Veia el porvenir negro y casi se alegraba de tener la edad que tenia. Los cambios de clima le habian fatigado enormemente, las colosales maquinas que los Costa habian importado de Inglaterra eran a su entender microbios que irian chupando lo poco sano que quedaba en Gerona. «La gente abandonara los campos y se vendra a trabajar junto a esos monstruos. Llegara un momento en que todos seremos proletarios. Hasta a mi mujer le pondran un numero en la cabeza.» «?Dentro de unos anos, si vas a Puigcerda -le dijo a Ignacio-, solo encontraras al relojero loco! Porque ese no pasa la frontera nunca, te lo aseguro. No hay ningun poeta de verdad que huya nunca de su pais.»
El profesor Civil, en realidad, disimulaba un poco la causa de su preocupacion. Porque el maquinismo era vieja historia, y ahora no tenia por que desesperarse mas que en otras ocasiones. Era otro el microbio que le preocupaba de una manera directa, otra importacion: el doctor Relken. El profesor Civil estaba convencido de que el doctor Relken era judio, y esto le tenia fuera de si. «?Pobre Gerona! Ya lo veis. Lo primero que este hombre ha hecho es tratarnos de analfabetos; lo segundo comprar antiguedades a tres reales la pieza.»
CAPITULO LVIII
Ignacio gozaba lo suyo hablando de la estigmatizada Teresa Neumann, porque veia que con ello hacia feliz a Carmen Elgazu, encandilaba los ojos de Cesar, asustaba a Pilar e intrigaba en grado sumo a Marta. Siempre elegia detalles interesantes, con tales visos de realidad que el propio Matias de pronto se daba cuenta de que el cigarrillo que le pendia de los labios se habia convertido en ceniza.
Ignacio tenia un presentimiento: que un dia u otro Cesar recibiria del cielo alguna gracia especial. Por ello insistia en el caracter sobrenatural de las manifestaciones de la estigmatizada austriaca, porque suponia que el dia menos pensado Cesar les daria alguna sorpresa semejante.
Tocante a los estigmas -llagas aparecidas en el mismo lugar del cuerpo en el que Cristo las sufrio-, Ignacio aseguraba a la concurrencia que Teresa Neumann era la estigmatizada mas completa que habia existido, pues no solo tenia las senales en las manos, en los pies y en el costado, sino que en la frente se le marcaban las espinas, en la espalda los latigazos de la flagelacion, e incluso en el hombro la huella del madero. Y en cuanto a las visiones, que era el capitulo que mas interesaba a todos, aseguraba que la enferma seguia en ellas el Calendario Liturgico: veia la cueva de Nazareth en Navidad, en Viernes Santo asistia a la muerte de Jesus en el Calvario, etc…
Marta se preocupaba particularmente por lo de las visiones.
– Pero… ?lo ve todo con detalle? -preguntaba.
– ?Claro! Asiste a los hechos. Ve a Cristo como yo os veo a vosotros. Y le oye hablar.
– ?Como es posible?
– Y a los apostoles. Tal cual eran. Podria dibujarlos.
– ?Pero… como se sabe que los oye hablar?
– Porque muchas veces, durante la vision, pronuncia en voz alta las palabras que oye. De modo que los asistentes pueden tomar nota de ellas.
– ?Habla en latin? -preguntaba Pilar, inquieta en la silla.
Ignacio movia la cabeza.
– Nada de eso. Hubo un profesor de idiomas de Munich que la interrogo despues de una vision de Navidad, cuando Teresa Neumann desperto. La mujer habia oido cantos y no se acordaba de ellos, no acertaba a repetirlos. El doctor quiso estimular su memoria. Le recito el
Carmen Elgazu exclamaba, entusiasmada:
– ?Es magnifico lo que cuentas, hijo!
Ignacio anadia, mirando a su padre, y convencido de que Carmen Elgazu alcanzaria el limite de la felicidad:
– Si, hay mucha gente que se rie de esto; lo cual no le impide luego prestar credito a cualquier horoscopo que le cueste veinte duros. Sobre todo si el mago lleva turbante. Yo… la verdad. Prefiero creer en Teresa Neumann, que por lo menos tiene ojos claros.
– ?De verdad?
– Si, azules. Excepto cuando llora sangre, naturalmente. Ademas, los dias en que puede llevar vida normal cuida enfermos y su madre cuida pajaros. ?Ah, olvidaba un detalle! -anadia Ignacio-. Mientras esta en extasis no sabe pronunciar la cifra tres, sino que dice: uno, mas uno, mas uno. O sea, estado infantil.
– A mi todo eso me da miedo -repetia Pilar.
– Pues a mi no -aseguraba Marta-. Y desde luego me gustaria mucho que todo esto sucediera cerca de aqui.
Matias Alvear se reia.
– No te quejes. Aqui, en Gerona, tienes un caso parecido.
– ?Quien?
– El Responsable.
– Es cierto -reia Ignacio-. El Responsable puede hipnotizarte y hacerte creer que asistes al Sermon de la Montana.
– Y si quisiera podria hacer salir llagas a mas de uno.
– Por de pronto a mi estuvo a punto de hacerme salir una aqui – anadio el muchacho, senalandose la mandibula.
Si, Carmen Elgazu era feliz. Ni Julio Garcia, ni David y Olga, ni el tumulto de la edad, ni las elecciones de la UGT habian podido arrancar la fe de su hijo. Basto un aviso del cielo -primero de ano, terrible enfermedad- para que volviera los ojos a lo que ella le habia ensenado. Carmen Elgazu sonreia en la cocina, mientras frotaba con Sidol los grifos y murmuraba bromeando:
Se sentia orgullosa. Que continuaran llegando cartas de Bilbao, en tinta violeta; ella continuaria contestando: «No temas, madre. Todo anda bien. Cesar un santo, Pilar muy simpatica, Ignacio vuelve a ser el que era». Las cartas de Madrid, Ignacio las contestaba riendose de los anarquistas como el solo sabia hacerlo.
En cuanto a Cesar, se habia dado cuenta de que todo el mundo esperaba algo de el parecido a lo de Teresa Neumann: su profesor de latin, Ignacio, mosen Francisco… A Ignacio le decia: «No seas tonto. Los estigmas solo los reciben personas que desean vivamente participar con Cristo en los dolores de la Pasion. Y yo… yo por desgracia soy un pecador como los demas».
Mosen Francisco le decia:
– Si, pero… en el Collell no dormias…
El seminarista movia la cabeza.
– ?Oh, aquello duro poco!
Precisamente Cesar se sentia culpable. El verano tocaba a su fin y no habia conseguido nada de lo que se habia propuesto. Se sentia culpable de falta grave contra la caridad. Los demas no existian para el. A la sed de apostolado, de accion, que habia sentido en los veranos anteriores ahora le habian sucedido unas ganas irreprimibles de estar solo, y rezar… Rezar en el silencio de su cuarto, o en la iglesia. Nada mas. Sin pensar siquiera en la familia, ni siquiera en la ciudad. El y Dios. Se consolaba en parte pensando… que tampoco hubiera podido hacer nada, pues en la Barca los chicos se habian dispersado. Unos habian crecido demasiado, la mayoria de ellos estaban en S'Agaro.
Mosen Francisco procuraba animarle, demostrarle que en todo aquello no habia culpa.
