Fue la orden. Orden recibida con extrano temor y extrano jubilo a la vez. Teo se hundio en un sillon, desesperado por no haber sido el elegido. Victor se tocaba la cabellera. Murillo, con su gabardina sucia y sus bigotes de foca, sostenia el artefacto como quien sopesa un metal precioso.

Todo salio a pedir de boca. La orden fue cumplida sin perdida de tiempo, con rapidez increible. Hasta el punto que los guardias y los taxistas que rondaban la Plaza Municipal, en la que se hallaba el Museo Diocesano, no se explicarian nunca como habia ocurrido aquello, ante sus narices, mientras ellos vigilaban. Al oir la detonacion, seca, proxima, terriblemente proxima, puesto que la madera y los cristales del balcon que tenian encima de la cabeza saltaron hechos pedazos, se tiraron al suelo, cortada la respiracion.

Murillo habia entrado en el Museo tranquilamente, pues era dia de visita. Lo habia recorrido de un extremo a otro sin que ello asombrara a nadie, pues con frecuencia subia a el a contemplar imagenes antiguas. Antes de bajar, dejo su huella tras una puerta. Fue esta huella la que estallo minutos despues.

Cosme Vila hubiera preferido los salones del fondo, donde habia dormido el Padre Claret; pero Murillo, por razones personales, prefirio el salon rectangular, alto de techo, en que se erguia sobre pequenos pedestales la coleccion de virgenes policromadas.

La valenciana, que esperaba en la calle a su lado, aprobo su plan. Lo aprobo porque de pronto, al tiempo que los guardias y los taxistas se tiraban al suelo, vio descender del balcon una catarata de miembros sueltos de aquellas virgenes. El espectaculo la entusiasmo, sobre todo en el momento en que una cabeza de Nino Jesus, rebotando en el empedrado, fue a parar a sus pies. Estuvo a punto de recogerlo y gritar: «?Otro hijo, otro hijo! ?Seis hijos!» Pero el movimiento de los guardias le llamo la atencion. Algo ocurria. Algunos de ellos se habian levantado y entraban precipitadamente en el lugar del atentado. Entonces Murillo oyo decir a un taxista que una de las sirvientas de mosen Alberto habia sido hallada detras de una puerta, con la cabeza reventada a causa de la explosion.

Inmediatamente la Plaza Municipal se lleno de personas de rostro airado, corrio la voz y, mientras el Responsable y Porvenir recibian en el Gimnasio la visite de unos agentes que los invitaban a seguirlos, aquellas personas vieron detenerse una ambulancia frente al Museo, bajar de esta unas parihuelas y que la ambulancia tomaba la direccion del Hospital.

Alguien dijo que el corazon de la mujer latia aun, que el doctor Rossello intentaria salvarla.

Mosen Alberto se encontraba en Palacio cuando la noticia llego a sus oidos. Palidecio, apoyo su mano en la pared y, tomando su manteo y poniendose el sombrero, bajo las escalinatas. Camino del Hospital sentia que algo le pedia paso a traves del pecho. ?Ni siquiera sabia de cual de las dos sirvientas se trataba! Lo unico que sabia seguro es que le habian dicho: «Ha muerto».

Llego al Hospital y vio encogido al campanero, como pidiendo perdon por algo. Una monja le acompano al quirofano. El doctor Rossello salia de el, confirmando que no podia hacer nada. Mosen Alberto se acerco a la mesa de operaciones, en la que una sabana cubria un cuerpo. Levanto la sabana. La impresion que recibio fue imborrable. Esperaba ver un rostro dulce y apacible y se encontro con una cara monstruosa. Tampoco reconocio cual de las dos sirvientas era. No se entero de ello hasta que vio a la menor de las dos arrodillada junto al cadaver, con las manos en el rostro.

No sabia que hacer; tenia ganas de tocar con su mano la cabeza de la superviviente, para consolarla, pues era notorio que esta sirvienta se sentia definitivamente sola, vacia, como si con la muerte de su hermana le hubieran extraido tambien a ella la substancia vital.

Mosen Alberto propuso rezar el Rosario. Las monjas le advirtieron que el director del Hospital lo tenia prohibido, y que, por otra parte, era preciso desalojar el quirofano.

Entonces el sacerdote salio lentamente. Vio de nuevo al companero, erguido ahora como un juez. Y luego, al doblar uno de los pasillos, se encontro cara a cara con Carmen Elgazu, quien, vestida de negro y acompanada de Pilar, al reconocerle se dirigio a su encuentro con expresion emocionada.

Mosen Alberto les dijo: «Es mejor que no entren». Pilar miraba los blancos pasillos con temor panico. Si alguien pasaba, se sentia aliviada; pero si el pasillo quedaba desierto, el vertigo la ganaba, y se apoyaba en el antebrazo de su madre.

