Marta, autentico motivo de satisfaccion. Que Dios bendijera el momento en que la muchacha se cruzo en su camino y palpandole la cara, le dijo: «Me gustan tus ojos, y esos pomulos angulosos que tienes».

La muchacha era un encanto de criatura, con una fuerza de caracter que no doblaban ni las huelgas generales. Ante el caos de la ciudad habia dicho: «No podemos aportar ninguna solucion colectiva, porque la autoridad esta en manos de quien esta; pero cada uno de nosotros, personalmente, debe ocupar su puesto».

Aquella tarde ella entendio, de acuerdo con el comandante Martinez de Soria, que su puesto estaba en el Museo Diocesano, al lado de Carmen Elgazu, poniendo orden en las salas que habian saltado hechas pedazos. Sin temor a los grupos que se veian por las calles y que los limpiabotas capitaneaban, salio de su casa y se dirigio al Museo. Debajo del brazo llevaba una bata azul que habia pertenecido a su padre. Al llegar ante el edificio, saludo a los dos guardias de Asalto y subio. Carmen Elgazu, al verla, experimento vivisima emocion. Carmen Elgazu llevaba un enorme panuelo negro en la cabeza, para protegerse del polvo, atado debajo de la barbilla. «Ya lo ves, hija, ya lo ves.»

Ignacio se entero de todo esto por Matias Alvear. El muchacho salio al balcon, pensando en aquellas dos mujeres de su vida. Pasaban carros con sacos procedentes de las barricadas. El Neutral estaba cerrado. Las luces temblaban nerviosamente en las fachadas.

De pronto sintio que su puesto estaba tambien en el Museo, junto a su madre y a Marta. Oscuros temores le invadieron. Salio precipitadamente y paso frente al Cataluna, cuyo altavoz vomitaba consignas.

Subio la escalera del edificio diocesano y entro. Encontro a Marta en el salon donde habia estallado la bomba, rodeada de Virgenes mutiladas por todas partes. La muchacha le miro. Acudio Carmen Elgazu y tambien se quedo mirandole. El dijo que queria ayudar. Al ver la bata azul de Marta, pidio tambien algo para el y Carmen Elgazu le trajo de algun sitio una absurda sotana vieja, en la que Ignacio se enfundo. Y sin decir nada se puso a trabajar, mientras las dos mujeres miraban la sotana con sentimientos contrapuestos. Amontonaban escombros, cristales. Ignacio temia que de pronto apareciera mosen Alberto, pero no habia cuidado. Mosen Alberto recibia visitas continuamente, de gente que se le ofrecia para asistir al entierro de la sirvienta, que al parecer constituiria una autentica manifestacion. Ignacio sufria porque poco a poco su emocion, que tenia que ser dolorosa, se transformaba en un sentimiento dulce mientras contemplaba a Marta colocar dentro de una caja, con gran respeto, brazos y piernas de madera policromada…

El entierro, espectacular de por si, lo seria mas aun porque una reciente disposicion habia prohibido todas las manifestaciones religiosas fuera de los templos, incluidos los entierros. De manera que ningun sacerdote acompanaria a la sirvienta ni monaguillo con la Cruz.

Por la noche, Carmen Elgazu regreso a su casa agotada del trabajo en el Museo. Y no se quitaba de la cabeza el alcance de la tal disposicion. Mientras cenaba, servida por Pilar, los ojos se le humedecieron.

Y de pronto, oyo el cerrojo de la puerta y entraron, procedentes del Neutral, Matias y Julio. Julio no perdia sus costumbres: en las grandes ocasiones continuaba visitando a los Alvear.

Julio habia envejecido en los ultimos tiempos. Todos pensaron en ello al verle entrar en el comedor. Su sombrero ladeado ya no le iba. Asomaban arrugas encuadrando el bigote.

Matias y Julio se dieron cuenta en el acto de que Carmen Elgazu habia llorado. Julio se sentia violento. Casi lamentaba haber subido la escalera. Pero queria congraciarse con Matias, que era el primero en tratarle como si fuese responsable de algo.

Carmen Elgazu se levanto y le preparo el cafe de siempre… Ignacio salio de su cuarto, cansado de estudiar. Y fue Pilar quien pregunto, de sopeton:

– Bueno, ?y por que no puede ir una Cruz en un entierro?

El policia quedo perplejo. No esperaba aquella salida tan directa.

– Yo que se, chica -contesto-. Yo no firme la orden. -Y se sento.

– Quieren quitarla de todas partes, hija, eso es todo.

