Solo el estado de animo del comandante Martinez de Soria se comento mas de lo corriente. Las manchas rojas del rostro del militar habian intensificado su color hasta tal punto, que muchos de los detenidos de octubre exclamaban: «?Si tuviera que juzgarnos hoy!» Julio comento:
– No canteis victoria. Hay muchos otros militares con manchas rojas y a lo mejor cualquier dia nos juzgan en bloque.
Este era el rumor que corria por la ciudad. Julio decia que las presiones para que Gil Robles diera un golpe de Estado no cejaban y que el hecho de que muchos generales en activo y aun jubilados fueran republicanos no constituia ninguna garantia. Muchos de estos generales se habian pasado al enemigo cuando la ley de Azana, y al parecer el propio Martinez Barrios, refiriendose a Franco, habia comentado: «Ezos generalitos no me gustan na…»
Entre las personas que negaban todo fundamento serio a estos rumores se contaba el subdirector. El subdirector le decia a Ignacio: «?La mitad del Ejercito es mason, y hablar de golpe de Estado! ?Quien va a darlo en Gerona? El general nombrado, mason; el coronel Munoz, mason, el comandante Campos, el Comisario. Valdria mas que se callaran».
Matias Alvear aseguraba que los militares eran mas listos que los mineros de Asturias. «No van a cometer una locura porque han asesinado al hijo de un comandante o porque los de Estat Catala vuelven a mover la cola.»
Y, sin embargo el dolor del comandante Martinez de Soria pesaba sobre la ciudad. Y cuanto mas se erguia este al andar y mas copas de ron pedia en el cafe de los militares, mas latigazos pegaba Teo desde su carro gigantesco al regresar de la estacion, con mas ardor recordaba Casal en la UGT que el pueblo unido constituye una fuerza social inmensa, mas retratos de Joaquin Santalo se repartian por las calles, mas honda se calaba la gorra el Responsable al declarar ante el Comisario: «?Se acerca el invierno y no hay trabajo! ?Creeis que los parados no saben incendiar mas que pinos?»
El mas sereno de todos ellos parecia don Santiago Estrada. Habia regresado de las vacaciones, sonaba en dar un gran impulso a la campana de Navidad. «La CEDA en esta Navidad tiene que repartir abrigos y bufandas a todos los pobres de la provincia.» Tal vez, en cuestion de serenidad, Cosme Vila no le anduviera en zaga. Sentado en el sillon presidencial del Partido Comunista, no paraba de estampar sellos en toda clase de papeles. Cada papel sellado era una banderita en el mapa, cada banderita un enlace en una fabrica o una celula en un pueblo. Don Santiago Estrada pensaba en llenar la provincia de bufandas; el Comite Ejecutivo del Partido Comunista pensaba llenarla de fanaticos.
El inmenso rumor que se levanto por doquier, cuando se supo que efectivamente iban a verificarse elecciones cinco meses mas tarde, en febrero de 1936, cambio la faz de la ciudad. Las calles cobraron una extrana agitacion, que no era la de las fiestas. Cada cerebro preparo sus baterias, las mujeres andaban mas de prisa, tiendas, pescaderias, cafes, todo se lleno de alusiones. Muchas bombillas aparecieron rotas, no se sabia por que. Cada partido politico dio orden a su conserje de intensificar rigurosamente el control de entrada en el local.
Y entonces llegaron las lluvias, como para borrar todos los restos del pasado, del aplanamiento de cuerpos y espiritus. Tanto llovio que el Onar se resarcio de su esterilidad y se hincho, se hincho arrastrando basuras, hierbajos, hedores. Tanto se hincho que se llevo con furia incontenible todos los cimientos del nuevo mercado. Una gran carcajada resono entonces en el edificio municipal: eran los enemigos del notario Noguer, los concejales que habian votado en contra del proyecto, los miembros de otros partidos. El notario Noguer quedo estupefacto. «No es lo mismo abrir testamentos que urbanizar una ciudad.» Don Santiago Estrada le telefoneo diciendole: «No se preocupe: se vuelve a empezar».
La Dehesa tambien cambio de aspecto. La lluvia despejo de la Piscina a todo el mundo, excepto a los anarquistas; y poso sobre los arboles una nota amarilla. Lluvia sobre el parque, sobre las avenidas, sobre los platanos. Las letras «Viva Falange Espanola» se desdibujaron en los troncos. Y de pronto, una hoja se cayo. Le dijo adios a su rama y quedo un momento en el aire, incierta en la eleccion de lo que habria de ser su nueva morada y su sepultura. Finalmente se poso sobre la huella de un zapato, junto a un charco, que a ella le parecio mar. Las demas hojas supusieron que era libre, que conocia otros mundos; y a su vez abandonaron sus ramas. Fue una rebelion silenciosa y multitudinaria. A ras de suelo se hubiera podido oir el secreto crujido de millones de nervios que se iban pudriendo. De vez en cuando llegaba de los Pirineos una rafaga y entonces todas a una las hojas se recobraban, danzaban, y la Dehesa se convertia en un bosque orfeico, en un inmenso coro vegetal; finalmente, los nervios morian, en forma de cruz.