Habia enfermos que iban y venian, preguntandose cuando terminaria aquel espectaculo. Carmen Elgazu insistio en ver a su amiga muerta. Se despidio del sacerdote. Una vez en el quirofano dio pruebas de una entereza admirable. Puso en el pecho de la sirvienta una estampa de la Virgen de Begona. A Pilar le dijo: «Esto es la muerte, hija mia». Pilar habia quedado como hipnotizada ante el cadaver. Era el primero que veia. Le parecio recordar que alguien, a veces, tenia expresiones parecidas a aquella, horrorosa, de la sirvienta. Carmen Elgazu fue quien ayudo a la hermana menor a levantarse y quien la condujo afuera, en direccion al Museo, ofreciendose para quedarse en la casa y cuidar de todo.

En la Plaza Municipal ya no encontraron a nadie. Solo habia dos guardias de Asalto, de centinela ante la puerta del Museo. Los barrenderos habian amontonado en un rincon del patio los miembros de las Virgenes que habian caido a la calle. El doctor Relken estaba alli, tenia entre las manos un brazo romantico y habia pedido permiso para examinarlo. Pilar le dijo a su madre: «Es el doctor Relken». En la ciudad no se hablaba mas que de la bomba numero cuatro.

Segun le dijeron los dos guardias al doctor Relken, los anarquistas iban a pasarlo mal. «Esta pobre mujer no tenia nada que ver.»

El doctor Relken les pregunto si habia pruebas de que ellos habian sido los autores. Uno de los guardias le miro con sorpresa. «No importa si las hay o no. Se sabe que han sido ellos.» El doctor movio la cabeza.

CAPITULO LXVIII

Ignacio habia asistido al desarrollo de aquellos alborotos con el animo en suspenso. Le parecia imposible que las autoridades no zanjaran la situacion de una plumada. A David y Olga les decia que permitir aquel estado de cosas era vergonzoso, fuera de toda medida. David y Olga, tambien muy disgustados, le contestaban: «Ahora se pagan las consecuencias».

Los maestros estaban seguros de que las gestiones de Casal acabarian dominando la situacion. «No ha estallado ninguna bomba mas. Y por otra parte Julio llevaba veinticuatro horas interrogando sin descanso al Responsable y Porvenir. ?Que mas podia hacerse?»

Ignacio, oyendolos, se puso mas furioso aun. La muerte de la sirvienta le habia afectado mucho mas que si se hubiera tratado de un ministro. David y Olga le aconsejaban que no exagerara las cosas. «Ya, ya, no exagerar - replicaba Ignacio-. Es muy bonito hablar cuando se esta a este lado de la barrera.» Y lo mismo le ocurria en el Banco. En el Banco la indiferencia por aquella muerte era total. Lo que preocupaba a los empleados -excepcion hecha del subdirector y del cajero- era que de la experiencia de Control obrero no quedaba ni rastro, y lo unico que los animaba era el rumor de que Cosme Vila y Casal iban a presentar las bases que servirian de replica a las del Responsable.

Ignacio no encontraba motivos de satisfaccion sino en la familia. En su madre, lavando platos en el Museo; en Pilar, ofreciendose para velar en el Hospital el cadaver de la sirvienta; en Cesar, escribiendo desde el Collell: «Ya he aprendido a poner inyecciones. En este mes llevo dieciocho sin romper una sola aguja».

Y en Matias Alvear. Matias Alvear reconciliaba a Ignacio con la humanidad porque le veia sufrir tanto como el sufria, a pesar de que en Telegrafos, segun contaba, la vida no se detenia. Los telegramas -continuaban llegando como si nada ocurriera en la ciudad. «Salgo manana tarde.» «Nacido varon. Abrazos.» El dia en que murio la sirvienta nacieron mas de veinte varones en la provincia.

?Que hombre su padre! Sufria, pero no perdia la serenidad. Seguia al dedillo el curso de los acontecimientos, en compania de don Emilio Santos. Era consolador verlos a los dos por la calle, siempre pulcros, siempre correctos, saludando con cordialidad al mas humilde de los conocidos. Al despedirse no se daban la mano, pero se quitaban el sombrero. Para el muchacho constituian la prueba irrefutable de que las bombas no lo destruian todo.

Esta comprobacion le era muy necesaria dado que muchas personas le decepcionaban -David y Olga, Julio Garcia… – y tambien porque se decepcionaba a si mismo. ?Como era posible que el espectaculo de Gerona, en vez de adormecerle la carne se la despertara…? ?Volvia a pensar en Canela! ?Que complicado, el cuerpo humano! Por fortuna, ahi estaba Marta, su recuerdo entranable.

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