La familia era, pues, parte interesada. Y ademas, contaba con el esplendido emplazamiento del balcon.

En efecto, la familia Alvear desde su balcon lo dominaba todo, el ir y venir, las risas, las calvas de los musicos, el microfono a traves del cual el Rubio saludaba al respetable publico, fumandose su saxofon. Teo aparecio con una extrana mujer que le llegaba al ombligo, Gorki con otra que le llevaba dos palmos de ventaja, el teniente Martin con una vampiresa de tres al cuarto, que despedia oleadas de perfume. Bajo los arcos, apretados, bailaban Murillo y Canela, esta con pendientes nuevos. Los ninos pisaban adrede a los mayores -dos jugadores de ajedrez en el interior del Neutral-, los soldados echaban sus gorros al aire y un grupo de taxistas pasaba disimulando y pellizcando a las chicas, tirando petardos y derribando botellas de agua.

Sin embargo, los vecinos se opusieron a que el clima adquiriera un tono definitivamente bajo. Optaron por tomar personalmente posiciones. Honorables comerciantes, mas o menos ventrudos, salian de las tiendas con la esposa y bailoteaban. El recuerdo de la juventud les encendia las mejillas. Nadie se abstuvo; las clases no contaban. Liga Catalana y CEDA, radicales e Izquierda Republicana se mezclaron fraternalmente. Media docena de viejos sacaron sus sillas afuera, al borde de la acera, para no perderse detalle. Las criadas eran absolutamente felices.

Pilar y Mateo, desde abajo y bailando sin alejarse demasiado, llamaban a voces a Matias y Carmen Elgazu - estos en el balcon- para que bajaran tambien y los obsequiaran con un vals corrido.

Carmen Elgazu, aunque riendose, rehuso siempre, a pesar de que el propio don Emilio Santos se empenaba en convencerla. El ultimo dia Matias dijo: «?Pues ahora vas a ver!» Se tomo una copa de Estomacal y se bajo del brazo de dona Amparo Campo.

Gracias a esta concesion, Julio, por su parte, consiguio bailar con Pilar. Pilar sentia en su mano la humeda mano del policia. Mateo no les perdio de vista, inquieto. Entonces, por toda la Rambla, se encendio la traca final, la traca de los fuegos artificiales.

CAPITULO LVI

Luego llego la quincena de las catastrofes.

El calor cayo de nuevo, como una maldicion africana. El Onar, practicamente, se seco; el agua quedo estancada. Los obreros, luchando con los cimientos del Mercado, se quejaban de que aquellos efluvios los intoxicaban. Era un rio muerto en el centro de la ciudad.

Las fiestas de los barrios extremos fueron raquiticas comparadas con las de la Rambla y la Plaza de la Independencia. Matias lo atribuia a las comisiones organizadoras, que no sabian despabilarse; en realidad, era el calor. Todo el mundo llegaba a la noche agotado, y apenas apuntaba el alba el sol ascendia de nuevo con majestad impecable, bebiendose la sangre de los ciudadanos.

Acaso fuera por ese vaho rojo por lo que uno de los alumnos de David y Olga tuvo una idea loca: Santi, el mayor de ellos, que ahora todo el dia andaba detras de Porvenir y que en la CNT practicamente actuaba de botones, o de conserje, fue a la Rutila a buscar dos amigos que se las daban de valientes y les dijo: «Vamos a la escuela, tengo un plan».

A los chicos les gano la curiosidad. Eran mas inteligentes que Santi, pero este los dominaba por bruto. Llegaron a la escuela y el precoz anarquista se saco del bolsillo algo -un diamante- y quebro uno de los cristales, como si fuera el escaparate de una tienda. Introdujo la mano por el boquete y abrio la ventana. Los tres saltaron al interior. ?Que vas a hacer? Santi se dirigio, flotando sobre sus inmensos pies, hacia el acuario y con el diamante quebro tambien, venciendo su espesor, el cristal. El agua empezo a perderse por el agujero. Los veinte peces de colores se cruzaron dentro del recinto como alocados. El agua les iba faltando y sus fauces, abriendose, denotaban el miedo sideral. Los dos chicos reaccionaron inmediatamente. Ante la gratuita crueldad de Santi uno de ellos le asio las munecas, sosteniendolas entrecruzadas en la espalda tal como les habia ensenado David y el otro le pego en pleno rostro un terrible punetazo. La sangre del bruto mano de su nariz cayendo dentro del acuario como para prolongar la vida de los peces unos segundos mas. Los peces la hubieran bebido con fruicion a no ser que de pronto se encontraron en el surtidor del jardin, donde en el acto se dedicaron a inspeccionar su nueva e insospechada morada, dando vueltas sin parar. David y Olga, a su regreso, no comprendieron el misterio, puesto que los salvadores de los peces no delataron a Santi; delatar les estaba prohibido.

