todos al ver el balcon con las maderas arrancadas de cuajo. Los transeuntes se quitaban la gorra. Solo un par de taxistas daban la impresion de haber adoptado una actitud ironica.

Octavio y Conrado Haro seguian la comitiva en silencio, arrastrando los pies como los demas. Pero de pronto, al pasar frente al Ayuntamiento y ver la inmensa bandera catalana que cubria la fachada, Octavio sintio que algo le subia a la garganta. Miro al comandante Martinez de Soria y grito: «?Arriba Espana!». Y luego: «?Viva Espana!»

Todo el mundo quedo perplejo. Solo le respondieron Conrado Haro, con voz timida, y el teniente Martin. Nadie mas, ni siquiera el comandante Martinez de Soria.

Los guardias se acercaron inmediatamente.

– ?Al cementerio! -ordenaron. Entre los espectadores se oian protestas y los taxistas luchaban contra su deseo de responder a la provocacion. «?Fuera, fuera! ?Muera, muera!»

La comitiva alcanzo penosamente la orilla del rio y tomo por fin la direccion del cementerio. No hubo despedida de duelo. Todos los acompanantes sabian que la ruta seria larga, pero nadie se atrevia a desertar. Los vecinos de Octavio miraban de reojo al falangista, sin decir nada.

El sepulturero recibio la noticia de que llegaba la comitiva entera y abrio la verja de par en par. Don Jorge apenas conseguia sostener el paso que mosen Alberto y el comandante Martinez de Soria habian impuesto. Su pierna izquierda le flaqueaba.

El cochero freno ante la verja y se apeo. Unas parihuelas esperaban en el suelo, y fue descargado el feretro. El sepulturero indico:

– Por aqui, por aqui. -Y senalo la avenida central, entre los cipreses.

El nicho destinado a la sirvienta era propiedad de mosen Alberto. Estaba situado, en el ala este, proximo al deposito. Las parihuelas, conducidas por los mozos de la funeraria, abrieron la marcha, la presidencia siguio y luego la ingente multitud, haciendo crujir metalicamente la arena.

Todo el mundo queria presenciar la ceremonia, pero iba a ser imposible. Los cipreses y los panteones obturaban la visibilidad de los rezagados.

La llegada ante el nicho fue espectacular, pues coincidio con la aparicion, en lo alto de la escalinata que daba acceso a la parte norte del cementerio, de la implacable patrulla de guardias.

Las parihuelas fueron depositadas en el suelo. El ataud era el centro de todas las miradas. Mosen Alberto movio la mano, sintiendo fisicamente la falta del hisopo. Hubiera querido rezar un responso, pero la presencia de los guardias lo impedia. Finalmente, indico al sepulturero que esperara. E inicio un padrenuestro.

Al instante los guardias pegaron un salto venciendo los tres peldanos que les separaban del lugar. Mosen Alberto se callo. E inmediatamente se oyo un concierto de silbidos escalofriantes, que brotaban del otro lado de la tapia.

Mosen Alberto comprendio y ordeno al sepulturero y a los mozos que procedieran a internar el ataud en el nicho.

Estos obedecieron. La caja se introdujo en el agujero con rara precision. Luego el sepulturero cogio el capazo y la paleta y con seis ladrillos identicos a los que utilizaron los anarquistas en sus barricadas, empezo a tapiar el hueco.

El ultimo ladrillo, prodigiosamente justo, coincidio con un nuevo concierto de silbidos, que sonaron mas distantes.

La ceremonia habia terminado. Don Jorge se acerco a mosen Alberto, le asio la mano y se la beso. El comandante Martinez de Soria le imito, luego don Pedro Oriol, luego don Santiago Estrada. Imposible atender a todos, de modo que mosen Alberto levanto la diestra y esbozo una bendicion.

Los de la cola habian salido ya del cementerio. El profesor Civil le decia a Ignacio: «Vamonos, vamonos».

La mujer del sepulturero, apoyada en la verja con un crio en los brazos, parecia esperar que ocurriera algo. Y, sin embargo, reinaba una insolita calma. En realidad, la gente iba saliendo sin que ocurriera nada. Los silbidos habian cesado. Solo se iba rezagando el teniente Martin. Octavio y Haro le preguntaron:

– ?Vienes?…

El contesto:

– No, todavia no.