Por el contrario, los otros nervios, los humanos, los de Casal y David y Olga en la UGT, los del Responsable y Porvenir en el gimnasio, los de Gorki y Victor en el Partido Comunista, los de todos los izquierdistas de la ciudad habian resucitado a la esperanza. ?Elecciones! Los trescientos detenidos de octubre recordaron sus vueltas en el patio de la carcel. Al gitano que pregonaba: «A perra gorda el amen, a perra gorda el amen». «?Os acordais de los cestos, con las etiquetas a nuestro nombre?» La gente se arrancaba
Y se veian las fuerzas perfectamente alineadas. Y se veia sobre todo como alrededor de cada jefe se pegaba una sombra, el alma forzosamente inferior, el ser baboso y esclavo: Teo, pegado a Cosme Vila, David pegado a Casal, el Cojo pegado al Responsable. Octavio pegado a Mateo, el Comisario pegado a Julio, este pegado al doctor Relken, turista con acento aleman.
Santi era el esclavo de la CNT. Era el esclavo de la CNT en abstracto. Cualquiera de los militantes podia ordenarle robar bicicletas o matar peces de colores. La mas consciente de las sombras, Teo. Teo era el esclavo de Cosme Vila por disciplina. «?A mi si Cosme Vila me ordena que me eche bajo el carro lo hago!»; y lo hubiera hecho. Por el Partido acaso hubiera llegado a desenterrar a su hermano; por lo menos asi se lo confeso un dia a Gorki, al preguntarle el aragones sobre el particular.
El menos justificable, Julio. Su sombrero ladeado se le caia ridiculamente sobre la oreja en presencia del doctor Relken. Cuando este hablaba de Espana -mendicidad, analfabetos, gesticulacion excesiva y fanatismo-, Julio asentia humillado. Y cuando el doctor, despues de mostrar fotografias de Praga, Viena, San Petersburgo, las mostraba de clanes primitivos -de bosquimanos, de cafres- y aseguraba que habia mas diferencia entre estos salvajes y el hombre centroeuropeo y nordico, que entre estos y un perro amaestrado, Julio, a pesar de conocer mas psicologia etnica que el doctor, sentia como si en la escala desde el perro hasta el hombre centroeuropeo o nordico -doctor Relken-, el, madrileno, y con el todos los espanoles, se encontrara a mitad de camino.
Matias Alvear no era esclavo de nadie. Por ello, al conocer al doctor en el Neutral, se impresiono mucho menos que Julio y dijo de el: «Al domino y a muchas cosas le gano yo; y don Emilio Santos tambien le gana».
Y, no obstante, el hecho de que hubiera esclavos significaba que habia jefes.
Ahora bien, los dos esclavos mas esclavos eran los Costa. Lo eran de sus esposas. La Junta en pleno de Izquierda Republicana se estaba llevando las manos a la cabeza. Desde la boda, los Costa dedicaban su vida al hogar -a colocar las cosas que sus mujeres iban comprando- y a los negocios. Apenas si les quedaba tiempo para el Partido.
Por fortuna, la Junta en pleno se componia de gente casada y les comprendieron muy bien. «Estamos encinta, necesitamos teneros a nuestro lado», les decian sus esposas. ?Como rehusar? Sin contar con que los suegros llegaban cada dos por tres de Pais -coche modelo 1900- y les buscaban donde fuera, en la fundicion, en los hornos de cal, ?en las canteras!, para preguntarles: «?Que, tratais bien a las palomitas?»
Los Costa juraron a la Junta de Izquierda Republicana que vencerian aquellas dificultades. «Haremos lo que tengamos que hacer.»
– Ya sabeis -les dijeron los de la Junta-. En epoca de elecciones es el ejemplo el que cuenta.
Faltaba una ultima pieza: «La Voz de Alerta». «La Voz de Alerta» se habia declarado voluntariamente esclavo de Laura. La boda entre ambos habia sido anunciada. Los Costa quedaron estupefactos. «?Nosotros, cunados de «La Voz de Alerta», del hombre que jura que si los militares no preparan el golpe de Estado es porque estan ciegos! ?Nosotros…!»
Asi era la vida, y Laura dichosa, diciendo aqui y alla: «?Peligrosos los obreros? ?Si son unos corderos! ?Yo en el puesto de mis hermanos, y todos estarian abonados a
El signo, pues, de aquel verano y de aquel principio de otono era la esclavitud. Esto afirmaba el profesor Civil, quien en las clases que este habia reanudado con Ignacio y Mateo daba a entender que estaba muy preocupado.