De como en el cerebro de un botones -o conserje- de la CNT podia germinar repentinamente la idea de matar veinte peces de colores, nadie sabia una palabra. En todo caso los dos chicos, que adoraban a Olga y David, sentenciaron con su voz de baritono: «Santi acabara en la silla electrica».

Otra catastrofe ocurrio en la barberia que habia sido comunista. Alarmante sequedad. Desde el traslado del Partido al nuevo local, los clientes desaparecieron. El barbero penso en renovar la clientela, convertir tal vez su establecimiento en barberia de lujo. Adquirio dos flamantes sillones americanos, puso como marco a los espejos un hilo dorado. Se puso bata impecable. Todo inutil. Perdio la escasa clientela antigua sin atraerse otra. El hombre daba pena, mirando afuera con las manos en los bolsillos. Entonces penso: «No tendre mas remedio que echar el anzuelo a la CEDA». Pego un pequeno retrato de Gil Robles en el cristal; pero de momento tampoco dio resultado. El subdirector comento: «?Que le ha pasado a ese imbecil?»

Luego le toco el turno a don Jorge. Don Jorge, al terminar una de las reuniones en Liga Catalana, se entero, por el director del Banco Arus, de que su heredero acababa de alistarse en Falange…

El hombre sintio un golpe en el pecho. ?Como era posible? Se puso el sombrero hongo y se dirigio hacia la puerta. Los anos secaban el rostro de don Jorge. Ello, y la negrura de sus trajes, imponia respeto. Y en su casa la vida continuaba su ritmo, disciplinado y silencioso. Como decia el notario Noguer, «era una casa tan digna como pudiera serlo la de Teo, y tan necesaria como esta para perpetuar la multiplicidad de los destinos humanos».

Por lo demas, la cosa habia sido sencilla. El sabado en que se repartieron las octavillas, el hijo mayor de don Jorge salio de la estacion y Benito Civil le entrego, como a todo el mundo, el papel en que se hablaba de los bosques, de los pajaros, de los que sufrian y odiaban y de la ilusion unica. El heredero acababa de presenciar en una de sus propiedades en los Pirineos el incendio de un bosque de encinas; el guarda le habia dicho: «Siento decirselo, senorito, pero todo esto tenia que llegar». El muchacho, que desde mucho tiempo desobedecia a su padre en el trato que daba a los colonos, no dijo nada. Contemplo en casa del guarda el monton de sacos de patatas que ponian: «para don Jorge». Vio a dos de los chicos de aquel hombre asomados al pozo del huerto, para ver el circulo del sol abajo, sin que nadie los vigilara. El guarda le repitio: «?Si usted supiera…!» Jorge, al llegar a Gerona, se fue al Banco Arus y pidio el estado de cuentas; no se lo podian dar sin autorizacion escrita de su padre. Fue a otros bancos y lo mismo. Se miro al espejo y no vio en su rostro huella alguna de lucha. Incluso su nombre le preocupo: Jorge, como su padre. Su madre los queria a todos, pero cuando estaba delante de don Jorge no osaba levantar la voz. Este, todas las noches, despues del Rosario, la besaba en la frente. El muchacho, al leer la octavilla que le entrego Benito Civil, se encerro tambien en su cuarto, lloro y rezo y luego llamo a la puerta de Mateo. Mateo le dijo: «Depende de tu capacidad de sacrificio».

Don Jorge, en el local de Liga Catalana, decidio exactamente lo que unas semanas antes el doctor Rossello. Le diria a su heredero: «O borras tu nombre de Falange, o te buscaras otro techo».

Extrano mes de agosto, en que se hubiera dicho que los rayos del sol iban abriendo los corazones. Ana Maria, en San Feliu, se arreglaba los monos esperando a Ignacio: este a veces sonaba: Tic, tac, tic, tac. Y el sonido se le confundia con el trap-trap de la jaca que montaba Marta.

El doctor Rossello pago tambien su tributo… Las hermanas del Hospital se dieron cuenta de que el doctor inyectaba algo mortifero a los enfermos incurables. Comprobaron un caso concreto en una mujer de pueblo, que habia padecido un accidente. Con las alas almidonadas surgiendoles de la cabeza, rodearon al medico y le interrogaron. Este rechazo la acusacion. Las Hermanas fueron a ver al senor obispo. El senor obispo les dijo: «Pero ?que pruebas tienen ustedes?» Las Hermanas contestaron que no tenian otra prueba que el cadaver de la mujer de pueblo.

Don Pedro Oriol saco la cuenta de las perdidas personales que le habian ocasionado los incendios. Era abrumador. La mitad de lo que poseia. «La Voz de Alerta» le dijo: «?Y venga aguantar, y venga aguantar! ?Hasta cuando?»

Era una quincena malefica. ?El subdirector sufrio una humillacion espantosa! El padre de Roca, portero en la Inspeccion de Trabajo, consiguio unos datos sobre la masoneria en Italia que no poseia el. ?Era o no era mason el

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