Nadie mas advirtio que el oficial se quedaba en el cementerio; ni siquiera los guardias.

Octavio y Haro se preguntaban que pretenderia el teniente Martin.

Le vieron esconderse tras un panteon que decia: «Familia Corbera» y encender un pitillo, esperando.

A cinco metros del panteon se levantaba una tumba de hermosa lapida en la que estaba escrito un nombre: «Joaquin Santalo», y veinte metros a la derecha, sobre un monton de tierra, sobre un bulto de tierra parecido al vientre de una mujer, una placa, entre otras de la fosa comun, rezaba: «Jaime Arias, Taxista».

Jaime Arias, hermano de Teo el gigante y muerto en Comisaria el 7 de octubre, de un balazo en la sien. El teniente Martin contemplaba la lapida de Joaquin Santalo, la placa del hermano de Teo. La diferencia entre las dos tumbas se le antojo una ley inexorable: diputado, lapida hermosa; taxista humilde, fosa comun. Mas alla, a la izquierda, el nicho en que reposaba el comandante Jefe de Estado Mayor, que cayo de su caballo blanco fulminado por el disparo del diputado de Izquierda Republicana.

El teniente Martin -alto, moreno, con bigote recortado- tiro el pitillo, lo aplasto, y asiendo la cruz de Joaquin Santalo la atrajo hacia si hasta derribarla. Luego cogio un punado de tierra humeda y ensucio con ella la lapida, sepultando el nombre.

Terminada la operacion se dirigio a la fosa sobre la cual se leia: «Jaime Arias, Taxista». Intento borrar el nombre restregando contra el las suelas de las botas. La pintura resistia, por lo que sumergio la placa en el barro. Solo quedo al descubierto la palabra «Taxista». Parecia como si Jaime Arias continuara ofreciendo sus servicios a los habitantes del lugar.

Luego el teniente Martin cruzo la avenida central y se dirigio, rodeado de cipreses, al nicho del comandante jefe de Estado Mayor. Llegado a el, se cuadro y saludo militarmente.

En aquel momento le vio la mujer del sepulturero. Su presencia le extrano en grado sumo y aviso a su marido. Su marido conversaba con unos desconocidos junto a la verja. El teniente se dirigio hacia ellos, se abrio paso y sin saludar cruzo el umbral e inicio el regreso a la ciudad.

Apenas habia andado veinte metros, el sepulturero se interno en el cementerio dispuesto a recorrerlo, olfateando. Estaba seguro de que el oficial habia cometido una fechoria.

Cuando los Costa recibieron el informe sobre el ultraje de que habia sido objeto la tumba de Joaquin Santalo, se indignaron hasta un extremo indescriptible.

– ?Vamos a redactar inmediatamente una denuncia en regla!

Al enterarse Cosme Vila de lo acontecido en la fosa de Jaime Arias, le dijo a Victor:

– Vete inmediatamente al cementerio y saca unas fotografias.

Todo el mundo evitaba comunicarle a Teo lo sucedido. En cuanto el gigante supiera que la tumba de su hermano habia sido profanada, podia ocurrir cualquier cosa.

CAPITULO LXX

La huelga, las bombas y aun el cadaver de la sirvienta, todo paso a segundo termino. La gesta del teniente Martin, descrita con todo detalle en El Democrata, segun nota oficial de la Jefatura de Policia, acaparo el primer plano de la actualidad.

Todo el mundo comprendio que el cancer no habia sido extirpado por el hecho de haber ganado las elecciones y que era preciso cerrar con llave el capitulo derechista. Y para llevar esto a cabo se reunio la Comision de Seguridad.

Esta Comision estaba formada por el Comisario, don Julian Cervera, en calidad de presidente; por Julio, jefe de policia; los Costa; el arquitecto Massana, alcalde; el arquitecto Ribas, representante de Estat Catala; Cosme Vila y Casal. El agente Antonio Sanchez actuaria de secretario.

Julio habia ido a la reunion acuciado por su mujer. Dona Amparo Campo le decia: «Sigue los consejos del doctor Relken y se practico. No olvides que en Madrid estan examinando si vales o no vales». Los arquitectos Massana y Ribas estaban algo asustados, los Costa a punto de estallar de indignacion. En realidad, el unico

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