Julio se atuso el bigote. Era curioso que le plantearan aquellos problemas. Pero ?que contestar? En el fondo queria demasiado a aquella gente. Dijo que era mejor tomarse las cosas por el lado bueno. «?Que les voy a decir yo! Se producen cambios…» La mirada de Carmen Elgazu le obligo a continuar: «Pero en lo intimo nadie se va a meter, supongo. -Luego anadio-: Se quiere separar por completo la Iglesia del Estado. Nada mas. No mezclar la religion con la vida publica».

Ignacio intervino, inesperadamente:

– Oiga, Julio. Es mejor dejar este asunto, ?no le parece?

En aquel momento Julio decidio levantarse, y salir. Pero no le dio tiempo. Carmen Elgazu, pareciendole que Ignacio la apoyaba tomo asiento frente al policia y le dijo:

– No tiene derecho a enfadarse, Julio. Ignacio tiene razon. Usted sabe mejor que nosotros lo que pasa. Hacen lo posible para desterrar el nombre de Dios. No se preocupan sino de eso, y para conseguirlo buscan la amistad de quien sea, incluso de personas como el Responsable. Hay algo que los ciega: el odio a la religion. Todo aquel que lleva sotana o crucifijo es peligroso como un veneno. ?Virgen Santisima! ?Cuan equivocados estan! Sin religion no hay mas que odio. Es el unico freno, aunque usted no lo crea. Si yo no hubiera persignado tantas veces a Ignacio, ?quien sabe lo que seria de el! Y lo mismo le digo de Pilar. No pretendera que todo marcha como es debido, ?verdad? Ya oye lo que se grita por las calles. Tener la familia reunida, asi como nosotros aqui, es un atraso. Hay que hacer como David y Olga y como en el extranjero. ?Que pena da todo eso, Virgen Santa! Porque es inutil, ?comprende? No conseguiran nada. ?Creen que le han hecho algun dano a la sirvienta? Ya esta donde ella queria estar. Oiga bien lo que le digo, Julio. Pueden luchar contra Dios, pero perderan. Aun quedan muchas personas como la sirvienta; no lo olviden. Tendran mucho trabajo, mucho. No canten victoria, no, porque a veces lloremos. Podran incendiar iglesias, todo lo que quieran. Podran prohibir las cruces en los entierros, los monaguillos; pero no podran prohibir que recemos aqui -se senalo el pecho- y esto es le principal.

CAPITULO LXIX

A «La Voz de Alerta» le heria el amor propio el que los extremistas se dedicaran a luchar entre si. «Mirad si nos consideran inofensivos, que ya ni siquiera se preocupan de nosotros.»

En todas partes se hablaba del entierro. Los Alvear decidieron que los representara Ignacio. El comandante Martinez de Soria decidio ir personalmente, lo mismo que el teniente Martin y que unos cuantos oficiales adictos a aquel. Don Jorge se vistio como convenia a la ceremonia y ordeno a todos sus hijos que hicieran lo propio. A Jorge, el hijo desheredado, le dijo: «Tu haz lo que te parezca».

El problema era arduo para Mateo. El muchacho queria asistir, pero temia que su presencia fuera interpretada como adhesion «al espiritu que informaba a «La Voz de Alerta». Finalmente, decidio abstenerse y mandar a dos camaradas. Eligio a Octavio y a Conrado Haro.

– Poneos la camisa azul -les dijo.

La esquela aparecida en El Tradicionalista anunciaba la ceremonia para las tres en punto de la tarde. A las dos y media la Plaza estaba abarrotada. Cuando el coche funebre hizo su aparicion y se detuvo ante el Hospital, hubo un momento de gran expectacion. Inmediatamente, la presidencia se alineo -mosen Alberto en el centro, don Jorge a la derecha, el comandante Martinez de Soria a la izquierda-. Luego fue sacado el ataud y el coche quedo inundado de coronas.

La comitiva se puso en marcha. En el aire solo resonaba el Miserere de pasados entierros. Mosen Alberto lo recitaba en voz baja, como un murmullo, y don Jorge y el comandante le contestaban. Dies irae, Dies illa

El coche, al llegar al rio, en vez de dirigirse al cementerio bifurco hacia el centro de la ciudad. Grupos de curiosos se formaron. Los guardias se acercaron al cochero.

– ?Que itinerario siguen?

El cochero contesto:

– Pasar ante la casa mortuoria.

Los guardias se retiraron, manteniendose a una distancia prudente, con las porras en la mano.

A medida que la comitiva se internaba en la ciudad, la curiosidad de la gente era mayor. Por fortuna la Plaza Municipal, donde se erguia el Museo, no estaba lejos y la comitiva desemboco pronto en ella.

El cochero dio lentamente la vuelta frente al edificio mortuorio y una extrana emocion recorrio el dorso de

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