes, o que dices?
– Sentir… no se -contestaba Cesar-. A veces, una gran paz. A veces me parece que no siento nada.
– ?Y decir?
– Digo: ?Oh, Senor, y Dios mio! O a veces canto el
Mosen Francisco se levantaba dominado por la emocion. Y le repetia que seria muy tonto preocupandose. Que todo aquello tenia tanto valor como la caridad. ?Que importaba que no pensara directamente en los demas?
– Esos rayos blancos, Cesar… atraviesan tu alma, no lo dudes. Y a traves de ti llegan a los demas. A tu familia -ya ves los resultados-, a tus superiores, a todos.
Cesar se mordia los labios.
– Yo quisiera que llegaran tambien a otras personas.
– ?A quien, pues?
– A muchas, no se. A todo el mundo.
– Bueno, dime unos cuantos nombres. En la misa rezaremos los dos juntos por ellos.
Cesar sonreia y se tocaba una oreja.
– Pues… me gustaria poder ayudar…?yo que se! A mi primo, Jose, de Madrid.
– Rezaremos por el.
– ?Ya Murillo! A un tal Murillo… Y a un tal Bernat. -Luego anadia-: Y a todos los de los incendios.
Otra cosa hacia feliz a Carmen Elgazu: que Marta se hubiera enamorado de Ignacio.
Ya no le cabia la menor duda. Ella habia sido joven, y habia detalles que no la enganaban. ?Por que Marta elegia, para «congeniar» con Pilar, precisamente las horas en que Ignacio estaba en casa? ?Tan ciego seria este que no se daria cuenta?
A Carmen Elgazu la satisfacia aquello, «porque Marta era educada y tenia una formacion cristiana». Carmen Elgazu se decia: «Su madre debe de valer mucho, digan lo que digan en las tiendas». En cuanto al comandante, la mujer no sabia que pensar. Le sentia muy distante de lo que ellos -los Alvear- eran. Tan aristocratas, levantando el hombro izquierdo en ademan peculiar. Sin embargo, se rumoreaba que desde la muerte de su hijo el hombre era menos juerguista, y que bebia mucho, pero que en compensacion acompanaba con frecuencia a las mujeres a la iglesia.
?E Ignacio…? Carmen Elgazu habia llegado a una conclusion: el dia menos pensado se hallaria delante de Marta sin saber como declararsele… ?Como podia ser de otra manera? Marta era la chica de mas personalidad que Ignacio habia encontrado, y su hijo no iba a enamorarse de una cualquiera. Ademas, algo influyo mucho, a su entender: el dolor de Marta por la muerte de su hermano. El dia en que aparecio en la puerta del comedor, de regreso de Valladolid, con los brazos caidos a ambos lados del cuerpo, Ignacio se sintio unido a ella. Y ello continuaba, pues, de repente, Marta se quedaba pensativa y triste.
Carmen Elgazu evitaba hablar de este asunto con su hijo: en cambio, le dijo a Matias:
– Matias… ya ves lo que son las cosas. Te veo tomando lecciones de esgrima con tu consuegro, en el cuartel de Infanteria.
CAPITULO LIX
El mes de septiembre fijo posiciones. Cesar se fue al Collell, reconfortado por sus dialogos con mosen Francisco. «La Voz de Alerta» y Laura se casaron, y partieron para un viaje que seria breve. «La Voz de Alerta» decia que no podia permanecer ausente en visperas de elecciones.
Esta era la obsesion de la ciudad: las elecciones. Todos los demas problemas habian pasado a segundo plano. Nada que no fuera el tema de las elecciones interesaba a nadie; acaso solo existia una excepcion: el tema «doctor Relken». Del doctor Relken se hablaba mucho en todas partes, pues ademas de que su fisico llamaba poderosamente la atencion -su cepillado pelo rubio, su cogote germanico-, nadie sabia a ciencia cierta que diablos hacia en Gerona. Se contaban muchas cosas de el: que era un sabio, que le decia a mosen Alberto que habia errado en la eleccion del lugar de las excavaciones, que formaba parte de una Compania extranjera para la busqueda de minas en el Pirineo, que se bebia verdaderos depositos de agua, que no conseguia acostumbrarse al aceite de la cocina espanola…
Pero, excepto los dirigentes politicos, que no dejaban de observarle un solo instante, la masa creia que era simplemente esto: un hombre de ciencia. En el Banco Arus, Padrosa aseguraba haberle visto por Montjuich con un salacot en la cabeza, cazando mariposas.
Pero lo importante eran las elecciones. Los partidos derechistas estaban seguros de la victoria. Sobre todo la CEDA. Gigantescos carteles de Gil Robles iban siendo pegados en todas las paredes de la provincia, y lo mismo ocurria en toda Espana. Mitines… camiones con altavoces, globos representando a Gil Robles, las bufandas preparadas para ser repartidas en el momento oportuno… «?Por los trescientos! ?Viva el obrero honrado! ?Estos son mis poderes!» Pronto se vio que las consignas elegidas eran tres. Primera, exaltacion del jefe, Gil Robles. Segunda, dignificacion del obrero honrado. Tercera, el insulto sistematico a la oposicion.
En los mitines se atacaba a los revolucionarios de Octubre, se refrescaba la memoria de los ciudadanos referente a los asesinatos de Asturias, se publicaban datos sobre el desconcierto que trajo consigo el primer Gobierno de la Republica.
El subdirector le decia a Ignacio:
– ?Quien podra resistir a una campana semejante? La gente no es tonta. Los que tienen, querran guardar. La clase media aspira a ver la peseta estabilizada. Y en cuanto a los obreros, salvo los ciegos, los demas estan mas que hartos de promesas.
Ignacio sonreia.
– Asi que… no puede fallar…
El subdirector se ponia serio.
– Te dire… si la cosa anduviera normal, no. Pero… todo el mundo sabe lo que esta vez significa la victoria. Asi, que haran lo que puedan. Primero intentaran formar un frente unico. Si todo ello fracasa… entonces apelaran a la fuerza.
